Walter Pandiani, de la élite a entrenar en la quinta división: “Tenía que ser el mejor para no tener que recoger basura el día de mañana”
‘El Rifle’, hoy entrenador del Palencia, recuerda su carrera desde el banquillo que ocupa en el equipo de 3ª RFEF


Walter El Rifle Pandiani (Montevideo; 49 años) se mueve calzado con botas de tacos entre dos decenas de futbolistas sobre el pasto artificial una fría mañana de invierno en la Tierra de Campos. “No quiero que corras así. Ya te lo dije el otro día. Eso no es fútbol”, le grita a un jugador que trotaba hacia atrás, y le muestra cómo hacerlo, perfilado hacia la pelota. Alrededor del antiguo delantero del Depor, Mallorca, Osasuna y Espanyol, ganador de tres Copas del Rey, semifinalista de la Champions, discurre un partidillo de entrenamiento del Palencia CF, el equipo al que dirige desde hace un mes. Abandonó el verano austral uruguayo para ocuparse de una plantilla que compite en 3ª RFEF, el quinto escalón en España. “Unos días antes estaba en la playa, en el río, con 40 amigos y la familia. Espectacular”, recuerda.
La liga allí comenzaba el 6 de febrero y no había encontrado banquillo. Mientras exprimía el verano, recibió la llamada de un viejo amigo que lleva años canalizando inversiones en el club castellano. “Eugenio Botas [su agente] me empezó a insistir que ahora era el momento para venir. Igual no me convencía mucho al principio. Yo, que había entrenado en Primera División en Uruguay, me estaba viniendo a la quinta categoría... Pero también pensaba que nos hemos ayudado mutuamente mucho tiempo, y creía que era una oportunidad para darle una mano. Lleva años soltando dinero sin conseguir el ascenso”, dice. “Si lo logramos, también me sirve como currículum. Es muy difícil”. Van segundos del grupo 8, a dos puntos del primero, el Atlético Tordesillas. Pero solo hay una plaza de ascenso directo en una categoría de mucho barro.
“Tengo una facilidad tremenda para adaptarme a cualquier contexto. Estoy acá para todo. Para hablar de la vida también. A mí me pasaron todas las cosas, las buenas y las malas”. Perdió a su padre muy joven. Él mismo fue padre días antes de hacer 18. “Tenía que cumplir un montón de cosas si quería jugar al fútbol. Tuve en la cabeza dejarlo”. Al año siguiente debutó en Primera, en el Club Atlético Basáñez, pero las estrecheces siguieron. “Los sueldos eran bajos y encima estabas cinco meses sin cobrar”.

Buscó un empleo complementario. “Trabajaba de basurero de once de la noche a tres de la mañana”. Cuatro horas corriendo detrás del camión. “Tenés que coger los tachos [cubos] de chapa así de grandes. Los metía arriba del hombro y los tiraba para arriba del camión; los tiraba al lugar de vuelta y corría al siguiente portal. Solo me subía al camión para cambiar de pueblo. Dentro del pueblo era todo correr. Lo utilizaba para entrenar. Después descansaba un poquito y era el primero en llegar al entrenamiento y el último en irme. Los pibes ahora se cansan más rápido. Aparte: ¿qué hacía? ¿Dormía, no iba al entreno, o llegaba el último? ¿No me tomaba en serio el fútbol? Para eso no iba. Tenía que ser el mejor para el día de mañana no tener que andar recogiendo basura”.
Saltó a Peñarol, y de ahí, en el verano de 2000 al Deportivo de La Coruña, aquel equipo de ensueño que en 2004 le remontó al Milan de Ancelotti el 4-1 de la ida en los cuartos de la Champions. “Nadie daba dos pesos por nosotros, pero en una conferencia de prensa dije: ‘Ahora que se agarre el Milan, que vamos a luchar’. Y mira cómo yo hablo, que transmito y enseguida te enchufas. La gente empezó a creérselo. Y salimos a la cancha enchufadísimos. Increíble. Yo corrí 14 kilómetros. No tocó la pelota ni Maldini, ni Nesta, ni Gattuso, ni Pirlo. La vieron pasar por arriba por la presión. Yo a los cinco minutos metí el primero. Termina el primer tiempo, vamos 3-0, y llamo a todos y volvemos corriendo al vestuario. Todos corriendo. Y empezamos todos a hablar: ‘Muchachos, el segundo tiempo es para jugar al fútbol. Pam, pam, pam. 4-0 les metimos. No tocó la pelota el Milan. Fran, Djalminha… hacían rondo con los rivales. De locos”.

De la semifinal contra el Oporto de Mourinho, que terminó levantando la Orejona, guarda un recuerdo más amargo. “Allí tuvimos la expulsión injusta de Andrade. Era amigo de Deco y le empujó así y le sacó roja. Le dijo: ‘He is my friend’, y lo expulsó. Y en la vuelta, un penal que no fue… Mourinho habla de la Champions que le regalan al Barça de Guardiola, pero esa se la regalaron a ellos”.
En Palencia, se encuentra muy lejos de aquellas alturas, pero mantiene el espíritu salvaje. Del entrenador que más se acuerda es de Camacho, que lo dirigió en Osasuna. “Era exigente y a mí me gustaba la exigencia. No por mí, sino por el resto. Cuando tenés entrenadores que pasan de todo, no me gusta. Baja el nivel, la intensidad. Si no tenés entrenadores que estén encima y apretando, entonces era yo el que apretaba a todo el mundo. Para que corrieran, para que pelearan. Y me enfadaba. Si no entrenaban bien, me enfadaba. Yo me reunía en el vestuario cuando no se estaba entrenando bien. Cerraba la puerta y pegaba cuatro gritos. Y los señalaba. Le decía: ‘¿Vos te vas a casa pensando en que hiciste todo lo que estaba tocando para que el equipo fuera mejor?”, recuerda. “Lo que soy ahora como entrenador es lo que era como jugador, que no paraba de hablar en todo el entrenamiento”.
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