La guerra de Irán: al borde del ‘shock’ energético
La guerra en Irán se adentra en la economía, pero la lógica apunta a un conflicto acotado en el tiempo

La escalada bélica desatada tras el ataque de Israel y EE UU al régimen iraní ha generado efectos en cascada en los mercados internacionales y en el comercio de suministros que son cruciales para el funcionamiento de la economía mundial, recordando lo que ya vivimos hace cuatro años con la invasión de Ucrania. Al igual que entonces, el conflicto se está adentrando en el tejido productivo a través del canal de los precios de la energía. Sin embargo, algunas variables apuntan, de momento, a un impacto acotado en el tiempo y de menor envergadura.
Los primeros efectos se perciben ya en nuestra economía, y no solo cuando repostamos combustible. Los once céntimos más que cuesta el litro de gasolina son solo el anticipo de una onda inflacionaria que se propagará a gran velocidad en las próximas semanas: la subida del petróleo, un 23% desde el día 27 de febrero hasta este viernes 6, tardará un par de semanas en llegar al consumidor final. El transporte va a resentirse, filtrándose al conjunto de la cadena de distribución.
Aún más preocupante es el subidón del gas, con un 66%. Esta materia prima es de gran importancia porque entra en la producción de electricidad, cuando las fuentes renovables, más baratas, no bastan. Razón por la cual, pese a la subida en escala de las energías limpias, la factura de la luz sigue dependiendo sobremanera de las fluctuaciones de los mercados de hidrocarburos. Los fertilizantes se mueven en la misma dirección, por el peso de los países del Golfo en su comercio, y porque su producción depende también del gas. En suma, los carburantes, la electricidad y los alimentos frescos, que conforman el 15% de la cesta de consumo, son los ingredientes de un nuevo brote inflacionario.
Con todo, un escenario apocalíptico como el que vivimos tras el estallido de la contienda en Europa del este con la guerra de Ucrania debería poder evitarse. En ese momento el petróleo llegó a cotizar el doble que en la actualidad, y el gas lo hizo cuatro veces más. Menos del 2% del gas importado por España procede de los países del Golfo y, si bien la dependencia es mayor en el caso del petróleo, algunos países productores alejados de la conflagración pueden incrementar rápidamente el bombeo. Por tanto, no hay peligro de corte del suministro, como sí ocurrió con Rusia.
Pero el principal argumento a favor de un conflicto acotado en el tiempo se encuentra en la capacidad de resistencia de ambos lados, a decir de los expertos. El potencial militar de Irán ha sido destruido en una buena parte, si bien el Estado persa todavía dispone de un arsenal de miles de drones de gran eficacia ofensiva y bajo coste. Y, por parte de EE UU, entra en juego la factura presupuestaria de las hostilidades: el coste de cada misil interceptor de drones se cifra en millones de dólares. El desgaste es también político, ya que el apoyo a la guerra es escaso entre una ciudadanía norteamericana hipersensible al encarecimiento de los combustibles, como a cualquier amenaza a su capacidad de compra. Todo ello a pocos meses de las elecciones de medio mandato.
Lo esperable sería, por tanto, que las hostilidades fueran a menos, abriendo paso a la negociación. Aun así, los daños colaterales en la economía son ya patentes, de modo que, incluso en este escenario guiado por la lógica, cabría esperar un repunte del IPC español por encima del 3% hasta el verano, que traería consigo un menor crecimiento del consumo. Pero la geopolítica parece a veces operar al margen de la razón, de modo que conviene también preparase para un conflicto prolongado, mucho más perjudicial. Podríamos volver a hablar del tope al precio del gas y de compensaciones destinadas a los sectores vulnerables, evitando medidas generalizadas que son poco eficaces y costosas.
Petróleo
El barril de Brent al contado ha pasado de cotizar en torno a 73 dólares en la semana anterior al conflicto, a rozar los 90 dólares. Parece una subida incluso moderada, si la comparamos con la magnitud de la escalada tras la invasión de Ucrania. Los futuros no descuentan un empeoramiento del escenario: el precio para mayo se acerca a los 90, pero a partir de ahí desciende progresivamente hasta 75 dólares en los contratos que vencen en diciembre. En cualquier caso, la subida ya se ha trasladado a los combustibles: la gasolina se vendía el pasado viernes 6 a 1,613 euros, un 8% más cara que una semana antes, y el gasóleo a 1,65, un 14%.
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