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Relatos de un Amateur
Opinión

El hombre que más sabía de fútbol del mundo no estaba loco

Cristóbal Najarro ingresó en un pisquiátrico de Barcelona en 2008 por asegurar que era amigo de los jugadores del Barça, pero era verdad. El día de su muerte, después de ver ganar al Barça contra el Madrid, todo el equipo le rindió homenaje

Messi y Guardiola, en la final de la Champions de 2009.Paul Gilham (Getty Images)

El juicio al que había acudido, recuerdan algunos, no debió terminar bien. Se encaró con el juez. O el juez con él, quién sabe. Soy amigo de los jugadores del Barça, le soltó al magistrado. Pero nada. O más bien, peor. Su señoría decretó su ingreso involuntario en un psiquiátrico por un supuesto cuadro psicótico. “A Sant Boi”, proclamaron en la sala, refiriéndose a la legendaria institución para acoger, fundamentalmente, a la mitad de locos de Catalunya. Pero ni Cristóbal estaba loco, ni el juez se había enterado de nada.

El paciente no presentaba signos de ninguna patología particular, estaba tranquilo, decretó Paloma Fernández Corcuera, la psiquiatra que realizó la primera visita. Quizá algunas copas, mucha calle, pocos dientes y una voz rota en mil pedazos que sonaba como un autobús con la transmisión averiada en medio de la Gran Vía de les Corts Catalanes. Y una dignidad y serenidad alucinantes defendiendo la verdad de lo que había contado.

La locura que le atribuyó el forense del juzgado, una ideación delirante y megalomaníaca, se fundamentaba en haber afirmado de forma rotunda que era amigo de los jugadores del Barça. Iniesta, Bojan, Sergio Busquets. También de Messi, continuó, con quien había merendado en su casa. Y hasta conocía bien a Gudjohnsen, o todo lo bien que puede conocerse a un islandés, claro. Y afirmaba bajo juramento patibulario que la cazadora que vestía ese día se la había regalado nada menos que Luis Enrique Martínez, que entonces entrenaba ya al filial con mano de hierro.

Sucedió a finales de 2008, pocos meses antes de su última despedida. Y solo había una manera de averiguar si decía la verdad.

-¿Por qué no llamáis a Ricard, a ver qué dice?

Y resultó que Ricard, en su tercer año de residencia en la especialidad de psiquiatría, era Ricard Valdés, hermano del portero del Barça, Víctor Valdés. Así funciona el fact checking en la vida real. Y Ricard, cuando vio a Cristóbal, o más bien cuando oyó esa voz que había escuchado millones de veces en el Miniestadi cuando iban a ver jugar a su hermano, no pudo exclamar otra cosa que lo que hubiera exclamado cualquiera en su lugar. O sea, ¡joder, es Cristóbal!

Y así fue cómo el juez y el forense, que no tenían ni idea de psiquiatría, pero quizá demasiada prisa por sacarse a aquel tipo de encima, se tragaron la revocación del ingreso de Cristóbal Najarro, cuya única locura se expresaba cada semana a gritos, con esa voz ronca forjada en el tabaco, el café y el frío en la banda del estadio donde se curtió la mitad de aquel equipo de leyenda.

Najarro no se perdía ni un partido del Barça B, de los juveniles. Su casa era el Miniestadi. Y a veces no era una metáfora. Fue uno más en la Masia. El día de la presentación de Guardiola como primer entrenador del Barça, en ese recorrido que conduce desde la vida normal a una sala de prensa donde cada año vale por siete, el nuevo técnico solo se detuvo para darle un abrazo a Cristóbal, que se había tragado todos los partidos de aquel Barça que comenzó a volar en los campos de hierba artificial y tierra.

Najarro representaba al club mejor que ningún palco. Pero su ilusión se fue apagando, como se apagaron tantas cosas esos años con la especulación inmobiliaria y la nueva ciudad deportiva. Muerto el Mini, muerta esa sensación de barrio. “Empezamos a verle menos, como si le quedase demasiado lejos y ya no le perteneciese”, contaba este viernes al teléfono el periodista Jaume Marcet, experto en la cantera del Barça.

El Barça Atlètic-Orihuela del 13 de diciembre de 2008 fue el último partido en el que Cristóbal pudo animar a los jugadores. La crónica que publicó Sport señalaba que acudió al encuentro, le gorroneó un par de pitillos a alguien y se sentó para ver la goleada de los de Luis Enrique. Se había presentado trajeado y repeinado con gomina, algo extraño en él. Quizá porque luego vería en el Camp Nou el clásico que terminó 2-0, con goles de Eto’o y Messi, explicaba en su artículo ese día Marcos López, y podría cenar feliz en la sala de los jugadores. Otro gesto de Guardiola con su viejo amigo. Esa noche, que podría considerarse perfecta, se acostó con el traje que le había regalado la plantilla del primer equipo y ya no volvió a despertarse.

El 16 de diciembre de 2008, Messi, Iniesta y Bojan fueron al tanatorio de Bellvitge para despedirle. Toda la plantilla se fundió en un abrazo antes del entrenamiento. Y Joan Laporta, entonces presidente, proclamó a los cuatro vientos que Cristóbal Najarro era el hombre que más sabía de fútbol del mundo.

¿Quién era el loco, Señoría?

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