El rugby francés enmienda la “injusticia” hacia sus pioneras
Un acto simbólico reconoce como miembros de pleno derecho a las jugadoras que disputaron el primer partido internacional en 1982 sin permiso para llevar el gallo en la camiseta


El rugby francés ha tratado de enmendar este sábado el agravio con el que tuvieron que lidiar las pioneras de su selección, forzadas a abrirse paso en 1982 sin ser miembros de pleno derecho por parte de su federación y del país. Las mujeres que jugaron ante Países Bajos el considerado oficiosamente como primer partido internacional del rugby femenino no pudieron vestir con el gallo, el icono presente en todos los equipos nacionales del país durante más de un siglo. Quién iba a decir a aquellas jugadoras que persistieron en su odisea casi de tapadillo que un día verían a su selección jugar ante casi 20.000 espectadores en el Stade des Alpes de Grenoble, con pocos asientos libres, y que las caras de la generación actual darían para cartulinas que muestran con orgullo los espectadores. El estreno del Seis Naciones de las Bleus ante Italia no solo dio la victoria previsible a las anfitrionas, sino que sirvió para homenajear aquella generación vetusta. Dos grupos separados por más de cuatro décadas cantando juntos La Marsellesa y la equipación ochentera con el gallo. Enfundadas en la grada con el chándal, tomaron su asiento en la historia. Mejor tarde que nunca.
Aquel 13 de junio de 1982 brindó el nacimiento del rugby internacional, pero no su despegue. Para las 22 jugadoras francesas fue solo un escalón más en un periplo de obstáculos para practicar un deporte a años luz del profesionalismo, un umbral que las selecciones solo han empezado a cruzar en la última década. Una puerta que abrió Inglaterra firmando los primeros contratos profesionales del rugby femenino y que han cruzado el resto de selecciones punteras, desde Nueva Zelanda —la más laureada— a las del Seis Naciones. Ahora Francia busca con sus mujeres la misma excelencia que tiene con los hombres, ganadores de las dos últimas ediciones del torneo y firmes candidatos a ganar en 2027 su primer Mundial. Su equipo femenino se ha quedado en sus dos últimas citas planetarias en semifinales. De aquellas pioneras sin gallo a una federación con 55.000 fichas, la fórmula para asaltar la hegemonía de Inglaterra, ganadora de los últimos siete torneos. El último cetro francés fue en 2018. Si se cumplen los pronósticos, ambas se jugarán el título en la última jornada.

El homenaje a la generación de 1982 sacó a ambos bloques al césped de Grenoble en los prolegómenos del partido. “Ser reconocidas al fin como internacionales… es algo que nos cuesta explicar con palabras. Hemos visto esta camiseta durante años y ahora es nuestra”, resumió una de sus referentes, Véronique Champeil. Es un estadio fetiche para las francesas, pues allí han tumbado a Inglaterra y a Nueva Zelanda. Recibieron una camiseta inspirada en el diseño de 1982 con el reconocimiento ausente, el del gallo. La enmienda de las autoridades. “Este gesto va mucho más allá de un reconocimiento simbólico: corrige una justicia y subraya el papel esencial que jugaron estas pioneras en la historia del deporte francés”, esgrimió la ministra francesa de Deportes, Marina Ferrari, que elogió a las jugadoras como referentes para las generaciones jóvenes. “El coraje y la determinación pueden producir cambios reales”. Se comprometió a entregarles próximamente la Medalla de Oro del Deporte.
“El crecimiento exponencial del rugby femenino en Francia hoy no debe nunca hacernos olvidar a aquellas que marcaron el camino”, subrayó el presidente de la Federación Francesa de Rugby, Florian Grill. Su selección sometió a Italia (40-7), la puesta en escena de una nueva hornada con nombres como Anais Grando, que anotó el primer ensayo aprovechando los espacios por el ala derecho. Jugadoras que hacen de todo, como la apertura Carla Arbez, capaz de dirigir al equipo y romper ella misma la línea con el balón en su poder. El asalto a la élite masculino ha venido de la cantidad y el florecimiento de una generación sub-20 tras otra dominando sus Mundiales. Esa fórmula empieza a brillar entre las sub-18. De ahí a destronar a Inglaterra, que resolvió su estreno con victoria ante Irlanda (33-12), hay un paso. El hecho de que hoy nadie cuestione la pertenencia de esas nuevas camadas a la estructura del rugby francés es posible porque sus abuelas se empeñaron en seguir jugando contra viento y marea.
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