La relativa importancia del tamaño en los jugadores de la NBA
El periodista Álvaro Paricio recoge la historia de siete jugadores de la liga estadounidense cuya estatura distaba mucho de la media


Tú puedes ser lo que te propongas en la vida, reza una de las frases motivacionales más utilizadas. Pero no. Una persona puede proponerse, por ejemplo, ser Michael Jordan, y por mucho interés que le ponga será bastante difícil que lo consiga. No dispondrá de la alineación de virtudes —altura, agilidad, potencia o carácter— necesaria para convertirse en uno de los mejores deportistas de todos los tiempos. Cada deporte tiene al menos un factor físico diferencial -no entraremos aquí en cuestiones económicas, que también son importantes- que abre o cierra las puertas de la élite. En el caso del baloncesto, es la altura. Porque hay que entrar en esa pista de 28 metros de largo por 15 de ancho y verse rodeado de cuerpos que, tanto en la NBA como en la ACB, rondan los 1,99 metros de media. Y ahora, por un segundo, imaginarse entrando a canasta y encontrarse de frente con esos mismos cuerpos con los brazos extendidos para tapar una posible canasta.
En el libro Vencer a Goliat (JC) el periodista y geógrafo Álvaro Paricio elige y cuenta la historia de siete jugadores de la NBA que podrían considerarse bajos —comparados con sus compañeros— que jugaron más de 500 partidos oficiales en un deporte en el que se podían encontrar de frente con los 2,16 metros y casi 150 kilos de Shaquille O´Neal, por ejemplo. Tyrone Muggsy Bogues (1,60), Earl Boykins (1,65), Anthony Spud Webb (1,68), Calvin Murphy (1,75), Isaiah Thomas (1,75), Nate Robinson (1,79) y Allen Iverson (1,83) forman el llamativo elenco -especialmente en algunas de las fotografías que acompañan al texto- de jugadores de baloncesto que, antes que nada, debieron superar los prejuicios del físico. Paricio ofrece unos extensos perfiles de unos deportistas que sí pudieron ser lo que se propusieron; que, antes de llegar a la élite, escucharon más de una vez aquello de “si midieras diez o veinte centímetros más”; que confiaron en sus cualidades complementarias —rapidez o visión del juego—; y que, cada vez que saltaban a la cancha, sabían que se esperaba de ellos algo realmente diferente. Algo que explicara por qué habían sido capaces de tirar abajo la puerta del tamaño.
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