Cascos y la prudencia verbal
José María Aznar demostró en sus tiempos su maestría en sembrar las sospechas contra el enemigo sin que nadie en concreto pudiera darse por aludido. El mejor ejemplo es aquella declaración cargada de sospechas acerca de los "autores intelectuales" de los atentados del 11-M. "No creo que los que han hecho esa planificación", dijo Aznar, "y los que deciden precisamente ese día anden en desiertos muy remotos ni en montañas muy lejanas". Cabalgando sobre la teoría de la conspiración, Aznar arrojaba la piedra y escondía la mano; ya pescarían otros en agua revuelta, como así ha ocurrido durante años. Es una táctica en la que su otrora ministro de Fomento y ahora disidente del PP, Francisco Álvarez-Cascos, no parece muy ducho. En una defensa a ultranza de su entonces correligionario Francisco Camps, imputado por cohecho impropio en la trama corrupta Gürtel, arremetió contra los policías que investigan el caso tildándolos de "camarilla dedicada a preconstituir pruebas". Fue una afirmación, en fin, exenta de la letal vena poética de su antiguo jefe que le valió una querella por injurias de una asociación llamada Preeminencia del Derecho. El fiscal apoya la acusación.
Arrastrando los pies, Cascos ha tenido que declarar como imputado ante el juez, desdecirse y pedir excusas. Dijo que no se refería a "nadie en particular" y le aseguró al juez que con su actitud de no acudir el primer día que el juzgado le llamó no pretendía "faltarle al respeto". Si esa ausencia era parte de la estrategia defensora, como explicó después el propio Cascos, entonces debería cambiar de abogado. Plantar a un juez no es la mejor manera de convencerle de las buenas intenciones de un político deslenguado.
Quizá Cascos quede libre sin cargos, pero su caso, con la opinión de los españoles sobre los políticos bajo mínimos, es en extremo oportuno. Si todos pasaran por el banquillo cuando se lanzan a sus acusaciones sin límite, quizá se lograría que la política española recuperase algo de su dignidad perdida. Ya que ni los imputados dejan sus cargos, al menos que la escena política nos ahorre tanta imprudencia verbal.
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