El Hierro, placeres de la isla donde estuvo el remoto meridiano Cero
Pese al aislamiento al que le condena su posición, el territorio canario más pequeño y remoto exhibe un aura de lugar enigmático tocado por la mística del fin del mundo y una belleza primigenia esculpida por la fuerza volcánica


Un soplo de viento repentino despeja los jirones de niebla para dejar a la vista el atormentado paisaje de El Hierro: los acantilados azotados por el océano, las playas de arena negra, las coladas de lava, los senderos al abrigo de aristas volcánicas que evidencian, en definitiva, la apoteosis geológica de su origen. Hay una extraña quietud en la más pequeña y remota de las islas Canarias, un silencio compacto como si se pudiera trocear, una soledad tan tajante que llega a estremecer. Solo las ráfagas de los alisios, de tanto en tanto, agitan este sosiego.
El Hierro conforma el punto más alejado de la Península, de la que se aparta mirando a la inmensidad del Atlántico camino de América. Isla del meridiano, le dicen, a causa de esa línea imaginaria que divide la tierra de norte a sur y establece los husos horarios. Allá por el siglo II, fue el geógrafo griego Ptolomeo (y con él todo un equipo de eminentes astrónomos y matemáticos) quien acordó situar el meridiano Cero en el límite oeste de este territorio, que en aquellos tiempos era la punta más extrema del viejo mundo conocido. El confín occidental de la tierra.
Hoy la isla ya no es el estándar que sirve de referencia a la cartografía mundial (ese honor pasó a ostentarlo, en 1884, el meridiano de Greenwich), pero sí conserva el aura de un lugar ajeno y remoto, tocado por la mística del fin del mundo. En la aspereza de su fisionomía y en la complejidad de su aislamiento, El Hierro exhibe una belleza brutal. Aquí la vida, no siempre amable, es la histórica puesta del ingenio del hombre a merced de la naturaleza.
El árbol que llora
Ocurrió con el agua. Un bien escaso desde tiempo inmemorial, cuya obtención trajo de cabeza a los conquistadores castellanos hasta que lograron descubrir el secreto: el árbol sagrado del Garoé abastecía a la población aborigen (los bimbaches) al condensar las humedades de las nubes y destilarlas después por sus hojas. Aunque, cuenta la leyenda, fue una joven enamorada quien desveló este misterio celosamente guardado por su pueblo (lo cual le valió la ejecución), con el tiempo se supo que la abundancia del líquido elemento se debe, en verdad, a un fenómeno meteorológico: la lluvia horizontal.

Actualmente, muchos siglos después, el árbol que llora (en realidad, no es el original puesto que este fue destruido por un huracán en 1610) sigue proporcionando agua fresca bajo el peso de la bruma. Y cuando aprieta la sequía, como en el año cuarenta del pasado siglo, conocido como el fatídico año de la seca, se ha imitado este proceso con un sistema llamado atrapanieblas, que se emplea en el desierto de Atacama de Chile y otras zonas áridas de África, y que ya los nativos de El Hierro conocían hace la friolera de dos mil años.
Poco parece haber cambiado la isla desde aquellos días, empeñada en mantener ese carácter salvaje y retraído que, por otra parte, logra salvarle del acecho turístico que sí sufren sus hermanas de archipiélago. En este territorio de 11.000 habitantes empadronados (aunque, en la práctica, son unos 8.000) tan solo hay unas 3.000 plazas de alojamiento (frente a las 127.000 de Tenerife, por ejemplo). Eso y un puñado de carreteras, unos cuantos supermercados y un solo semáforo activo.

Balcones al Atlántico
Nada como contemplar desde las alturas la costa escabrosa para apreciar la naturaleza indomable de El Hierro, declarado Geoparque Mundial por la Unesco en 2014. Para ello existe una red de miradores, a los que se llega a través de senderos que aprovechan las antiguas rutas usadas por los herreños, al paso de lenguas de lava, bosques de laurisilva o vertiginosos barrancos.

El de Isora, por encima de la bahía de Las Playas, permite divisar al majestuoso Roque de la Bonanza y la belleza colonial del Parador de Turismo, rodeado de palmeras y jardines de aloe vera. Hermosos son también los miradores de El Lomo Negro, sobre el volcán del mismo nombre y bajo el que se extiende un manto cromático de roques amarillos y verdosos, y el de Malpaso, el más elevado (a 1.500 metros de altitud), que en los días claros deja asomar el perfil de la isla de La Palma. Pero ninguno hace sombra al mirador de La Peña, proyectado por el artista lanzaroteño César Manrique con un elegante restaurante incluido. Desde este privilegiado balcón se vierten dramáticas vistas al valle del Golfo, tapizado de plantaciones de plátanos y piña tropical, mientas el sol se hunde en la oscuridad del Atlántico.

Entender la idiosincrasia de esta isla, la historia y las costumbres de sus sucesivos habitantes pasa por visitar el Ecomuseo de Guinea, un antiguo poblado del siglo XVII que conserva las casas de piedra volcánica de los primeros conquistadores, en lo que antes había sido un asentamiento indígena. Pegado a él se encuentra el Lagartario, donde se trata de recuperar una especie endémica que a duras penas se mantiene en El Hierro: el lagarto gigante, que puede alcanzar un metro de largo, y que es criado en estos terrarios para reintroducirse en la naturaleza.
Desde aquí, a no mucha distancia, se erige como un barco varado sobre una lengua de piedra el hotel Punta Grande, considerado el más pequeño del mundo: cuatro habitaciones colgadas sobre el océano a las que hasta llegan los embates de las olas.

El fin del fin
Como si fuera algo que se respira, la esencia de El Hierro descansa en aquellos lugares que en sí mismos encierran una oda a su identidad. Como La Rayuela, un hotel boutique de estilo colonial y exquisita decoración, que captura los aires cruzados del mar y de la montaña, y se integra en el paisaje con una hermosa finca en la que crecen los dragos. O como el restaurante 8Aborigen, comandado por el chef Marcos Tavío, quien desgrana la historia de la gastronomía canaria a través de un menú de 12 platos, en el que no solo el gusto entra en juego sino también el resto de los sentidos. O como la Bodega El Mirador de Adra, todo un referente de la viticultura heroica, con vinos elaborados con variedades únicas en el mundo, levaduras indígenas y patrones de los antepasados.
Pero hay que llegar a la aislada punta oeste, el rincón en el que cobra fuerza la idea de territorio remoto. Es aquí donde el viento ha moldeado esas sabinas dramáticas y retorcidas que son el emblema de la isla. También donde se emplaza Sabinosa, el pueblo más occidental de España, donde los propios vecinos han creado un movimiento para revitalizar el folclore y la artesanía. Y donde descansa el santuario de Nuestra Señora de los Reyes, hogar de la venerada patrona que, cada cuatro años, se traslada en romería hasta Valverde, la capital, en la fiesta por excelencia de El Hierro.

Ya en el extremo, entre conos volcánicos, coladas de lava y arenas rojinegras, en una estampa de desolación, se yergue solitario el faro de Orchilla, allí donde el continente europeo daba su abrupto adiós. Es el punto en el que estuvo el meridiano Cero, cuando los navegantes consideraban el océano Atlántico como aquel Mar de las Tinieblas que golpeaba impetuoso el finis terrae.
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