Un lenguaje en el terror vasco
Los últimos atentados de ETA apenas merecen ese nombre: los terroristas han advertido de su acción para que se intercepte a tiempo. No sin alguna dolorosa sangre: el amago es un ataque en el que un azar relativo puede causar daños graves. Nuestros medios y nuestros políticos procuran minimizar los avisos y ensalzar el valor de quienes desactivan los artefactos: es una forma de lenguaje que consiste en no dejar perder la tensión contra el enemigo. La información se ha convertido en otro tipo de ataque y defensa. Pero estos actos no fallidos, sino delatados por quienes los cometen, son otro lenguaje: el de advertir que están siempre ahí: están explicando que, si hubieran querido, hubieran causado un baño de sangre; y añadiéndolo a no sabemos qué acciones de conversación o de "contacto verbal", como ahora se emplea en el lenguaje del poder para minimizar negociaciones o conversaciones.
La posición de las fuerzas propias es la de negar no sólo contacto, sino la posibilidad de que lo haya; incluyendo las que pudiera mantener el Gobierno vasco o grupos individuales de empresarios o "agentes sociales", o las de miembros aparentemente secretos de los servicios llamados de "inteligencia", eufemismo del espionaje inglés, y que en Estados Unidos es tan estúpido como para no enterarse antes del ataque a Nueva York de la presencia de terroristas en su territorio, de dónde está Bin Laden, y de que un navío mercante frente a Yemen era amigo y las armas que carga deben servirnos a nosotros y por lo tanto el acto de combate de una fragata española en Asia ha sido bello pero inútil.
Hace tiempo que parece que estamos en una tregua con los terroristas vascos, o lo están ellos, aunque no se declare. Nos están diciendo que, cuando quieran, las bombas volverán a matar y que ya podrían haberlo hecho, sin que tampoco nuestros servicios sean capaces de presentir los atentados. Quizá sea imposible. Esta situación debería ser conocida de todos. Cuantos menos secretos, más seguridad hay, aunque esto va en temperamentos políticos. Los partidarios de la política abierta somos pocos, y maltratados. Pero conviene que nos fijemos en esto: avisan de sus bombas para que las desmonten. No es un acto generoso, ni inútil: quieren decirnos algo. Lo aceptemos o no, hay que hacerlo ver en toda su importancia.
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