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Álvaro Odriozola se rompe el cruzado y dice adiós a la temporada

El lateral de la Real Sociedad se lesiona de gravedad y ve truncado su regreso al máximo nivel cuando por fin había recuperado continuidad y confianza

Álvaro Odriozola (centro) abandona el campo tras lesionarse durante el partido de Liga ante el Oviedo.Juan Herrero (EFE)

Se confirman los peores augurios. La Real Sociedad lo ha hecho oficial este domingo. Álvaro Odriozola sufre una rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla izquierda. La lesión es, ante todo, un golpe devastador para el propio futbolista. Más allá de lo que pueda suponer para la Real Sociedad en lo competitivo, la verdadera dimensión del drama está en lo personal. Porque cuando el lateral donostiarra de 30 años parecía haber dejado atrás el infortunio que le ha perseguido en los últimos años, cuando por fin volvía a sentirse importante y competitivo, el fútbol le ha vuelto a poner a prueba.

Odriozola estaba ofreciendo de nuevo su mejor versión. Había recuperado chispa, confianza y continuidad. Se le veía suelto, profundo, incisivo en ataque y comprometido en defensa. Ese futbolista eléctrico que maravilló en Anoeta y que llamó la atención de media Europa. El mismo que llevó al Real Madrid a apostar fuerte por él pagando cerca de 30 millones de euros por su fichaje. No era solo una cuestión de minutos acumulados, sino de sensaciones: volvía a tener esa determinación en cada arrancada, esa personalidad para pedir el balón y asumir responsabilidades.

Su trayectoria reciente había estado marcada por una sucesión de problemas físicos que le han impedido tener continuidad. Desde su regreso a la Real, las lesiones han sido un obstáculo constante, frenando cualquier intento de encadenar partidos y consolidarse definitivamente. Cada vez que parecía arrancar, su cuerpo decía basta. Cada vez que encontraba ritmo, aparecía un contratiempo. Esa falta de regularidad no solo afectaba al rendimiento, sino también a la confianza de un jugador que vive del dinamismo, la velocidad y la explosividad. De hecho, el pasado verano estuvo más cerca de irse que de quedarse, aunque, finalmente, sin ofertas que le atrajeran, optó por continuar.

El partido ante el Real Oviedo simboliza toda esa cruel contradicción. Con 0-2 en contra, salió al terreno de juego como revulsivo, con la intención de cambiar la dinámica del encuentro. Apenas había transcurrido un minuto desde su entrada cuando, en una acción fortuita junto a Chaira, su rodilla dijo basta. No fue una jugada violenta ni especialmente aparatosa. Fue una de esas acciones que forman parte del fútbol, pero que a veces se convierten en sentencia.

La imagen posterior fue la que realmente impactó: Odriozola abandonando el campo entre lágrimas, consciente de que algo grave había ocurrido. No era solo el dolor físico. Era la intuición de quien sabe que el trabajo silencioso de meses, la paciencia y la resiliencia podían verse truncados de nuevo. La confirmación de la rotura del cruzado no hizo sino poner nombre a ese presentimiento.

Esta lesión supone un frenazo abrupto en el momento más esperanzador de su última etapa. Cuando parecía haber dejado atrás la fragilidad física, cuando por fin acumulaba partidos y confianza, el destino le obliga otra vez a empezar desde cero. Y no es la primera vez que le toca hacerlo. Esa es la verdadera dureza del golpe: no es solo una lesión grave, es la reiteración del infortunio.

Porque el caso de Odriozola no es el de un futbolista que no haya trabajado o que no haya intentado rehacerse. Al contrario. Ha pasado por cesiones, cambios de rol, competencia feroz y procesos de recuperación largos y exigentes. Ha tenido que reinventarse, asumir suplencias, volver a pelear por minutos. Y cuando por fin parecía reencontrarse con el jugador que fue, el fútbol le vuelve a exigir paciencia.

Ahora comienza otro proceso largo, complejo y mentalmente exigente. La rotura del cruzado no solo pone a prueba la rodilla, sino también la cabeza. Meses de rehabilitación, de gimnasio, de soledad, de ver a los compañeros competir desde fuera. Para un jugador que basa gran parte de su juego en la velocidad y la potencia, la incertidumbre siempre planea. Pero si algo ha demostrado Odriozola es capacidad de sacrificio.

No es mala suerte para la Real. Es mala suerte para él. Para un futbolista que llevaba demasiado tiempo luchando contra la adversidad y que, cuando volvía a disfrutar sobre el césped, vio cómo todo se detenía en apenas un minuto. El fútbol, a veces, no entiende de merecimientos. Y en esta ocasión, ha sido especialmente cruel con Álvaro Odriozola.

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