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Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Qué ha pasado realmente con el PIB español

España ha crecido sobre todo sumando gente y horas, la aportación media por trabajador ha avanzado poco en tres décadas

Un empleado de hostelería en un establecimiento en Toledo.
Jorge Galindo

El PIB es el indicador central para observar la marcha de cualquier economía. Su importancia nace de un consenso: contar cuántos bienes y servicios produce un país en un año y traducido al valor monetario. Resume cómo nos va: cuando se compran, son bienestar; cuando se producen, ingresos para hogares y empresas.

Pero hasta ahí llega el consenso. En los últimos meses ha nacido un debate en España en el que este indicador se ha desdoblado en varios y parece servir al mismo tiempo a relatos esperanzadores o preocupantes. Lo notable es que ambos parecen referirse al mismo PIB: el nuestro, al fin y al cabo. ¿O no es del todo así? Para distinguir la señal del ruido, lo primero es entender y desmenuzar este indicador.

Empecemos por despejar un ruido muy concreto: la inflación. Ninguna medida de renta sirve sin descontar la variación del valor del dinero; por eso tendemos a expresar el PIB en términos reales, es decir: utilizando los precios de un año concreto (por ejemplo, 2015 o 2021) para toda una serie. Pero esta no es la causa principal de las discrepancias. Estas empiezan cuando consideramos si relativizar el PIB por el tamaño de la población, pasándolo a su versión per cápita (que descuenta el aumento poblacional). Esta es, o debería ser, la métrica estándar para capturar el bienestar de personas y hogares uno por uno. Pero aun así, no hay que descartar el PIB total: nos importa (y mucho) lo que cambia respecto al año anterior porque determina cuánto de más (o de menos) hemos hecho o consumido.

Puede que haya sido porque hemos añadido más población al país, pero esto es algo igualmente notable y merecedor de registro. Lo importante es poder distinguir entre la evolución de cada uno. Y, a modo de complemento al PIB total y al per cápita, podemos afinar este último dividiendo solo entre aquellas personas que están empleadas, para aproximar cuánto sale de cada par de manos. Con esta triple mirada —total, per cápita y por persona empleada—, y siempre en precios constantes. Veamos su evolución desde 1991.

Es más fácil defender que a la economía española le va bien con el PIB total que con el per cápita; y con el PIB por persona empleada, el argumento se desvanece. Esta última es, ciertamente, una métrica más restrictiva: al fin y al cabo, alguien puede consumir sin producir. Entre los rasgos de la economía española está el envejecimiento, con rentas de mayores creciendo más rápido que las de jóvenes. Por eso este indicador es útil: muestra que hemos crecido sobre todo por el conjunto, mientras cada trabajador no aporta mucho más que hace treinta años.

Vale la pena aclarar que aquí hablamos de personas, no de horas. El PIB por persona empleada mide cuánto aporta cada individuo. No es exactamente productividad, porque no corrige por horas trabajadas (según la OCDE, el PIB por hora ha bajado de 25 a 20 entre 1991 y 2024, con un máximo de 30 en 2006). Un país puede ganar productividad por hora y, aun así, que sus trabajadores aporten y reciban menos en total porque trabajan menos horas o porque el empleo se fragmenta en jornadas parciales. Y, en España, las horas medias por empleo han fluctuado durante estos años: por puestos a tiempo parcial, contratos temporales y el peso de sectores estacionales. El PIB por persona ocupada es sensible a este vaivén, porque se ciñe a lo que cada individuo en activo y con un empleo pone sobre la mesa en un año.

El crecimiento por fases

Si el indicador concreto ha sido una parte del debate fragmentado, el punto temporal ha traído otro. Restringirnos a 1991 como punto de partida puede distorsionar la imagen. Así que, para compensarlo y entender mejor la evolución de nuestra economía, podemos tomar como referencia los inicios de cada fase de crecimiento, y como fin el momento en que entrábamos en recesión (o el último año disponible: 2024).

El PIB por persona empleada apenas aumentó en las fases de crecimiento anteriores comparado con el PIB per capita y el PIB total

En el PIB total se ven tres: 1993-2007, antesala y auge de la burbuja; 2013-2019, recuperación tras la crisis; y el rebote actual. En el boom 1993–2007, el PIB creció +62% sin mejora por ocupado (−1,6%): la mayoría del avance vino de más empleo y más población. La crisis de 2008 destruyó sobre todo esos trabajos y empresas, con secuelas aún presentes: desempleo estructural, jubilaciones precarias, generaciones sin estudios ni herencias. En la segunda fase el saldo migratorio se volvió negativo y la población dejó de crecer; PIB total y per cápita se acoplaron, pero el PIB por persona empleada siguió plano: no se generaban empleos con mayor capacidad productiva o de consumo. Además, se consolidó la brecha de poder adquisitivo en detrimento de los nuevos hogares más jóvenes.

En el rebote pospandemia, el PIB por persona empleada repunta al fin —posible mezcla de recomposición sectorial, digitalización y capitalización—, pero aún corre por detrás del total y del per cápita. Podría ser el giro de tendencia que hemos estado esperando; pero hará falta completar el ciclo para confirmarlo.

¿Y respecto a nuestros vecinos?

El debate sobre el PIB no solo trata de comparar entre indicadores y distintos años de referencia; también nos comparamos con nuestro entorno. Aquí ha llegado la tercera dimensión de la discrepancia. Es lógico —y probablemente saludable— usar países similares para calibrar si nuestra economía va relativamente bien o mal. Pero definir qué es una economía “similar” no es sencillo. Si descartamos el PIB total —demasiado condicionado por el tamaño de la población— y nos centramos en métricas por habitante, una opción es agrupar aquellas economías de mercado, democráticas o con instituciones comparables a la democracia, y alto ingreso per cápita. Así salen unos cincuenta países. Entre ellos, España quedaría en media tabla.

En PIB per cápita, nuestra evolución ha sido claramente mejor que en PIB por persona empleada. En el reto común de combinar declive demográfico con mayor output por empleo no hemos salido bien parados.

Vale la pena acercar el foco. Compare­mos con las mayores economías de la eurozona (España es la cuarta, siguiendo a Alemania, Francia e Italia), con Eslovaquia —la que se nos ha acercado más — y con dos referentes habituales de América y Asia: Estados Unidos y Japón (al que teóricamente hemos “superado”). En PIB per cápita, solo estamos por encima de Italia y no tan lejos de Japón. Este gráfico resume lo desigual de nuestro desarrollo: aunque en los últimos años avanzamos, la brecha acumulada en las tres décadas previas es enorme, y deberíamos crecer aún más rápido para cerrarla.

En PIB por persona empleada, el perfil es más dramático y lleva a la misma conclusión.

Para completar el cuadro, consideremos otra versión del PIB per cápita: en vez de descontar la inflación con precios de un año fijo como referencia, podemos usar la llamada paridad de poder adquisitivo (PPA). La PPA intenta responder a una pregunta: “¿qué puedo comprar realmente con mi renta aquí, comparado con lo que podría comprar en otro país?” Para calcularla, se ajustan los tipos de cambio y los precios internos de cada país mediante una cesta estándar de bienes y servicios.

Esto permite que un euro en España y un dólar en Estados Unidos se expresen en “poder de compra” equivalente. Es útil para comparar niveles de renta entre países en un mismo año, pero no es el instrumento ideal para seguir la evolución de un país en el tiempo: los ajustes de PPA cambian con las revisiones de precios relativos y pueden distorsionar las tasas de crecimiento reales. Por eso advierto que este último ejercicio no es el estándar para medir trayectorias. Lo uso porque en esta métrica aparece el titular de que “hemos superado a Japón” que ha ganado fama estos meses. No sucede en ninguna otra, y tampoco sería especialmente meritorio: hablamos de la economía desarrollada, que se cita como ejemplo paradigmático de estancamiento a evitar.

En conjunto, el patrón que emerge es uno de mejora de décadas basada más en la población que en el output per cápita, mucho menos por persona ocupada - sugiriendo que lo importante en los próximos años es no solo consolidar, sino potenciar drásticamente la mejora que (afortunadamente) parece apreciarse en los años más recientes. Lo necesitamos para compensar por las décadas (parcialmente) perdidas.

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Sobre la firma

Jorge Galindo
Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).
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