Neurosis cubana: Jorge Perugorría llega al festival de Málaga
Leonardo Padura escribe sobre ‘Neurótica anónima’, la nueva película como director de la leyenda del cine cubano

Una epidemia de neurosis se ha desatado en Cuba y un viejo cine habanero de barrio va a ser cerrado por problemas en su estructura constructiva. Una mujer que en su juventud soñó ser actriz y que, golpeada por las circunstancias de su vida y las intolerancias de su tiempo vio frustradas sus aspiraciones, vive una existencia miserable, asolada por sus particulares neurosis. Entonces esa mujer descentrada y ya en la curva final de su existencia decide liderar la lucha por salvar la vetusta sala de proyecciones en la que desde hace años trabaja como acomodadora de los espectadores, pues ese espacio físico y espiritual se ha convertido en la única luz de su vida. Esa mujer, por cierto, se llama Iluminada.
Jorge Perugorría, reconocido desde hace años como actor gracias a sus interpretaciones en películas cubanas, españolas y latinoamericanas, llega esta vez a la 29° edición del festival de cine de Málaga vistiendo su segundo mejor traje: el de director de Neurótica anónima, una obra que es un homenaje al cine y, a la vez, una contundente metáfora de la vida cubana contemporánea.
Producida por el Instituto Cubano de Cine y con guion del propio Perugorría y de la actriz Mirtha Ibarra (que encarna a Iluminada), esta nueva propuesta del actor / director viene a asentar lo que ya se podría considerar su estética: unas comedias de sabor amargo que, bajo el manto de la ironía y en ocasiones del absurdo (que también es una manifestación de la realidad, como bien sabemos los cubanos), refleja conflictos y expectativas de la complicada sociedad isleña contemporánea, o sea, de “la cosa”, como le llama uno de los personajes del filme. “La cosa” que siempre está difícil y que, por cierto, siempre puede empeorar, como lo estamos viendo ahora mismo.

Como el propio Perugorría admite, esta película se ubica en la estela de dos de sus obras anteriores, Amor crónico (2012) y Se vende (2012). Y, como aquellas, tributa al magisterio de los dos directores cubanos con los que Perugorría se formó como actor: Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, bajo cuyas órdenes debutó en la ya clásica Fresa y chocolate (1993) y regresó poco después para protagonizar Guantanamera, una comedia negra en la que aparecen las raíces de este cine que luego ha dirigido Perugorría.
La utilización del absurdo y la ironía burlona sirven en esta película para penetrar en un contexto social asolado por carencias y coartaciones de la voluntad de los ciudadanos. La epidemia de neurosis que recorre el país es una manifestación de un estado social plagado de tensiones cotidianas y las secuencias que transcurren en el Centro de Investigación y Control de la Neurosis, al cual se remite Iluminada, están llenas de lecturas tangenciales (y no tanto) de los motivos desencadenantes de la plaga. Tratamientos para saber comportarse en las colas, para afrontar la recurrencia de los apagones o para practicar despedidas a los que se marchan son mucho más que juegos con la lógica o la normalidad: son algunas de las fuentes generadoras del mal nervioso considerado ya una pandemia.
Pero la mirada social de la obra está también permeada por una metáfora mayor: la de asumir el cine, su estética, la ficción y la interpretación como refugio del espíritu y hasta forma de entender la vida. La lucha por salvar la sala de cine del proceso de demolición —que, por cierto, se llama Cine Cuba— se convierte entonces en la razón de ser de los protagonistas del filme y sirve al director para concretar un cálido homenaje a esta manifestación artística.
Así, en el metraje de Neurótica anónima se suceden referencias, citas y recreaciones de clásicos de la cinematografía universal, con escenas icónicas de filmes como Amarcord, La dolce vida, La pasión de Juana de Arco y El lado oscuro del corazón, o de Memorias del subdesarrollo, de Gutiérrez Alea, para llegar a una referencial secuencia de cierre, recreación del chaplinesco Tiempos modernos, adornada por la espléndida música de José María Vitier, que dejará en el espectador sensaciones y emociones parecidas a las que nos provocó ese extraordinario tributo al poder del cine que es el Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore.

Y aunque ya se sabe que en el arte lo que importa y decide es el resultado artístico de la obra y no las condiciones en que se produjo, rodar Neurótica anónima con los recursos mínimos de que dispuso la producción fue un acto casi heroico: de alguna forma, un acto tan romántico y empecinado como el propósito de Iluminada y sus compañeros por salvar el Cine Cuba y permitir que la gente se siga asomando, se vuelva a asomar a esa maravillosa experiencia que es el disfrute del cine. Y ese es, sin duda, el gran mérito de Jorge Perugorría y su equipo, que, por supuesto, con mucha neurosis deben haber lidiado para proyectar esta historia que, al fin y al cabo, es una historia de amor… neurótico.
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