Las consonantes palatales
Ya durante la rueda de prensa soltó dos carcajadas que, lógicamente, no eran de ella

El invierno pasado leímos un relato de terror que parecía escrito por Lovecraft. Pero no era de Lovecraft. No era de nadie. Lo había escrito la realidad en uno de esos momentos de inspiración en los que imita al arte. Resultó que una señora francesa, una tal Isabelle Dinoire, se desmayó en su casa tras haber abusado de los ansiolíticos. Mientras permanecía tendida en el suelo, su fiel perrita le comió la cara, tierna y sabrosa como un montoncito de nata. Cuando la mujer volvió en sí, se llevó, aturdida, un cigarrillo a los labios, pero el cigarrillo cayó al suelo. Volvió a intentarlo un par de veces con idéntico resultado hasta que decidió acercarse al espejo, para ver qué rayos pasaba. Lo que pasaba es que no tenía labios. En realidad, donde esperaba haber encontrado su cara, encontró su calavera.
Tuve un amigo al que le ocurrió de joven algo parecido al mirarse al espejo. Pero en su caso se trataba de una alucinación provocada por un ácido que le sentó mal. Al día siguiente, una vez que se le pasaron los efectos, volvió a su casa, pidió perdón a sus padres por aquello en lo que hubiera podido faltarles, y se convirtió en un hijo modelo. Dejó de fumar y de beber, estudió una carrera, se puso a trabajar, se casó, tuvo hijos, cambió de coche, se compró una casa en la playa... Y todo lo hacía para huir de su esqueleto. Cada uno huye de su esqueleto en la dirección que puede.
La mujer de la foto huyó en dirección al cirujano plástico que forró su calavera con el rostro de otra mujer como el que coloca en su jardín una porción de césped cultivada en otro. La foto que ustedes ven pertenece al instante en el que Isabelle se presentó ante los medios de comunicación para mostrar los resultados de la intervención y relatar su historia. De acuerdo con su versión, "el 27 de mayo, después de una semana muy perturbadora y con muchos problemas personales, tomé medicamentos para olvidar; me sentaron mal y me desmayé. Cuando me desperté intenté encender un cigarrillo y no comprendía por qué no se aguantaba entre mis labios. Fue entonces cuando vi un charco de sangre y la perra a mi lado. Me fui a mirar en el espejo y, horrorizada, no podía creer lo que estaba viendo, sobre todo porque no tenía ningún dolor". ¿Dije Lovecraft?
Durante la rueda de prensa se mostró muy agradecida a los doctores y explicó el trabajo que tenía por delante, pues aún no controlaba el movimiento de todos los músculos. Tenía que aprender a reírse con naturalidad, por ejemplo, aunque ya durante la rueda de prensa soltó dos carcajadas que, lógicamente, no eran de ella. También tendría que aprender a pronunciar las palatales, de las que no había oído hablar antes en su vida. Ni siquiera sabía que existían. Empezaba, en fin, una nueva vida en la que lo más difícil sería controlar el rechazo de su organismo al nuevo rostro. Hay mucha gente que siente asco hacia su propio rostro, pero se trata de una repugnancia retórica. Todo rechazo que no nos obligue a tomar inmunodepresores es de cartón piedra. No somos conscientes de ello, ni de las palatales, hasta que nos enfrentamos a una tragedia como la de Isabelle. Lo que no sabemos es qué fue de la perra.

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