El buen nombrar
Como todo buen entender requiere un buen nombrar, habrá que coincidir con la añoranza de Laín Entralgo refiriéndose a la escena en la que el primer hombre iba nombrando las especies. Pero las lenguas se multiplicaron, (si es que alguna vez fueron una) y la tierra se extendió, como el hombre, por el planeta hasta contabilizar un millón de especies zoológicas y trescientas mil especies botánicas. "Aquí te quisiera ver, Adán", exclamaba ayer Pedro Laín.Si constituye un problema para el biólogo distinguir entre tantos nombres, si hasta hay estudiantes de biológicas que piensan que los minúsculos rantoncillos son los machos de las ratas que se solazan, por tanto, con tan fornidas hembras, ¿qué no le ocurrirá al vulgo?.
El vocabulario popular comete equivocaciones con el nombre de las cosas vulgares y se vuelve primario cuando entra en lo técnico. Todo ello sin hablar del servilismo con que se toman palabras de otros idiomas. Y hay que decir que la Academia no ha dado muestras suficientes de preocupación por evitarlo admitiendo a científicos que limpiaran nuestro idioma. Los excepciones de fisicos como Terradas y Palacios, biólogos como Carracino, Ceballos, Colmeiro o Colino, naturalistas como Bolivar y Fernández-Galiano, matemáticos como Rey Pastor o científicos humanistas de la talla de Ramón y Cajal y Blas Cabrera, todos ellos (y sólo ellos) recibidos en la docta casa antes que Alvarado, no hacen más que confirmar la regla.


























































