El Tiger Slam, la obra cumbre de Woods, cumple 25 años
El mítico golfista, de nuevo en mitad de la tormenta por sus problemas personales, completó en 2001 lo nunca visto, ser el campeón de los cuatro grandes a la vez


Sucedió hace 25 años y perdura en la memoria como la mayor demostración de poder en la historia del golf. El 8 de abril de 2001 Tiger Woods ganó su segundo Masters de Augusta y consiguió lo nunca visto ni antes ni hasta ahora. Cuando ese domingo de primavera se enfundó la chaqueta verde se vestía además como el campeón de los cuatro grandes al mismo tiempo. El póquer no lo firmó en la misma temporada, pero sí de manera consecutiva. Una a una, cada cita del Grand Slam fue cayendo en las garras del Tigre: US Open de 2000, Open Británico de 2000, Campeonato de la PGA de 2000 y Masters de Augusta de 2001. El rey de los cuatro majors respondía a un solo nombre. La gesta se conoció como Tiger Slam.
El paso del tiempo solo ha aumentado la leyenda y los problemas personales de Woods doblan la distancia entre el mito y el hombre. A los 50 años, la imagen actual de Tiger es la de un conductor detenido por la policía después de volcar su coche, con dos pastillas de opioides en el bolsillo y claros síntomas de no estar en condiciones de manejar un vehículo. Mucho menos de jugar así el Masters de Augusta esta semana ni de ser el próximo capitán estadounidense de la Ryder. Hoy Tiger Woods solo es la sombra del jugador que fue hace 25 años.
La tiranía comenzó en el US Open de 2000 (del 15 al 18 de junio) con tal virulencia que instauró entre el resto de golfistas la sensación de que aquel portento jugaba a otro deporte. Tiger arrasó en Pebble Beach con -12, la primera vez en la historia que se alcanzaba el doble dígito bajo el par en este torneo habitualmente durísimo por la preparación del campo. A una galaxia, los siguientes, el malagueño Miguel Ángel Jiménez y el sudafricano Ernie Els, con +3. Fue el último Abierto estadounidense que disputó Jack Nicklaus, el monarca que traspasaba la corona. Esos 15 impactos de diferencia superaban la brecha más amplia entre primero y segundo en la historia de los grandes, un registro que databa de otra época: Old Tom Morris en el Open Británico de 1862. El récord sigue grabado en piedra como la mayor superioridad en el Grand Slam.

“Yo entonces estaba en un momento de golf muy bueno, pero por ahí andaba un extraterrestre”, recuerda Miguel Ángel Jiménez; “Ernie Els y yo ganamos el torneo de los terrenales. Luego llegó él y nos sacó 15 golpes. Era tan evidente que jugaba a otra cosa que al acabar dije en broma si Els y yo no tendríamos que salir a jugar un playoff a ver quién ganaba el otro torneo. Tiger vivía en otra dimensión”.
El terremoto tuvo sus réplicas. Un mes después, del 20 al 23 de julio, el Open Británico se jugaba en la cuna del golf, el templo de Saint Andrews. Por ahí pasó también el ciclón Woods, vencedor con -19, ocho golpes de renta sobre Thomas Björn y de nuevo Ernie Els. Tiger no ganaba, machacaba. Se jugaba por ser segundo. Jiménez fue otra vez el español mejor clasificado, 26º con -5; Chema Olazabal terminó 31º con -4; y Sergio García, después de rondar los puestos de honor, bajó al 36º escalón con -2 tras una mala última vuelta.

Siguiente casilla, el PGA de Valhalla, del 17 al 20 de agosto, la victoria más ajustada de la secuencia. El estadounidense Bob May se atrevió a desafiar al jefe y forzó un desempate a tres hoyos al terminar igualado con Tiger en -18. También así ganó Woods con un golpe de ventaja. Olazabal abrochó un cuarto puesto con -12. Y el remate, el Masters de 2001 que el mito celebró con -16 por el -14 de David Duval. Jiménez asomó décimo (-8) y Olazabal, decimoquinto (-7). Seve no pasó el corte.

El vasco, doble ganador de la chaqueta verde y un hombre muy respetado por Tiger, revive ese ciclo todavía con la boca abierta. “El sentimiento que tenía yo en esa época era que Woods tenía una marcha extra, una velocidad superior al del resto de los jugadores”, rebobina Olazabal. “Dominó el golf en esos meses de una manera que nunca más se ha repetido. Era el jugador total. Tenía mucha pegada, nadie podía igualar su velocidad de swing, un juego corto completo, capaz de mover la bola de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, pateaba muy bien y, sobre todo, lo que marcaba más la diferencia, una tremenda fuerza mental. Tiger desprendía confianza en sí mismo y creaba en los demás la idea de que no le podían ganar. Era poderío físico y mental”.
Olazabal apunta a un episodio concreto poco después de aquel Tiger Slam. Fue en el Masters del año posterior, en 2002, cuando de nuevo venció Woods en su jardín de Augusta. “Jugamos juntos la ronda del sábado. Cuando acabamos, los periodistas me preguntaron cómo veía el desenlace del torneo porque Tiger estaba empatado en cabeza con Retief Goosen, y Vijay Singh estaba a dos golpes, Sergio García y Phil Mickelson a cuatro… ‘¿Estáis de broma? ¿Pero le habéis visto?’, respondí. ‘El torneo ya tiene ganador. Esto se ha acabado’. Fue la tarjeta de 66 más fácil que he visto nunca en Augusta. Cada golpe era perfecto. Una máquina. Durante la vuelta no hablamos mucho, porque yo hablo lo justito y él jugaba como un robot, siempre enfocado, muy concentrado, pero al acabar le di la mano y le dije: ‘Tiger, ha sido un placer ver tu exhibición”.
Olazabal jugará esta semana el Masters. Y en la cena de los campeones, sin Woods, todos podrán revivir aquellos mágicos meses del Tiger Slam.
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