Teoría de Ana
La periodista de televisión ha resistido la mirada de España sin que nadie la aborrezca

Pronto se va a cumplir un aniversario al que le pegaría pasar inadvertido. En septiembre hará 25 años que Ana Blanco entró en nuestra vida. Es un caso rarísimo. Ana ha resistido la mirada de España sin que nadie, que yo sepa, la haya aborrecido. Somos un pueblo filifóbico que, como insinúa Paco Ibáñez, siente debilidad por “el tiro al plato”: disparar a quien lanzamos arriba. Ella ha desafiado esos vicios, y al propio paso del tiempo, con una delicadeza superior. En una época que envejece y se renueva a una velocidad de vértigo, el logro no es despreciable, especialmente si se repara en el lugar tan expuesto que ocupa. Ana es la cara y la voz de mayor brillo de las noticias de la televisión pública. La España de 1990 nos suena muy lejana y aquí todo ha dado varias vueltas de campana pero ella sigue ahí, idéntica a sí misma.
El fenómeno tiene su aquel y las claves no pueden ser anodinas. Si Ana sólo fuera un perfecto busto parlante no hubiera soportado unos 6.000 telediarios sin desmerecer esa insólita confianza. Tal vez su secreto es que se ha consagrado como una quintaesencia de lo que nos gustaría ser y no somos, que es una de las pocas cosas que nos unen. Ana Blanco parece el reverso de este país, un ser suave, afinado, equilibrado, exquisito, inmaculado. Ella es de esas personas cuyo apellido resulta fácil de confundir con un apodo.
Ana es muy popular y muy enigmática. Cualquiera la reconoce pero, al oír su nombre, a menudo se tarda un pelín en caer. Apenas concede entrevistas, si es que se las piden, y cuesta imaginarla en una portada del corazón. Ha blindado su intimidad, aunque a pocos les interesa. Nos cuenta el mundo pero no tenemos ni idea de qué piensa del mundo. Ha seguido al pie de la letra esa sugerencia de muchos padres: “No te metas en líos, no te des a entender”.
Un día alguien decidirá apartar a Ana Blanco de nuestra vida. Sea quien sea, ya se ha ganado toda mi antipatía.
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