Washington impuso sus tesis económicas en México
Estados Unidos ha dominado la cumbre de Cancún, sin que este foro hostil, con presencia mayoritaria de los países tercermundistas, lograra que el presidente Ronald Reagan hiciera concesiones sobre su enfoque liberal de las relaciones económicas internacionales. En términos generales, los asistentes a la reunión han reconocido -afirmó ayer el secretario de Estado, Alexander Haig- que el sector privado es la locomotora del crecimiento.Esta afirmación, machaconamente reiterada aquí por la delegación norteamericana, fue contestada -con irritación en ocasiones- en el interior de la sala de reuniones del hotel Sheraton. El ministro de Asuntos Exteriores de Nigeria le dijo a Reagan que no fue el libre mercado sino la mano de obra esclava negra la que posibilitó el milagro americano.
Reagan abandonó ayer Cancún calificando de muy positiva la reunión y con el convencimiento de que ha merecido la pena correr el riesgo de asistir. Estados Unidos no ha resultado finalmente el malo de la película y siempre podrá recordar que aceptó el diálogo, escuchó e incluso se ofreció para iniciar en la ONU negociaciones.
El primer día de la cumbre, Washington tomó la iniciativa al anunciar sus condiciones para dicho diálogo, insistiendo en su contenido prescrito, que evite la confrontación ideológica, y respetando las instituciones ya existentes. Para los países del Sur esto fue un jarro de agua fría, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles para conseguir flexibilizar la postura de EE UU.
Pero Reagan logró que el debate se polarizara sobre la interpretación de su mínima oferta de diálogo global, ganando tiempo y consiguiendo que los temas de comercio, monetarios y referentes al sistema financiero industrial no fueran objeto profundo o de compromiso alguno.
EE UU, con el apoyo de algunos países occidentales, entre ellos el Reino Unido y Francia, ha logrado preservar como dogma de fe las competencias de los organismos especializados en las futuras negociaciones globales, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, controlados por Washington.
Por último, en el aspecto de los alimentos, Washington ha logrado también que se resalte que el esfuerzo interno de los países pobres es el elemento esencial para solucionar el problema del hambre.
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