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El arte de la pintura y la escultura, retratado por el arte de la fotografía

El Museo del Prado presenta ‘El universo del artista ante la cámara’, una exposición con fondos de su colección que valora cómo la imagen influyó en la representación del artista y sus espacios de trabajo

'Artistas en el estudio del fotógrafo', estudio de Ángel Alonso Martínez y hermano (1857-58).Otero Herranz, Alberto

Hubo un tiempo en el que el acto de fotografiar y ser fotografiado, hoy tan cotidiano y no pocas veces banal, fue un símbolo de estatus que propiciaba un auténtico acontecimiento social. A lo largo del siglo XIX, los artistas lo adoptaron como medio para representarse como miembros de su gremio, engalanados y acompañados de los atributos de su profesión, reafirmando de ese modo no solo su trabajo sino también su propia identidad, plasmada con un realismo hasta entonces desconocido. El retrato, un género tradicionalmente pictórico y escultórico, comenzó así a experimentar no solo con el lenguaje inédito que ofrecía la fotografía, sino también con novedosos soportes y formatos.

Al mismo tiempo, los estudios de los pintores y escultores se convirtieron también en protagonistas de este nuevo arte, abriendo una ventana a los procesos creativos e invitando al espectador a adentrarse en verdaderos gabinetes de maravillas, espacios poblados de obras de arte de los que iban brotando otras. De estas imágenes se nutre la recién inaugurada exposición del Museo del Prado El universo del artista ante la cámara (hasta el 5 de julio), que reúne 32 instantáneas de fotógrafos profesionales y aficionados realizadas en las décadas de 1850 a 1930. La muestra, la segunda centrada en la fotografía tras El Prado multiplicado, forma parte del programa Almacén abierto, una iniciativa para difundir obras del XIX poco vistas o que, como este caso, no pueden exhibirse permanentemente por cuestiones de conservación.

La propuesta ocupa la sala 60 de la pinacoteca, dedicada desde 2009 a la presentación de las colecciones del siglo XIX, y se sustenta en el catálogo de más de 10.000 fotografías que el Prado ha ido acopiando a lo largo este siglo XXI, en buena parte procedente de donaciones, como subrayó la comisaria, Beatriz Sánchez Torija, en la presentación a los medios. “Casi dos tercios de la muestra proceden de donaciones”, explicó la responsable de la fotografía histórica del museo, algunas legadas por antiguos compañeros de la institución y otras por la Fundación de Amigos del Museo o por descendientes de los artistas fotógrafos o fotografiados.

La imagen que abre el recorrido funciona no solo como exponente de la relación simbiótica que los artistas entablaron con la fotografía, sino que hace también las veces de documento histórico de lo que eran los estudios fotográficos en el siglo XIX, construcciones completamente acristaladas para aprovechar la luz natural que se solían situar en las azoteas de los edificios. En esta Artistas en el estudio del fotógrafo (1857-58) posan para Ángel Alonso Martínez un grupo de estudiantes y sus profesores de la Academia de Bellas Artes de San Fernando—entre los que se identifica a Carlos Luis de Ribera, Carlos de Haes, Federico de Madrazo y Juan Antonio Ribera— en el que fuera el estudio más importante de Madrid, ubicado en el pasaje de la Murga, junto a la calle Montera.

Entre los artistas retratados en la exposición —desde Cecilio Pla a Raimundo de Madrazo, Jaime Morera y Agustín Lhardy, este último dueño además del legendario restaurante madrileño a su nombre— destaca la presencia de varias mujeres como Fernanda Francés y, en especial, la pintora de bodegones y floreros María Luisa de la Riva, inmortalizada en torno a 1900 en su estudio de París por un autor desconocido. “Esta foto es en sí una declaración de intenciones”, apuntó la comisaria, “ya que, al ser retratada con los atributos de pintora en las manos, se subrayaba que no era una aficionada, sino una profesional”. También se ven en otras fotografías a varias mujeres como alumnas en los estudios de los artistas, que servían no solo como lugares de trabajo sino también de docencia, y hay imágenes que siguen a los artistas a escenarios en el exterior, puesto que en el siglo XIX se comenzó a pintar al aire libre.

Representada como una mujer con una cámara en las manos, la alegoría de la propia fotografía va saltando de una a otra de estas imágenes, desde su representación en la fachada del estudio de Altobelli y Molins en Roma hasta los reversos de muchas instantáneas, donde también incluían los fotógrafos menciones a los premios que habían recibido en su trayectoria. Estos soportes evidencian la evolución de la tecnología fotográfica, desde las imágenes sobre hierro y cristal coloreado hasta el papel, y se presentan en algunos de los formatos que despuntaron en la época, como la carte de visite, la tarjeta promenade y la tarjeta París para los retratos, donde en algunos, como el de Cecilio Pla, ya se intuían las maneras del fotomatón.

Muchos de los fotógrafos de entonces tenían formación en Bellas Artes, de modo que su mirada se nutría de la tradición pictórica, sobre cuya base experimentaban con el nuevo lenguaje fotográfico. Para la panorámica que se exhibe del estudio de Mariano Fortuny en Roma, se usaron dos fotografías yuxtapuestas que evidencian además, como subrayó la comisaria, que aquellos espacios abarrotados de objetos eran en sí mismos “ámbitos de calidad artística”, tan bellos y comisariados como una exposición. Al mismo tiempo, se usaron las cámaras para documentar los procesos de trabajo de pintores y escultores, como el traslado de un boceto al lienzo o la ampliación en tamaño de una escultura. “La foto era una aliada”, resumió la comisaria sobre el espíritu de la muestra. “Pero no solo, sino que ya en el siglo XIX consiguió ella misma la consideración de arte”.

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