El cambio de piel de Philips: de las bombillas al quirófano
El grupo neerlandés factura casi 18.000 millones centrado en tecnología para el ámbito sanitario y prevé seguir creciendo en el mercado español


Las bombillas fueron un gran negocio para el fabricante holandés Philips. Fue lo primero que produjeron Frederic y su hijo Gerard Philips cuando abrieron su taller en 1891 en Eindhoven, Países Bajos. También fue lo primero que llegó a España, el 25 de marzo de 1926, tras la fundación de la sociedad Lámparas Philips, una importadora y distribuidora de sus productos de alumbrado que curiosamente inscribió en el registro mercantil Manuel Azaña, luego presidente de la Segunda República. En la década de 1980, un siglo después de su nacimiento, la multinacional se había convertido en un gigante que empleaba a 380.000 personas en el mundo gracias a sus electrodomésticos (televisiones, afeitadoras, videocámaras o walkmans). Pero su crecimiento se infló con negocios de poco margen de beneficio y con divisiones que actuaban como feudos independientes. Rozó la quiebra. Tras registrar pérdidas de más de 3.000 millones anuales y despedir a 55.000 personas en 2000, su estructura fue menguando para quedarse con un puñado de divisiones (llegó a tener 120 negocios separados) a medida que abandonaba la electrónica de consumo por la creciente competencia asiática. Mientras, otros fabricantes (Telefunken, Thompson o Grundig) eran barridos del mercado.
Años de reestructuraciones han alejado a Philips de las bombillas (vendió la división en 2016 a un fondo), y desde 2005 la han acercado al sector sanitario, un viejo conocido para la compañía holandesa, que en 1920 extendió sus aplicaciones a tubos de rayos X porque dominaba la tecnología del vacío.
Miguel de Foronda, su director para la Península, y también el máximo responsable en Italia, Israel y Grecia, tiene en su cabeza la panorámica corporativa actual: “Tenemos cuatro grandes negocios muy conectados: la imagen médica y todo lo relacionado con ella (equipos para resonancias o tacs); el intervencionismo guiado por imagen médica; la salud conectada, que enlaza la transición del paciente desde el punto sanitario al hogar y la rama de electrónica de consumo, que la hemos ido focalizando hacia los hábitos y estilos de vida”. Siguen produciendo cepillos de dientes, afeitadoras o biberones, pero los televisores o los productos de sonido de su marca pertenecen a TPV Technology, una empresa holandesa que nació como joint venture del grupo y que se independizó en 2014. Sin embargo, el rumbo de Philips se dirige a “la prevención, el diagnóstico, el tratamiento y en la gestión del paciente, cerrando todo el ciclo del cuidado de una manera coherente y conectada”, explica el directivo.
El continuo cambio de piel de Philips le ha pasado factura (llegó a ser el tercer gigante mundial de electrónica de consumo), pero los directivos de la compañía siguen pensando que, sin un elemento diferenciador, cualquier producto puede convertirse en un básico que los competidores pueden fabricar a un precio inferior: “Al final hemos ido saliendo de esos negocios, y lo mismo ha pasado con la iluminación”, desarrolla el ejecutivo. Pese a ser una empresa pionera en temas de innovación, la audacia corporativa no siempre le ha dado los mejores resultados. En 2021 tuvo que retirar 5,5 millones de aparatos de apnea defectuosos en Estados Unidos, tras lo que le llovieron las demandas judiciales que se saldaron con caídas en Bolsa y desembocaron en un acuerdo en 2024 por el que la empresa pagó 1.100 millones de dólares. Con una facturación de 17.834 millones el año pasado, el grupo ha registrado pérdidas en tres de los últimos cinco ejercicios. De forma paralela, ha realizado muchas adquisiciones de otras compañías “para completar todo el portfolio de salud”, contextualiza De Foronda.
España representa entre un 6% y un 7% de su negocio mundial. En el país donde recientemente cumplió su centenario ya no tiene fábricas (llegó a tener 11.000 empleados), pero sigue siendo importante para la holandesa, con unos 550 trabajadores. El consejero delegado global del grupo, Roy Jakobs, repite frecuentemente que sus oportunidades futuras se asentarán en el fenómeno del envejecimiento de la población, con la consiguiente demanda de servicios de salud, y eso requiere desarrollar soluciones de IA, telemedicina y salud de precisión. “El mundo de la salud requiere mucha tecnología. No es como antes, cuando la innovación era muy vertical. Es más complejo innovar, requiere jugar con más compañías, tener socios… El mundo se ha hecho más complejo. No vamos a jugar en un área donde no se pueda innovar, eso sería perder nuestra identidad”, refrenda el ejecutivo español.
Más hospitales
La práctica totalidad de los hospitales nacionales tienen alguno de sus productos. “Fíjese en Madrid, donde se han abierto seis hospitales en los últimos tres años. La demanda es de tal magnitud… Salud es un sector que no va a tener grandes altibajos”. Pero como ocurre con la automoción, las empresas chinas pisan los talones a las europeas. “Para contrarrestarlo invertimos el 10% de lo que ingresamos, unos 1.700 millones, en innovación. Hay un conocimiento clínico y profesional que nos hace diferentes”. Con 20 fábricas en el mundo, Foronda confía en que este año en Europa podrán alcanzar crecimientos de entre el 3% y el 5% en ventas impulsados por la creciente incorporación de mejoras a sus dispositivos.
Foronda anticipa un mundo en el que los aparatos podrán aconsejar de manera predictiva a los profesionales médicos en base a cientos de miles de datos. Los pacientes podrán irse a casa y seguir conectados con el hospital de forma más segura y temprana. ¿Sustituirán las máquinas a los humanos? El directivo cree que al revés: las máquinas tendrán la capacidad de mejorar las condiciones de trabajo de los facultativos. Lo ve tan claro como la luz de las bombillas que un día iluminaron un pequeño taller de Eindhoven.


























































