Romerías
A. R. ALMODÓVAR Pocos sevillanos de hoy conocen que a escasos 50 kilómetros de la capital, en dirección norte, se encuentra uno de los yacimientos arqueológicos más enigmáticos de la Península, quizás de Occidente: el asentamiento romano de Mulva, o Munigua. Pero sólo hay que coger el tren de la sierra, uno de esos trenes que la Junta de Andalucía sostiene en grado heroico, y bajarse en el apeadero de Las Arenillas. (Se puede ir en coche, pero no es recomendable para el mucho meditar que la jornada depara). Desde allí, un camino de dos kilómetros, por entre apacibles encinares, conduce al misterioso lugar. Conviene llevar el corazón preparado a las sorpresas. Los senderistas prefirieron esta vez un carril todavía más natural, siguiendo el arroyo Tomahoso, un garabato de lentiscos y palmares en la dehesa profunda, por donde oír los cantos de una multitud de pájaros. Preparación recomendable también. Un águila culebrera se levantó entre las encinas, y fue al seguirla con la vista cuando, de pronto, los caminantes vieron un farallón insólito, una espectacular construcción asomada a un pequeño acantilado, parecida a ninguna cosa. Era la muralla posterior del santuario que aquí hubo, un gran santuario de trazas helenístico-orientales, con terrazas y rampas, dedicado a no se sabe qué dios o qué diosa, y desproporcionado a todas luces para lo reducido del conjunto. Total, unas termas, un foro, seis casas... Eso sí, todo muy exquisito y costeado. Otro muro perimetral, de defensa, que trata de vencer lo accidentado del terreno, nunca se terminó, tal vez por excesiva confianza en los dioses. Durante años se relacionó a Mulva con la actividad minera cercana. Pero conforme avanzan los estudios y las excavaciones -llevadas a cabo desde 1958 por el prestigioso Instituto Arqueológico Alemán-, se subrayan más los aspectos religiosos que allí se desarrollaron, y la especial protección de que gozó el sitio por parte de varios emperadores: Augusto, Tito, Vespasiano, Adriano. Un tratado de hospitalidad de los tiempos del primero, una carta del segundo, fechada en el 79 d. C., y unas reformas en el templo de cuando el último, así lo atestiguan. Todavía la presencia de un Dis Pater, ésta sí verificada, entre los dioses que recibían culto, pone un punto de mayor extrañeza, pues se trata de una de esas divinidades mistéricas que la Roma decadente incorporó de otras religiones, como Isis, Attis, o Mitra; todas, por cierto, muy extendidas en la Bética. Dis parece diminutivo de Dives, rico, y según el propio César es un dios de los infiernos; también de las riquezas del subsuelo, las minas. Cicerón disiente y le atribuye la consagración de la naturaleza toda. Teniendo en cuenta las excelencias campestres del lugar, no desentona tampoco. En cualquier caso, un dios salutífero, capaz de atraer grandes peregrinaciones. (¿Por qué será que aquí prenden tan fácilmente esos cultos ambiguos y tumultuosos?). Todo, en fin, indica que estamos más ante un lugar de devociones populares que de actividad económica, al menos en su época floreciente, las primeras décadas del siglo II. Se cree que alguna de las invasiones mauritanas de esos tiempos puso un brusco final a este emporio inexplicable. Si se nos perdona la audacia, tal vez les pilló en plena romería. Hay que tener cuidado.
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