Campismos y vodevil
La reposición de Blaise -ahora titulado Una modelo para un desnudo- a los veinte años casi de su estreno en España, vuelta a dirigir por Alberto Closas, revela una justa fidelidad al género y a uno de sus grandes textos representativos. Se trata de un vodevilismo actualizado en su visualidad, en que se mantienen las coordenadas del género: trepidación, desdén por la lógica, complicidad risueña, apuros económicos y eróticos, encierros en las habitaciones, saltos, carreras, bofetadas, gritos y traca del grotesco. Un género muy menor, pero tan visto, hecho y reiterado a través de toda la historia del teatro, que no puede afrontarse sin una cierta y especializada maestría.Hacer reír es muy difícil. En términos de eficacia, la primera parte y los diez minutos finales son de impecable mecanicidad. Hay un sitio, naturalmente, para este teatro, y todos necesitamos, más o menos, algunas horas de es capismo. Reír es buena medicina general. La criada lista y retrasada a la vez, Loreta Tovar; la dama inflexible, Lola Gávez; la muchacha provocadora, María Gianni; el galán en apuros, Larrañaga, y el fresco carrozado, Manuel Andrés, componen dos horas de evasión completa. Claude Magnier no llega a ser Feydeau, pero sí alcanza el entorchado del discípulo muy listo. En el teatro Beatriz, una cierta nostalgia flota durante la repre sentación: el vodevilismo tiene un encanto camp que sobrenada por las actualizaciones del ritmo y aun del texto. Eran más moderados, claro está, los erotismos antiguos. Pero ni siquiera las franquezas contemporáneas pueden borrar el fondo de este teatro: reímos por la dificultad ante la fruta prohibida, por la hipocresía general, por la búsqueda desesperada de la autoindulgencia. Valores que pier den mordiente. Curioso tema el de las líneas a seguir para el futuro del viejo vodevil frente a una sociedad abierta y desenfrenada. Más teatros, más estrenos.
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