Enredo

El tímido proyecto de ser sinceros, que tentó a nuestra generación durante la etapa progresista, ha fracasado. Lo veíamos en las películas americanas de aquellos años. El marido que había sido infiel esa misma tarde, llegaba a casa y lo confesaba todo a su mujer mientras abría la nevera tan campante. Sucedía también al revés. La esposa acababa de contraer adulterio con un vendedor de seguros, pero no podía callar. Siempre había un momento en que ella apagaba el televisor y con mirada franca le decía al bendito cónyuge en babuchas que le había engañado. Ambos eran coherentes. Lo comprendían todo, no se sabe bien por qué. A continuación hacían el amor, el plano se fundía y de pronto amanecía con los pájaros cantando sobre el césped como si no hubiera pasado nada. Esa costumbre causó estragos en los medios barbudos de Occidente, y entre nosotros fue seguida por los modernos más valerosos. Nuestra generación estaba educada para la mentira y en sus claves artísticas nos reconocíamos. La sinceridad iba asociada al aceite de ricino o a los interrogatorios de la comisaría. Cuando se puso de moda, aquí sólo produjo traumas, ojeras moradas, terribles martirios en las parejas.La sinceridad es cosa de jovenzuelos, de gente no muy hecha o de simples borrachos. Al llegar a cierta edad uno debe mentir a toda costa. La madurez consiste en convertir la falsedad de la vida en una bella y envenenada obra de arte. Hay que engañar al marido, a la mujer, al amante, al socio, al elector, al notario, al confesor, al compañero de tren, a cualquiera que se muestre interesado por la verdad, que no consiste sino en otro enredo aunque más impúdico. La verdad es algo obsceno. Llevada a su extremo se convierte en una agresión. Sólo en la infancia o si uno alcanza la indecorosa senectud puede permitirse el lujo de contar lo que piensa porque entonces nadie te cree. En este tiempo la verdad es el invento de un niño o la batalla del abuelo. En medio está el fregado de la existencia cuyo tejido es la ficción.
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