Ir al contenido
_
_
_
_
Cartas al director

Por la caridad entró la peste

Siento poner al escrito este nombre, sobre todo por respeto a mi abuela materna, que se llamaba Caridad y le molestaba mucho oírlo. Pero creo que, si tiene fa cultad de leerlo, es que lo ha visto, y a estas horas estará carcajeándose a mandíbula batiente haciendo dúo conmigo. La caída de la tarde ha sido tan fría que me ha sobrecogido más que otras veces ver esa mano extendida, perteneciente a un cuerpo enjuto, del que emergía una muy delgada cara. Estará helada, he pensado. Estará helado, he seguido. Y mi mano, calentita en el bolsillo, ha empezado a buscar algún dinero. No sé qué rayo fatal ha arrancado la carpeta de plástico insertada bajo mi axila, haciéndola salir disparada y caer de plano sobre una boñiga (no sé si de humano, de perro o de gato -mire usted, no me ha apetecido investigarlo-). ¡Cielos! Me he sobresaltado, ¡el préstamo que me han hecho para documentarme! He sacado el contenido como he podido, procurando, y consiguiendo, salir incólume, murmurando, dada la inmovilidad del mendigo: lo que me temía, está hecho un témpano, un carámbano, se ha quedado paralizado. He tirado la funda, irrecuperable, a una papelera, y he abrazado, intacto, el contenido. Riéndome, he depositado una moneda en la incitadora mientras oía una voz, como de ultratumba: "Ya, ya lo he visto, señora" -bueno, ya es algo-, y he continuado camino reflexionando: aquí, pisar una catalina de siempre ha traído suerte. Como lo que la ha pisado ha sido una publicación del Ministerio de Cultura relativa a la propiedad intelectual, alborozada he exclamado para mis adentros: augurio fetén. La cultura, que se solidariza con los madrileños y está rebrotando.-

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_