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Alienación Indebida
Opinión

Prestianni y Vinicius: una camiseta para cada insulto

Una vez más, todo parece indicar que no discutimos el improperio, sino el derecho a creernos la versión que más nos conviene

Prestianni se tapa la boca insultando a Vinicius. Jesús Álvarez Orihuela (DIARIO AS)

A pocas horas de que Real Madrid y Benfica se citen en el Bernabéu, el debate se concentra en la sanción preventiva que la UEFA había decido imponer a Gianluca Prestianni por los presuntos insultos racistas contra Vinicius en el partido de ida. En realidad, es casi un tecnicismo, pues el propio futbolista argentino reconoció haber insultado gravemente al brasileño, aunque jugando la carta de la homofobia, que debió parecerle más defendible que la xenófoba incluso a él, protagonista indiscutible del incidente por hache o por be.

Como en todas las polémicas que rodean al futbolista del Madrid, las muestras de indignación se han sucedido en múltiples sentidos: con Vinicius han quedado obsoletos todos los principios de la bidireccionalidad. Por un lado, están los que argumentan que no se puede sancionar a un futbolista sin más pruebas que la palabra del contrario, una especie de doctrina Soto Ivars, alineados por una vez con los habituales del “hermano, yo sí te creo”: al aparecer el brasileño de nuevo en la ecuación, piensan los segundos que llueve sobre mojado. También se han pronunciado los racistas indignados, esos que un día llaman “mena de mierda” al contrario y al siguiente salen en defensa de Vini tuiteando cosas como “eres un racista asqueroso, Prestianni, gitano”. No es fácil ser racista a tiempo completo, supongo. O antirracista, de ahí que siga haciendo fortuna la teoría de que a los otros negros del Madrid nunca los insultan, solo a Vinicius.

En estas estábamos cuando aparecieron algunos aficionados argentinos a reclamar la misma justicia para Mbappé, acusado de homófobo por esas cuestiones de los usos idiomáticos. “¡Le llamó puto racista a Prestianni!”, alegaban. Menos mal que no le llamó facha, porque entonces estarían los mismos pidiendo que lo sacaran a hombros, caballero del honor, francés de corte elegante que cuando gana da la mano y te suelta el piropazo. Todo un sinsentido para tratar de justificar lo injustificable y ahondar en aquellas palabras de Jorge Luis Borges sobre el deporte rey: “El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta, sobre todo, lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte”. Si todos jugasen bajo una misma camiseta, bajo una misma bandera, no existirían tantas dudas sobre cómo proceder cuando un futbolista negro denuncia a uno blanco por llamarle mono.

Una vez más, todo parece indicar que no discutimos el insulto, sino el derecho a creernos la versión que más nos conviene. Si acusa el rival, exigiremos pruebas forenses, peritajes lingüísticos y el pack completo de las garantías procesales que aprendimos en Ley y orden, pero aplicado a la justicia deportiva. Si acusa uno de los nuestros, la cosa cambia. Hasta la ética parece disputarse a eliminatorias de ida y vuelta. Todo es revisable, interpretable, maleable. Todo depende del campo en que se juegue, de ahí que el racismo o la homofobia ya no nos parezcan tanto una línea roja como un simple argumento táctico, un 4-3-3 o un 4-4-2.

Lo verdaderamente inquietante ya no es que los futbolistas se insulten entre ellos, sino que nuestra reacción dependa del escudo que defiendan. No del agravio. No de la palabra. Del escudo. La identidad ya se nos antojó como la única forma de justicia y por eso puede parecernos sospechosa la denuncia de Vinicius o interesada la defensa de Prestianni. Llegará un momento en el que ya no podamos ponernos de acuerdo sobre nada, ni siquiera sobre la intolerancia contra el racismo o la homofobia. Y no deberíamos sorprendernos demasiado: llevamos años entrenando exactamente para esto.

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