El caso de las fotos de la detención de Maduro con pixelado desigual
La manipulación de imágenes solo está permitida en EL PAÍS para proteger la identidad de menores o personas amenazadas


“Estaba esperando esta pregunta”. El redactor jefe de Fotografía, Moeh Atitar, no se extrañó el lunes al conocer las dudas de varios lectores sobre las imágenes que retratan a Nicolás Maduro esposado y escoltado por agentes de la Administración para el Control de las Drogas estadounidense (DEA en sus siglas en inglés) en Nueva York, publicadas el 5 de enero en la edición de papel. En la primera página del periódico de ese día, la foto principal recoge al mandatario venezolano sentado, con ambos pulgares levantados, y rodeado de policías, cuyos rostros resultan irreconocibles al estar pixelados. Pero en la página siguiente, la instantánea muestra a una decena de guardias con la cara nítida que custodian a Maduro por la pista de aterrizaje del aeropuerto.
La publicación de ambas imágenes ya suscitó objeciones en la Redacción y por eso el responsable de Fotografía suponía que los lectores también las tendrían. María Alonso mostró su extrañeza por lo que considera un error del periódico, donde nadie habría advertido que era necesario tapar a los agentes en la segunda foto. Otro lector, Bernardo Ruiz, opina que con las dos fotos es posible identificar por la indumentaria a dos agentes que salen en ambas y formula sus reparos a esta situación con dos preguntas: “¿La ocultación de rostros para no comprometer a sus propietarios solo es obligatoria en la primera página? La foto es de agencia; entonces, ¿hasta qué punto es responsabilidad de EL PAÍS el difuminado de los rostros?”.
Este es el análisis de lo sucedido:
Verificación. El responsable de las fotos del periódico explica que las imágenes de la detención de Maduro proceden de funcionarios estadounidenses, quienes las subieron a las redes sociales. El velado de los rostros de los agentes estaba originalmente en algunas de ellas, pero no en todas. “Durante todo el domingo circularon en las redes sociales, pero por prudencia decidimos no darlas, hasta que una agencia las difundió”, añade Atitar. El responsable de Fotografía de EL PAÍS contactó entonces con su homólogo en el servicio de noticias de Efe para confirmar que la procedencia de las imágenes estaba verificada.
Pixelado. Como apuntan algunos lectores, y se planteó en la Redacción, era incoherente que los rostros estuvieran pixelados en una instantánea y no en la otra. Sin embargo, este retoque de la imagen estaba desde el origen y no se debe ni a la agencia de noticias, ni a la sección de Fotografía, por lo que no era posible revertirlo. La opción de alterar la otra foto para igualarlas tampoco era viable, porque implicaba vulnerar las normas internas.
El Libro de Estilo de EL PAÍS es tajante al prohibir “toda manipulación de las fotografías que no sea estrictamente técnica (edición periodística, eliminación de defectos de revelado o de transmisión)”, con la única excepción en los casos en los que se deba preservar la identidad “de menores o personas expresa o potencialmente amenazadas”. Ninguna de estas dos situaciones concurría en este caso.
Agentes de la DEA. Durante décadas, la amenaza genérica a las fuerzas de seguridad españolas de la organización terrorista ETA, que en 2011 anunció el cese de su actividad, fue un motivo para que en el periódico se taparan las caras de policías y guardias civiles. De esa época permanece en el manual de estilo esta obligación, que ha quedado obsoleta: “Se protegerá a los miembros de las fuerzas de seguridad y similares (escoltas, vigilantes…) de modo que no pueda identificarse su rostro”.
También la ley de protección de la seguridad ciudadana, conocida como ley mordaza, impone algunos límites a las imágenes de las fuerzas de seguridad. Sin embargo, ni esta norma ni el manual amparan a los agentes de la DEA estadounidense. Al no existir una amenaza contra ellos, como exige la regla general de estilo de no manipular las imágenes, no hay obligación de protegerlos. “Ni siquiera las agencias de noticias norteamericanas pixelan los rostros de sus policías cuando los fotografían”, añade Moeh Atitar.
Crans-Montana. Dos días antes, se había producido una situación similar con las imágenes de la tragedia de Suiza. La foto de primera de la edición de papel del 3 de enero era una captura de vídeo del momento en el que supuestamente comenzó el incendio de un bar de la estación de esquí de Crans-Montana, donde 40 personas murieron y 119 resultaron heridas en Año Nuevo. En ella aparecen varios jóvenes que levantan botellas de champán con bengalas, cuyos rostros son irreconocibles al estar difuminados. Dos páginas después se muestran dos fotos con varios supervivientes, sin que su identidad esté protegida.
También en este caso, explica el redactor jefe de Fotografía, el pixelado fue ajeno a la Redacción. Solo que aquí sí era pertinente, porque en ese momento no se sabía si quienes salían en la imagen habían fallecido. “Es una cuestión de cautela, más que de legalidad, porque aún había familias buscando a sus allegados”, explica Atitar, quien piensa que de no haber llegado velada esta imagen, se habría retocado igualmente.
Documento relevante. En estas situaciones, pesa más el valor informativo de la fotografía que la incoherencia entre instantáneas. El director, Jan Martínez Ahrens, que es quien decide las fotos de la primera página, considera que la imagen de Maduro detenido y rodeado de agentes tiene una indudable relevancia, incluso con el retoque ajeno, porque muestra un hecho histórico. “Lo ideal hubiera sido despixelarla, pero eso no era posible”, afirma.
Transparencia. Este caso es un ejemplo de la complejidad de gestionar imágenes informativas en un entorno de inmediatez y sobreexposición digital en el contexto de una noticia en caliente. Entre la obligación de hacer comprobaciones en un laberinto de intermediarios y la de cumplir las normas de estilo internas, cada fotografía pone a prueba la consistencia editorial y la transparencia del proceso, cuando hasta un píxel puede levantar sospechas.
Para contactar con la defensora puede escribir un correo electrónico a defensora@elpais.es o enviar por WhatsApp un audio de hasta un minuto de duración al número +34 649 362 138 (este teléfono no atiende llamadas).
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