La morriña de Helmut Kohl
La cumbre de Amsterdam demostró mucho más que poca ambición. Dejó a la vista, sobre todo, el creciente nacionalismo alemán y el aislamiento en que vive el principal motor de la construcción europea de los últimos tres lustros, el canciller alemán Helmut Kohl. Atenazado por la posibilidad de perder las elecciones generales de 1998 y cada vez menos acompañado en el Consejo Europeo, Kohl se ha cerrado en sí mismo. Ahora hace más caso a sus Estados federales que a sus colegas europeos. Ya no están con él ni François Mitterrand ni Felipe González ni Jacques Delors para tejer acuerdos generosos entre bastidores y el canciller empieza a tener morriña. Tampoco están ya ni Margaret Thatcher ni John Major para vetar esos mismos acuerdos, pero el aire fresco aportado por Toni Blair y el nuevo laborismo siguen sin ser algo más que una sonrisa cada vez más amplia y cada vez menos creíble.La actitud de Francia es también una incógnita. La llegada de Lionel Jospin ha dado un giro populista a su política europea, pero a menudo a costa de actitudes más nacionalistas que europeístas. Ya no se ve la chispa de otros tiempos en el eje franco-alemán.
A la sombra de sus mayores se va fraguando la influencia de algunos pequeños. El luxemburgués Jean-Claude Juncker se ha puesto este año casi todas las medallas, con el borrón de su poca mano izquierda con Turquía. A su lado crece también la influencia del portugués Antonio Guterres, capaz como lo era González de aportar soluciones en temas que no le afectan a él directamente. Mientras, José María Aznar sigue buscando un éxito español en cada cumbre y eso le aleja del núcleo de influencia del Consejo Europeo.
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