‘Rental Family (Familia de alquiler)’: teatro de las apariencias en una película para todos los públicos
La cineasta Hikari logra una bonita película de extraña calidez con un par de giros finales de enorme parecido con un filme tan similar como ‘Familia’

Entre la agria soledad del mundo contemporáneo se abre paso un nuevo negocio: la generación de emociones y, con ello, su posible compra-venta. Por eso tiene tanto sentido una pequeña empresa como la de Rental Family (Familia de alquiler), coproducción entre Japón y Estados Unidos dirigida por Hikari, que pone en pie aquello que Fernando León de Aranoa ya había advertido en 1996 con Familia, quizá su mejor película: el necesario acogimiento de la parentela no es más que un teatro de las apariencias.
Hikari, japonesa de nacimiento forjada cinematográficamente en EE UU, donde reside desde su etapa universitaria, ha compuesto una oda al buen cine familiar, con sus gotas de comedia y sus consabidos saltos de lágrimas, que igual puede servir como apología de las bondades del linaje —de su apoyo sentimental, educativo y, por supuesto, económico—, que como reflexión crítica sobre la falacia de ciertas relaciones consanguíneas. Dependiendo de la familia que le haya tocado a cada espectador, seguro que cada uno arrimará el ascua a su sardina ideológica, pero lo cierto es que con su tono amable, tranquilo y, por momentos, punzante, y a través de un magnífico conjunto de interpretaciones, Hikari logra una bonita película de extraña calidez.
Una madre soltera que necesita un padre para lograr que su hija entre en un exclusivo (y conservador) colegio privado; un hombre de mediana edad precisado de cariño que compra un entierro propio en el que ver cómo sus allegados le loan y lloran; un viejo actor olvidado al que su hija le regala una última entrevista para una revista. Son algunos de los trabajos que lleva a cabo la empresa de Rental Family, y en la que entra a currar su protagonista, interpretado por Brendan Fraser: un actor de medio pelo que lleva siete años (mal)viviendo en Japón, y al que contratan para ejercer de “estadounidense triste”. Soledades, vulnerabilidades, depresiones. Nuestro tiempo contemporáneo, envuelto en la espiritualidad oriental, aunque siempre apegado a algo esencialmente universal: la búsqueda de nosotros mismos.

Además de aquel formidable debut de León de Aranoa, un buen puñado de películas ha cavilado acerca del espejismo de la familia feliz y de su irónico reverso: la dichosa realidad de una prole inventada. Ya sea con la retorcida crueldad de Yorgos Lanthimos en Alps, o con la misteriosa delicadeza social de Kirokazu Kore-eda en Asunto de familia. No obstante, es con la película española con la que Rental family encuentra mayores paralelismos (habría que preguntar a Hikari si la ha visto), sobre todo en un par de giros finales de enorme parecido con una emblemática secuencia de Familia (“¡Con lo bien que estaba saliendo todo! ¡Mira que yo no quería un hijo gordo!”), y en la casualidad de que ambos cineastas utilicen un espejo como metáfora esencial de la historia.
En Rental Family todos mienten a los demás, pero la clave está en que todos se engañan a sí mismos. Y en ese sentido resulta irreprochable el mensaje final de Hikari —directora de varios capítulos de Bronca y de Tokyo Vice, series que fusionaron lo occidental y lo oriental—. Por su comunión de, por fin, lealtades, y también por su tono de película cordial para espectadores de 9 a 99 años.
Y en esa línea, además del plantel de personajes e intérpretes secundarios, tiene una enorme importancia el excelente trabajo de Fraser, que, a partir de sus rotundos cambios físicos en cuerpo y rostro desde aquel joven de Dioses y monstruos y La momia, ha ido encontrando acomodo en un tipo de personaje que borda. El del bonachón solitario al que dan ganas de achuchar, y que podríamos ser cualquiera de nosotros, necesitados de emociones, en un punto de determinado de la vida.
Rental family (Familia de alquiler)
Dirección: Hikari.
Intérpretes: Brendan Fraser, Mari Yamamoto, Takehiro Hira, Akira Emoto.
Género: tragicomedia. Japón, 2025.
Duración: 103 minutos.
Estreno: 9 de enero.
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