El museo donde viven los grandes pioneros de la fotografía
El Museo Universidad de Navarra, que cumple diez años, aloja en sus archivos y salas una de las mayores colecciones internacionales de los siglos XIX, XX y XXI.


Entre leves colinas verdes e hileras de abetos, pinsapos y cedros, incrustados en pleno campus, los cubos y bloques de color arena del arquitecto Rafael Moneo acogen el Museo Universidad de Navarra (MUN), en Pamplona. Uno de los grandes desconocidos en el panorama de los museos españoles y podría decirse que el único con auténtica vocación universitaria: es decir, un centro con una colección importante de arte moderno y contemporáneo cuyo objetivo es caminar de la mano no ya del público habitual de los museos, que también, sino de los ciudadanos que suelen poblar estos contornos. O sea, los estudiantes. Un museo para seducir a gente joven y convencerla de que se asome al arte. Vasta misión, aunque parece que hoy por hoy llevada a cabo con bastante éxito: casi el 40% de los visitantes tiene aquí menos de 30 años. El MUN, en cuyas instalaciones se imparte el máster oficial en Estudios de Comisariado Artístico, cuenta además, y de forma paralela a su consejo de dirección, con un consejo joven de dirección, formado por estudiantes de la Universidad.
El centro, que este año ha cumplido su décimo aniversario desde su inauguración en enero de 2015, es una rara avis donde se pueden contemplar, sí, obras de arte y fotografías, pero que se enriquece además con una ambiciosa programación de artes escénicas (más de 300 espectáculos en 10 años y en torno a 50.000 espectadores) y con la declarada intención de entrelazar el mundo del arte con el de la educación y las ciencias. Aquí, el visitante lo mismo recorre una exposición de 500 fotografías de Charles Clifford (siglo XIX) que asiste al estreno absoluto de una coreografía vanguardista o de una obra teatral de un autor joven, que comprueba con cierto pasmo la interacción entre disciplinas como la creación plástica, la biología ambiental, la física o la matemática aplicada.

En cuanto a los propios fondos artísticos, hay que decir que el conjunto resulta apabullante: Palazuelo, Oteiza, Chillida, Feito, Millares, Rueda, Zóbel, Tàpies (y no cualquiera, sino su emblemática obra L’esperit català), además de Sorolla, Picasso, Rothko y Kandinsky, entre otros, desfilan por las salas concebidas por Moneo. Todas esas obras pertenecen al legado de la filántropa y mecenas navarra María Josefa Huarte (Pamplona, 1927-2015), que en 2008 donó íntegramente su colección de arte a la Universidad de Navarra, institución privada y regentada por el Opus Dei, tras ofrecerla sin éxito a instituciones como el Gobierno de Navarra o el Ayuntamiento de Pamplona.
Pero casi tres décadas antes, allá por 1981, otra donación iba a sentar las bases de lo que hoy es sin lugar a dudas el tesoro del MUN: el Fondo Fotográfico de la Universidad de Navarra. Se trata del legado de José Ortiz Echagüe (Guadalajara, 1886-Madrid, 1980), uno de los maestros de la fotografía española del siglo XX. Desde entonces, primero en los almacenes del Edificio Central de la Universidad y desde 2015 en los archivos del edificio de Moneo, descansan allí aquellas fotografías de labriegos castellanos y arrantzales vascos, de alcaldes de pueblo navarros y lagarteranas orgullosas, de moros del Rif y penitentes de Cuenca, de castillos y trajes regionales, de la España profunda, de la España negra, de la vida de entonces, de un país que desaparecía.

El tesoro de Ortiz Echagüe está guardado en cajones y protegido por sobres transparentes de poliéster, como podemos ver hoy en esta visita a los archivos del Museo Universidad de Navarra en compañía de su conservador-casi-ángel-de-la-guarda, Ignacio Miguéliz. El soporte habitual de esas fotografías es el del carbón sobre papel Fresson, un papel fabricado en París que va del blanco al crema y que incorpora cuatro capas de gelatina con pigmentos de acuarela. Es lo que confiere a esas imágenes su aspecto pictórico, de donde procede el término pictorialismo. Pero Ortiz Echagüe nunca quiso que se le incluyera en la nómina de los pictorialistas. Ni en la de los artistas. “Yo soy un documentalista”, reivindicaba.
Aquel ingeniero militar que dirigió empresas como SEAT (Sociedad Española de Automóviles de Turismo) o CASA (Construcciones Aeronáuticas Sociedad Anónima) estaba obsesionado por mostrar a los personajes de los pueblos de España en su propio contexto y sin artificiosidades. Llegaba al último poblacho en su coche y se ponía a urdir sus escenarios. Contaba uno de sus hijos cómo una vez, en los años sesenta y en un pueblo de Castilla, convenció a un grupo de gentes de que se pusieran sus trajes típicos y bailaran en la plaza del pueblo. Problema: era Semana Santa y estaba prohibidísimo bailar, y la Guardia Civil detuvo no solo a los infractores, sino también al mismísimo sacristán del pueblo. Tras muchas negociaciones en el cuartelillo de la Guardia Civil, el fotógrafo logró la liberación de aquellos “libertinos”. No sin antes comprometerse con el señor cura a soltar un generoso donativo para la restauración del campanario de la iglesia. Siempre le quedó la duda de si todo había sido un conchabeo entre el cura, el jefe de la Guardia Civil, el sacristán y los bailarines. Así documentaba Ortiz Echagüe la España rural profunda y oscura de aquellos años sesenta.

“Él, en los años sesenta, buscaba una institución que conservara, difundiera y expusiera su obra. Llamó a muchas puertas y en todas le dijeron que no”, explica Ignacio Miguéliz. Su hijo era profesor asociado en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra y le sugirió que hablara con el rector. Llegaron a un acuerdo. La Universidad aceptó la donación y sus condiciones, sobre todo una: que la obra ingresara cuando él muriera. Ortiz Echagüe murió en 1980 y las obras llegaron a Pamplona en 1981: 1.500 fotografías, 28.000 negativos y 1.000 ejemplares al carbón. Hasta entonces, todo ese fondo descansaba en la casa de Ortiz Echagüe en la Ciudad Universitaria de Madrid. Una historia curiosa. La Guerra Civil le pilló en San Sebastián, y él estaba convencido de que, en medio de una ciudad en guerra como Madrid, su archivo se echaría a perder. Cuando volvió a casa, vio que había sido saqueada. Pero a los seis meses recibió una llamada. El archivo había aparecido, intacto, en la sede de las juventudes de la CNT. Sus fotografías habían sido utilizadas durante la guerra como imágenes de propaganda política.
Ya en los años noventa, los gestores de la Universidad de Navarra se plantean cómo crear a partir del fondo de Ortiz Echagüe una colección de fotografía de los siglos XIX, XX y XXI. Los responsables artísticos del fondo, Rafael Levenfeld (fallecido en 2023) y Valentín Vallhonrat, que consideraban a Ortiz Echagüe como el gran fotógrafo español de principios del siglo XX, organizaron grandes exposiciones en Pamplona, Arlés (Francia), el Reina Sofía de Madrid, el MNAC de Barcelona y la Casa Europea de la Fotografía de París, con gran éxito de público. Una vez pasado el fenómeno Ortiz Echagüe, Levenfeld y Vallhonrat plantearon en firme el proyecto para la colección. La Universidad les dijo “sí”. “Hay que tener en cuenta que en aquellos momentos la fotografía española como patrimonio y como mercado casi no existía, y casi no había tratados, si exceptuamos a Lee Fontanella; y Patrimonio Nacional y Biblioteca Nacional eran por entonces los únicos que tenían colecciones”, explica Ignacio Miguéliz.

Un día de 1999 Valentín Vallhonrat —hoy adjunto a la dirección del MUN tras haber ocupado su dirección artística— se encontró en Madrid con Lee Fontanella. El teórico e historiador estadounidense le contó que estaba en España para ofrecer a potenciales compradores la colección de fotografía histórica española de un marchante inglés, Robert Hershkowitz. Era un gran conjunto de obras del siglo XIX en calotipo, primera técnica fotográfica sobre papel. En total había unos 3.000 negativos y positivos en papel de los inicios de la fotografía en España. Un pequeño tesoro. Fontanella le dijo a Vallhonrat que había visitado el Ministerio de Cultura, el Museo Reina Sofía y la Biblioteca Nacional, y que los tres habían declinado la oferta. Vallhonrat no tardó en darse cuenta de que en aquel maletín estaban los cimientos de la colección fotográfica que él y Rafael Levenfeld llevaban tiempo soñando: Clifford, Laurent, Braun, De Launay, Maxwell… Un representante de la Universidad los acompañó a Londres para visitar al marchante y enseguida llegaron a un acuerdo económico. Hoy, 25 años después, un original de Clifford o de Laurent puede alcanzar los 4.000 euros. El MUN posee unos 900 laurents y unos 400 cliffords. Un original de Ortiz Echagüe puede irse en el mercado hasta los 12.000 euros.

La colección iría ampliándose posteriormente con la compra de otras colecciones privadas del XIX y del XX, como la del anticuario y librero español Víctor Méndez Pascual y de fondos como los de los fotógrafos españoles Juan Dolcet y Rafael Sanz Lobato. El Fondo Fotográfico Universidad de Navarra incluye hoy más de 250.000 negativos (28.741 solo de Ortiz Echagüe) y unos 25.000 positivos, y sigue creciendo con adquisiciones a artistas vivos o a familias de artistas fallecidos, y con compra en galerías y casas de subastas. Josep Renau, Robert Capa, Agustí Centelles, Henri Cartier-Bresson, Alfonso, Ramón Masats y Francesc Català-Roca son otras de las estrellas en nómina en el MUN. Todo el fondo está catalogado y digitalizado, y es accesible para expertos e investigadores.
Pero el fondo no se queda en lo histórico. Tiene una proyección de contemporaneidad en el programa de residencia de artistas Tender puentes, que arrancó en 2020. En él, un creador actual es invitado a visitar y estudiar el fondo y a partir de ahí crear su propia obra. El primero en participar fue Joan Fontcuberta. Luego han desfilado Bleda y Rosa, Jorge Ribalta, Cristina de Middel, Pierre Gonnord…, hasta 40 artistas. El último en actuar en las salas del MUN ha sido Antoni Muntadas con su recién inaugurado proyecto Otros miedos, una inquietante videoinstalación inspirada en la emoción y el terror que se concentran en los encierros de San Fermín.

Gabriel Pérez-Barreiro, nombrado hace un año nuevo director artístico del museo, subraya las prioridades con vistas a la nueva etapa: “Acercar el museo más a la Universidad tanto en contenidos de investigación como en modelos de formación y mediación con los jóvenes, y abrir un diálogo más fluido con la producción artística navarra, tanto histórica como contemporánea, y con América Latina y el mundo árabe”. Como siempre, el MUN seguirá prestando obras para exposiciones en otras instituciones, como El sueño de la razón. Del Siglo de las Luces a la inteligencia artificial, actualmente en la Fundación Telefónica de Madrid comisariada por Valentín Vallhonrat e Ignacio Miguéliz. Para ella el museo de Pamplona ha cedido 300 obras entre grabados de Piranesi y de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, y otros artistas del XVIII y el XIX y grabados y fotos de las campañas de Napoleón en Egipto, entre ellas la valiosa edición imperial de la Descripción de Egipto. Mientras tanto, el MUN acaba de inaugurar su nuevo y amplio espacio permanente dedicado a Ortiz Echagüe, donde ya cuelga la exposición El aura y la construcción de la imagen. El retorno a casa del hijo pródigo… que nunca se fue.
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