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La aventura del ultraciclismo, a caballo entre el alpinismo y los pioneros del Tour

España es uno de los principales organizadores de pruebas de ultrafondo, una especialidad bajo el radar que seduce y promete experiencias de autosuficiencia con grandes dosis de compromiso e incertidumbre

Un participante en la Basajaun 2025 en la Sierra de la Demanda. Carlos Mazón

El francés Sofiane Sehili, una de las grandes referencias del ciclismo de ultradistancia, deseaba vivir otra aventura. Pero se le fue de las manos. A principios del pasado mes de septiembre, se hallaba bien cerca de batir el récord del mundo de la travesía de Eurasia (18.000 kilómetros entre Lisboa y Vladivostok) establecido en 64 días y dos horas por el alemán Jonas Deichmann en 2017. Tan al alcance tenía el registro, que se le nubló el juicio. Al alcanzar la frontera entre China y Rusia, supo que le estaba prohibido cruzar en bici y que su única opción era cruzar en el tren de las 9.30 de la mañana del día siguiente. Hizo números y entendió que no batiría el récord. Decidió jugársela y fue capaz de entrar en Rusia de forma ilegal. Asustado por su propia osadía, se entregó a las autoridades: pasó 50 días en un calabazo antes de ser deportado.

El ultraciclismo es un deporte underground, una experiencia más próxima al compromiso y la incertidumbre del alpinismo que al ciclismo de élite. Un viaje, una aventura, una vuelta a los orígenes, un homenaje a los pioneros del Tour, un bendito disparate, libertad… y caos. Con todo, hay bofetadas para participar en las pruebas de referencia, y desde España se organizan unas cuantas: Basajaun, Transibérica, Transpyrenees, Badlands, lo Voltor de la Garba, Lost Horizons, 500 Millas Caníbal…

En estas pruebas no competitivas los participantes disponen de un track y de un número limitado de días para alcanzar el final del recorrido que puede variar entre los 500 kilómetros y los más de 6.000. A partir de aquí, han de ser autosuficientes y cada cual decide si duerme o no, si es capaz de reparar su bici, si pelea por ser el mejor, si viaja cargado o ligero, si duerme en hotel o tirado bajo un árbol, si se atiborra a geles o se alimenta en restaurantes. El ganador de la AcrossAndes de 2024, Andrés Tagle, recorrió los casi mil kilómetros de distancia en poco menos de 48 horas: solo estuvo parado 45 minutos y dice la leyenda que ingirió 84 geles.

Los recorridos pueden ser mixtos de carreteras y pistas o solo de asfalto, cruzar media Europa o el Atlas marroquí, la Ruta de la Seda o descubrir todos los secretos de Soria. Es una disciplina que bebe del pasado pero que se encuentra en plena expansión, tratando de mantener su espíritu genuinamente aventurero. En estas pruebas no hay televisión en directo, ni premios, ni público en la llegada. Todo se hace bajo el radar, de forma casi clandestina.

En 2021, Borja Gascón creó el podcast español de referencia en el mundillo, Construyendo Ultraciclismo, simplemente porque “deseaba crear una comunidad alrededor de esta disciplina y escuchar historias de ultraciclismo, encontrar respuestas, aprender y mejorar”. “Y como no encontraba nada —sigue— me dije que quizá podría crearlo yo. Es ciclismo pero parece alpinismo: en estas pruebas reina la incertidumbre, manda la planificación, hay sorpresas, problemas de todo tipo… siempre me han fascinado los relatos de los primeros ciclistas en el Tour, mitad aventureros, tramposos, duros. El ultraciclismo nace del deseo de regresar al origen de estas competiciones, que tenían etapas larguísimas y por caminos sin asfaltar. Es buscar revivir en el presente las historias que describían los pioneros, volver a la esencia del ciclismo, de la aventura”, se emociona.

Borja también compite y recuerda como en su primera Transpyrenees acabó durmiendo en el pajar de una casa: “Cuando me descubrió la familia flipó antes de sacar café y galletas”. Los participantes llevan bolsas de viaje aerodinámicas cargadas de ropa, comida, kits de reparación, cargadores… sus bicis no pesan menos de 7 kilogramos, como en el World Tour, pero más bien 15. A veces pasan horas sin encontrar comida, agua o refugio. Deben ser capaces de gestionar sus necesidades antes de caer en barrena. Uno de los asuntos más delicados es la gestión del sueño: los que desean quedar entre los primeros hacen cálculos para privarse del sueño sin perder eficiencia. Los más lentos tampoco duermen, para compensar.

Carlos Mazón fue tercero en la Transcontinental de 2016 y fundó en 2018 la empresa Transibérica, que organiza tres de las pruebas más importantes del calendario europeo: Basajaun, Transibérica y Transpyrenees. Lo hizo para poder participar en ellas. Mazón es tan montañero como ciclista, adora la cartografía, de ahí que le resulte fácil unir ambos mundos creando desafíos sobre dos ruedas que miran a las cimas. “Empecé como viajero de alforjas pero muy vinculado al aspecto deportivo: estar mas fuerte para ir más lejos, más rápido, ver más cosas. En 2015 participé en una prueba en EEUU que cruzaba el país de costa a costa y ya entonces soñaba con ir más ligero, quitar las alforjas clásicas, pero no existía el bikepacking y me fabricaba mis propias bolsas de viaje con fundas de tienda de campaña, más recogidas y aerodinámicas”, recuerda.

El ultraciclismo mezcla la pasión viajera con el acicate competitivo: “Tú te puedes tomar las pruebas como un viaje de bikepacking sintiendo que eres parte de algo, que estás un poco arropado por gente que le gusta lo mismo que a ti y tienes el picantillo de intentar acabar en el tiempo reglamentario. No me entreno para ganar, pero una vez en carrera me pico y me creo mi propio desafío: lo normal es que llegue muy mal a meta, hecho un trapo y luego disfruto recordando lo que he hecho, por donde pasé, dormí, con quien hablé… es como si viviese dos veces las carreras”, explica Borja Gascón.

Con el tiempo, Carlos Mazón ha aprendido a conocerse, sabe hasta dónde puede estirar cada jornada, donde alcanzará un rendimiento óptimo. “Siempre he abusado de no dormir, por eso me he caído de la bici en cuatro ocasiones, totalmente dormido. En mis pruebas pongo la obligación de dormir a partir del tercer día”, reconoce. Para participar en las citas de Mazón, donde hay menos plazas que demandantes, los interesados han de redactar un texto en el que explican sus motivaciones: “el espíritu es hacerlo accesible a mucha gente, no hay que ser un gran atleta para participar, con llegar a meta basta y aunque hay que entrenar se puede hacer disfrutando. Solo es necesario afrontar el desconocimiento de uno mismo y del terreno, abrazar la aventura. Es algo que engancha y abre un abanico diferente del ciclismo convencional”, expone.

Juan Antonio Flecha puede explicar como nadie las diferencias entre ser ciclista de élite y ultraciclista. “Cuando corres en el World Tour solo piensas en ganar, pero en el ultraciclismo solo persigues experiencias”, asegura. Flecha, uno de los mejores clasicómanos españoles de la historia, tiene alma de alpinista. De hecho devora libros de montaña: “Acabo de leer el último de Kilian Jornet donde se dice que cuando un alpinista conquista una montaña solo piensa en la siguiente, y esto me ocurre a mí: acabé recientemente la Atlas Mountain Race (casi 1.500 kilómetros de autosuficiencia) hecho papilla y enseguida solo pensaba en otras pruebas. Por un lado estás roto pero al mismo tiempo estás enganchado a momentos únicos, sorprendentes. Me gusta el factor sorpresa de estas citas y por eso no planifico al 100% la estrategia a seguir, sino que me dejo llevar por la improvisación y la capacidad de ser resolutivo. En una ultra cada participante vive una historia diferente y son siempre experiencias inolvidables, reconfortantes”, se sincera. En la Atlas Mountain Race, cuando el sueño acechaba, Flecha montaba su vivac bajo las estrellas, sin mirar la hora, sin poner alarma. Cuando abría los ojos, arrancaba de nuevo, a veces totalmente repuesto, otras no.

El ultraciclismo apela al alma de sus devotos, considera Flecha: “Tienes que tener algo dentro que te pida vivir aventuras y experiencias: el ultra te da cosas inesperadas. Recientemente hice por mi cuenta una salida de 500 kilómetros por Inglaterra y arranqué a medianoche. El amanecer me sorprendió en un lugar mágico en la costa, que no sabía ni que existía. Lo percibí como un regalo tan inesperado como emocionante: se te junta el esfuerzo y la fatiga con la emoción de la belleza”.

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