‘Amor en cuatro letras’: ripios visuales de halitosis lírica
Cuando el cine pretende ennoblecer sus tramas con brochazos de pintura y versos de manual, lo que surge es impostura

Cuando el cine pretende ennoblecer sus tramas con brochazos de pintura y versos de manual, lo que surge rara vez es arte, sino su impostura. Y Amor en cuatro letras, basada en una novela de Niall Williams (al parecer, un best seller), adaptada al cine por el propio escritor y dirigida por Polly Steele, es un ejemplo de libro: cursilería disfrazada de lirismo; drama envuelto en celofán poético; romanticismo de saldo que no se sabe si es peor en su letra, o en sus imágenes.
Los textos y los acontecimientos del novelista y guionista Williams deambulan entre la religiosidad de las señales de Dios y los efectos dramáticos de una suerte de realismo mágico con el que compone lo que le da la gana sin que haya explicación para suceso alguno. Y Steele, en su tercer largometraje —ninguno de los anteriores llegó a los cines españoles—, le añade cánticos irlandeses por doquier e innumerables remilgos de cámara. En Amor en cuatro letras, ambientada en Dublín y en el Norte de Irlanda a principios de los años setenta, hay dos historias en una, con una presentación de personajes harto farragosa, y un desarrollo en paralelo que tarda demasiado en converger y que, por supuesto, resulta tan inexplicable como el resto de los eventos de la historia. Y no son pocos.
Los dramas se suceden, pero solo porque sí, mientras los personajes le echan la bronca a Dios, como si él tuviera la culpa del desaguisado que se ha montado el escritor para castigar a sus criaturas y, de paso, a los espectadores. El libro de estilo de Williams parece ser el del impulso como guía, el de la osadía dramática, aunque de ahí a la insensatez hay un solo paso.

Hay acantilados, pubs, romanticismo, cabellos rizados pelirrojos mecidos por el viento, suicidios (o algo parecido), muertes, prados y playas desoladas. Clichés dramáticos del cine británico de época —aquí, 1971—, aunque con sentimientos, ¡y hasta ciertos vestuarios!, que podrían pasar por decimonónicos. Y nada afecta a causa de sus forzadas situaciones y sus ansias de belleza a cada instante. El realismo mágico es una etiqueta que no sirve para que le sea perdonada cualquier arbitrariedad, sino para llevar el relato a un lugar misterioso en torno a la cotidianidad del ser humano. Por haber, hasta hay un milagro en Amor en cuatro letras, y quítense de la cabeza los gloriosos prodigios cinematográficos de La palabra, de Carl Theodor Dreyer, o de Rompiendo las olas, de Lars Von Trier. De modo que si en algo afecta a la audiencia es para llevarla a un estado de ebullición que degenera en cabreo.
El excelente reparto, con Pierce Brosnan, Gabriel Byrne y Helena Bonham Carter como secundarios, ofrece una cierta defensa para que creamos en la película y nos dejemos llevar por su aparente carisma. Pero su aliento lírico no llega ni a suspiro, y acaba conformando una halitosis poética. Muchos versos y mucha pintura, pero ni una gota de cine.
Amor en cuatro letras
Dirección: Polly Steele.
Intérpretes: Ann Skelly, Fionn O’Shea, Pierce Brosnan, Helena Bonham Carter.
Género: drama. Reino Unido, 2024.
Duración: 112 minutos.
Estreno: 29 de agosto.
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