"Buen obrero, un poco simplón"
"Era un buen obrero, aunque un poco simplón", dijo días atrás a esta enviada especial un compañero de Yan Xiorong, que, como él entonces, trabaja en la fábrica número 18 de aparatos de radio de Shanghai. Añade que Yan no era un radical ni tenía grandes problemas ideológicos.
Se sabe que el trabajador había participado en varias manifestaciones del recientemente formado Sindicato Autónomo de Obreros de Shanghai, pero no está seguro de si era uno de sus miembros.
Los tres ejecutados ayer fueron detenidos junto con otros siete, aún por juzgar, poco después de que aparecieran en la televisión local de ese puerto de más de 12 millones de habitantes, la ciudad más poblada y más industrializada de China, imágenes en las que se les veía tirando bombas incendiarias a los vagones de un tren y atacando a policías y bomberos.
Confesión inútil
El primero en ser juzgado fue Xu Guoming, un obrero de una fábrica de cerveza de Shanghai. Xu reconoció de inmediato los delitos cometidos e hizo una amplia confesión que no ha servido para conservar su vida. China, a veces, es benevolente con quienes confiesan y juran arrepentimiento.
De Xie Hanwu, el tercer ejecutado, se sabe tan sólo que no tenía trabajo. Posiblemente sea uno de los muchos jóvenes campesinos atraídos por la gran ciudad que no han logrado legalizar su situación en ésta y vivían de la delincuencia o de la búsqueda de la suerte.
La información oficial sobre los ejecutados y su juicio trató siempre de dejar bien claro que los tres jóvenes nada tenían que ver con los estudiantes universitarios que pedían la democratización del régimen. "Los castigaremos tan fuerte como sea posible", dijo el juez del tribunal popular que los juzgó.
Sobre los tres ajusticiados pesaba la acusación de haber causado unas pérdidas al Estado cercanas a los tres millones de yuanes (unos 100 millones de pesetas) por haber incendiado nueve vagones de un tren en uno de los cuales había 900 sacas de correos, y seis motocicletas de la policía.
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