Cossiga se siente perseguido por los democristianos

Francesco Cossiga, presidente de Italia desde hace seis años, miembro de la izquierda democristiana, que dejó su carné al ser elegido jefe del Estado, católico practicante, se siente abandonado, traicionado y perseguido por la Democracia Cristiana (DC), en la que ha militado toda su vida y a la que llama "sangre de mi sangre". Así lo revela en una dolorosa y apasionada confesión pública al periodista Paolo Guzanti, del diario La Stampa, de Turín, propiedad de la familia Agnelli, en la que afirma que podría dimitir si la Democracia Cristiana se lo pide como a un viejo amigo de partido y si le coge "en un momento de debilidad".
Pero si fuera verdad que Cossiga está dispuesto a dimitir, el precio que pone es alto: exige que la DC, el partido de mayoría relativa de este país y él que le designó ante el Parlamento como jefe del Estado, se lo pida formalmente y "asuma todas las responsabilidades ante la opinión pública".
Con amarga ironía, Cossiga afirma: "Sé que no tengo derecho a exigir claridad de la DC, porque ello sería una empresa imposible", acusándola así de hacer siempre el doble juego. Pero al menos, afirma Cossiga, "debe tener el coraje de decir si está conmigo o con Glovanni Galloni" [democristiano también y católico, vicepresidente del Consejo Superior de la Magistratura], a quien el jefe del Estado le recrimina el haberle considerado un "subversivo revolucionario" que ataca la Constitución.
Cossiga quiere ahora que el partido en el que ha militado toda la vida, empezando por el jefe del Gobierno, Giulio Andreotti, salga al descubierto ante la opinión pública, porque está convencido de que la gente de la calle comulga con él cuando ataca a la clase política y a su partido de origen y propugna dar paso a una nueva República presidencialista.
Según Cossiga, en Italia se ha creado, con la connivencia de la DC, "una atmósfera [contra él] en la que es fácil para todos el tiro de pichón".
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