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El veinteañero que fabrica satélites en el centro de Madrid

Fossa construye dispositivos que facilitan la conectividad en zonas remotas o con problemas de conexión

En la madrileña calle de Gran Vía no solo hay teatros, tiendas de moda o de souvenirs. También está la sede de Fossa, la empresa que Julián Fernández fundó hace cinco años y en la que se construyen satélites que prestan servicios de conectividad en zonas remotas. Creada cuando Fernández tenía 16 años, para lo que tuvo que emanciparse ante notario, fue a esta edad cuando lanzó su primer satélite, con el patrocinio de Everis Aeroespacial y Defensa, que costó 30.000 euros.

Con la carrera de Ingeniería de Telecomunicación todavía sin terminar, que cursa en la universidad madrileña Rey Juan Carlos, cuenta con un equipo de 50 empleados, facturó un millón de euros en 2024, un 500% más que en 2023, y aunque, todavía no da beneficios, espera tenerlos pronto. Hace algo más de año y medio levantó una ronda de financiación de 6,3 millones de euros que llegaron desde un fondo japonés y otro portugués. Además, tiene en marcha una ampliación de capital por una cifra superior. De momento cuenta con dos sedes, una en Madrid y otra en Lisboa (Portugal), y entre sus planes está abrir una más fuera de Europa, pero no precisa la ubicación.

El origen de esta aventura surgió cuando Fernández trabajaba por libre y desde su casa en proyectos de IoT (conectividad de objetos), “cacharreando en internet”, sonríe. Explica cómo en grandes ciudades todo es fácil, pero comprobó cómo en muchas zonas, incluso en España, no se pueden desplegar dispositivos que estén conectados a internet porque no hay red. “La oportunidad estaba en los satélites”, sentencia. Aunque, como argumenta, no son nada nuevo ni los ha inventado Fossa, sí ha rediseñado y redefinido su uso para convertirlos en plataformas más pequeñas, accesibles y económicas. “Cuando piensas en un satélite, piensas en Airbus, en Boeing, en Hispasat, en años de trabajo y en piezas enormes, de mucho peso y de cientos de millones de euros”. Ahora de media los de Fossa pesan unos seis kilos; montarlos y lanzarlos cuesta alrededor de medio millón de euros y en seis meses están listos para su lanzamiento, que hacen a través de la empresa SpaceX, desde Cabo Cañaveral en Florida o desde Vandenberg en California.

Han puesto en órbita 21 satélites, que conectan cientos de miles de dispositivos. Tienen licencia para lanzar hasta 80, que pueden estar de forma simultánea en el espacio. Con una vida útil de cinco años, cuando esta acaba se desintegran. “Si alguna vez se ve en el cielo una estrella fugaz, podría ser un satélite que llega a la atmósfera”, explica. Sus clientes abarcan sectores variados como el logístico, la defensa, la agricultura, el petrolero o el transporte marítimo, y en su lista aparecen nombres como Microsoft o Exolum. Su nicho está en la llamada infraestructura lineal: vías férreas, autovías, oleoductos… “Si estoy cubriendo una línea de alta tensión de 4.000 kilómetros, la mejor forma de conectarla y controlarla es vía satélite. Así se evita mandar operarios a zonas remotas a medir el voltaje. También controlamos máquinas excavadoras en zonas aisladas”.

Doble vía

Desarrollan dos vías de negocio. Por un lado, la venta de satélites y, por otro, el servicio de conectividad. “A una empresa de logística no le suele interesar tener un satélite en propiedad, solo quiere monitorizar contenedores. La opción que le damos es comprar planes desde cinco euros al mes”. Fernández presume del valor que Fossa aporta a sus clientes. Comenta que es la única empresa que verticaliza toda la tecnología. “Hispasat, por ejemplo, no fabrica sus satélites, los compra a otras empresas. Nosotros tenemos la soberanía y el control. Esto ahora geopolíticamente es muy muy potente, porque si tengo una antena que es americana y mañana EE UU me la apaga o me dice que ya no me la vende, me quedo fuera”.

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