Bonàrea construye un trampolín para saltar a Madrid
El grupo catalán de alimentación, que controla desde los mataderos hasta las tiendas, invertirá 400 millones en un centro de producción en Zaragoza

En el grupo de alimentación Bonàrea la logística y la eficiencia son tan importantes que el gran símbolo de la compañía es un objeto bastante vulgar: una caja blanca de plástico. La misma caja blanca que aguarda en el matadero o en el campo a ser llenada con las piezas de carne o verduras es la que luego pasa por los centros de distribución y la que finalmente el cliente se encuentra en el supermercado. La caja entonces vuelve a su nave nodriza, se limpia y repite el ciclo.
Bonàrea, una empresa que nació como cooperativa de ganadería en 1959 en Guissona, en la comarca leridana de la Segarra, ha sustentado su crecimiento en esta búsqueda insaciable por la eficiencia. Esto le ha permitido convertirse en un gigante de la alimentación en Cataluña, que controla toda la cadena de valor, desde la producción hasta la venta directa, prescindiendo de los intermediarios y ganando un poco en cada paso, lo que luego se nota en sus precios, más baratos que muchos de sus competidores. La marca es conocida en su tierra, y está ahora dando el salto a otros lugares, como Madrid, la Comunidad Valenciana y, en un futuro, el País Vasco. Para darlo necesitaba un trampolín, y lo ha instalado en mitad de la nada en la provincia de Zaragoza, cerca de la localidad de Épila: un enorme centro de producción y distribución que va construyendo por fases y que prevé dinamizar esta zona de la España vaciada.
El paso hacia tener un control total de la cadena de valor no se dio hasta 1995, cuando Bonàrea inauguró su primera tienda de venta directa y pasó a competir con los supermercados a los que hasta ese momento abastecía con sus productos. En ese entonces esto le permitió ahorrar costes y tener unos precios hasta un 11% menores que la competencia. Aunque el porcentaje se ha ido estrechando porque los demás también han podido ir recortando precios, Bonàrea todavía goza de la fama de tener un producto cuyo origen y calidad se pueden trazar fácilmente y que está a un buen precio. Esta ha sido la escalera por la que Bonàrea ha ido subiendo hasta llegar a su tamaño actual: en 2024 el grupo facturó 2.680 millones de euros y tuvo un beneficio de 89 millones. Después de dos años de descenso en ventas, la compañía prevé crecer un 5% en 2025, y cada vez se apoya más en el macrocomplejo de Épila, la mayor inversión de la historia de Bonàrea. Uno de los verticales que más crece es el de los combustibles —el grupo tiene varias gasolineras—, cuyos ingresos se incrementaron un 10% hasta los 600 millones.
Bonàrea nació por el impulso de Jaume Alsina i Calvet, un joven de Guissona que fue a estudiar veterinaria a Zaragoza con el objetivo de atender a los animales del campo, y que cuando volvió se dio cuenta de que estos estaban siendo sustituidos aceleradamente por tractores. Alsina entendió también que las zonas rurales perdían más y más oportunidades, y quiso montar un negocio para paliar este proceso. Fundó el Grup Alimantari Guissona como una cooperativa junto con ganaderos y agricultores de la zona, que fue evolucionando, con altibajos, hasta convertirse en la mayor empresa de la provincia de Lleida.
En 1999, ante las dificultades de gobernanza que plantean las cooperativas y gracias a un cambio normativo en Europa, la compañía se transformó en una sociedad anónima, Bonàrea Agrupa, que está formada por varias empresas, entre ellas la Caja Rural de Guissona y la cooperativa de Guissona, que mantiene esta fórmula dentro del grupo y que consta de los diferentes socios ganaderos. El grupo aspira a ofrecer todo lo que se necesita alrededor del campo, y tiene marcas dedicadas a ello: desde gasolina hasta crédito, desde aseguradoras hasta telecomunicaciones, y también cuenta con un gran restaurante en Guissona.
La familia Alsina
Aunque no es una empresa familiar, la familia Alsina tiene una influencia importante y Ramon Alsina, hijo del fundador y todavía presidente, es el consejero delegado. “Nuestro propósito es que cualquier persona en las principales ciudades pueda acceder a productos de calidad a buen precio”, resume durante una visita organizada en Épila. Siempre en aras de la eficiencia y de hacerlo todo de forma autónoma sin necesitar intermediarios, en Bonàrea todo viaje es de ida y vuelta: el camión que va por la mañana a las tiendas a entregar el producto fresco vuelve unas horas después al centro de distribución con las cajas vacías para recomenzar el ciclo. Este sistema le ha funcionado muy bien en Cataluña: en su enorme centro de Guissona, una población de algo menos de 8.000 habitantes donde muchos trabajan en esta compañía, Bonàrea produce y también recibe los productos de sus asociados —carnes, verduras, frutos secos, caldos y cremas de verduras, comidas preparadas, entre otros—, y desde ahí abastece sus tiendas.
Actualmente, el grupo —que cuenta con 6.400 trabajadores y con una red de 4.500 agricultores y ganaderos integrados en su operativa— tiene 604 tiendas repartidas entre Cataluña, Madrid, Aragón, Comunidad Valenciana, Navarra, La Rioja, Castilla-La Mancha y Andorra. La mayoría de ellas están al alcance de la planta de Guissona, pero a medida que se iba ampliando el radio se hacía más necesario tener un segundo centro de producción y distribución.
Ubicarlo en Aragón tiene la intención de aprovechar sus posibilidades de conexión con algunas de las ciudades más grandes de España. “Es la principal inversión de nuestra historia, Épila tiene unas comunicaciones envidiables, nos permite reforzar mercados y abrir nuevos”, señala Alsina. El proyecto se remonta a 2007 con las primeras reuniones. Pero no fue hasta 2018 cuando comenzó realmente. El complejo tiene una superficie de 180 hectáreas, pero de momento solo el 25% está operativo: se va ampliando según las necesidades. Con algo más de 200 empleados en este centro de Épila, ya se han ejecutado 223 millones de inversión de los 400 millones previstos.
El complejo de momento cuenta con una enorme planta de almacenaje y distribución, a la que se han sumado una nueva planta de líquidos que empieza con la fabricación y envasado de leche (con capacidad de dar salida a 26 millones de litros al año), una de frutos secos, y una de recepción y limpieza de cajas vacías. Del total de tiendas, 132 ya están bajo el radio de actuación de Épila. El objetivo de la compañía es ir llenando las hectáreas disponibles en este macrocomplejo y situar ahí mataderos de cerdo, vacuno y aviar, así como una planta de comida para animales domésticos. Épila, en su máximo rendimiento, podrá tener una capacidad un 60% mayor que la del complejo de Guissona, y la última meta es que ambas instalaciones sean capaces de abastecer a 1.000 tiendas, aunque la compañía se muestra prudente y no se marca un calendario. De momento, el plan estratégico pide ir abriendo una veintena de establecimientos al año, e ir abriendo mercados alrededor de Épila.
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