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CAFÉ PEREC
Columna

La doblemente ausente Camila Cañeque

Acaba de aparecer ‘Anuncios’, extraño manuscrito hallado en los archivos personales de la escritora y que, por lo visto, fue construido en paralelo a ‘La última frase’, el admirado libro que creíamos póstumo y único

La artista Camila Cañeque retratada en una foto sin datar.

¿Qué fue de Typon, aquel amigo de juventud que huyó a La Martinica, donde montó una papelería en un poblado en el que nadie escribía, salvo él, que se arruinó consumiendo su propia mercancía?

¿A dónde fue este amigo arruinado por sus propios libros? Fue visto por última vez en Kioto a finales del siglo pasado, junto a una de las puertas simbólicas del sintoísmo. Y como después ya no hubo una sola pista más sobre su paradero, todavía hoy sublimo aquel extremo gesto consumista con el que Typon llevó al capitalismo a su consecuencia lógica final: si el sistema exige crecimiento y consumo infinito, el destino último es el canibalismo comercial.

El caso es que, hará unos minutos, leyendo Anuncios, de Camila Cañeque, me ha parecido ver a Typon emboscado en las hojas del libro, como si su recuerdo permaneciera vivo en ellas, como si le hubiera atrapado del todo ese mundo hipnótico de Cañeque en el que el final de las cosas transforma la ausencia y la inacción en una forma de arte.

Ausencia, taciturnidad, agotamiento de los discursos, puntúan el estilo que se despliega en los dos libros de Camila Cañeque. Y si digo dos es porque, publicado por La Uña Rota, acaba de aparecer Anuncios, extraño manuscrito hallado en los archivos personales de la escritora y que, por lo visto, fue construido en paralelo a La última frase, el admirado libro de Cañeque que creíamos póstumo y único.

Por Anuncios avanzo con alegría —quizás porque nunca pensé que existía ese libro paralelo— y sigo leyendo y sorprendiéndome con su espectáculo de una vida retransmitida por un tal Don, un Don a secas, que monologa ante una oyente siempre muda y que desde el principio se ha declarado autora del libro.

Mucho ojo con el tal Don. Haremos bien en no confundirnos y creer que es Don Quijote, o Don Giovanni, o Don Trump, sino un Don Nadie expulsado de todas partes y que a todas luces anda perdido en un siglo que no es el suyo. De todos los bares parece que lo hayan echado y su monólogo lo registra una cámara de vigilancia que hay en su frente.

Es un monólogo idóneo para ser representado en un escenario teatral en el que Don no cesaría de hablar, y ella de callar, y se iría imponiendo un método secreto: participar sin intervenir. La radical exploración del lenguaje y la no menos radical desobediencia artística que marca el estilo de Anuncios –así titulado por el telón de fondo comercial en el que hoy en día todos los algoritmos delimitan el horizonte– me llevan a pensar que la obra encajaría a la perfección con el mundo y el talento descomunal de la escritora y performance Angelica Liddell. A ella, que tan próxima me parece al mundo de Camila Cañeque, no me extrañaría verla algún día convertida en un desbocado Don, en monologo teatral infinito sobre la ausencia, y ya no digamos sobre los finales y el agotamiento de los discursos.

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