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Cadáveres en descomposición y santos decapitados: el tétrico catálogo artístico con el que España combatió la muerte

Dos investigadores analizan pinturas, esculturas o grabados del siglo XIII al XVIII que reflexionan sobre la fugacidad de la vida con una estética particularmente cruda

'Cadáver de un eclesiástico en una cripta' (segunda mitad del siglo XVII), de autor anónimo.Catedral de Segovia (ESPAÑA MACABRA)

Un “juego de espejos” en el que nada es lo que parece, donde la imagen descarnada de la muerte puede esconder un mensaje de esperanza, o en el que el retrato de un santo que sufre un cruento martirio (con el cuerpo terriblemente desollado) te mira con el más sereno de los rostros. La tétrica representación de la muerte durante siglos pudo no tener como fin principal asustar, disgustar, desagradar… sino todo lo contrario. Este es el principal hallazgo del trabajo de investigación España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad (Desperta Ferro, 2026), Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, una especie de catálogo de obras de arte que sirvieron a nuestros antepasados para enfrentarse a una época de profunda desesperanza, gobernada por constantes guerras, pestes y hambrunas. De ahí que este compendio de pinturas, esculturas o grabados —piensan los autores— pueda volver a ser de ayuda en la actualidad, observando las similitudes de aquel tiempo lejano con un más que convulso presente. “Todos los momentos en los que hay síntomas de agotamiento generalizado son buenos para un cambio de mentalidad”, opinan.

Esa cultura visual de la muerte ya era un territorio conocido para Gorka López de Munain, que profundizó en este campo un tanto olvidado (acaso despreciado) en su tesis doctoral. “Lo que hace original este trabajo es su amplitud cronológica”, apunta. El historiador del arte suele analizar las imágenes en periodos de tiempo prolongados para observar qué hay detrás. En este caso, España macabra reúne elementos artísticos desde el siglo XIII, cuando el mundo parecía agonizar, hasta el XVIII, inicio del divorcio entre el ser humano y el concepto de la muerte, hoy tremendamente alejados el uno del otro. “Con la Ilustración y las nuevas leyes de higiene cambian las formas de enterramiento y se produce una especie de exilio de los muertos”, precisa la criminóloga y coautora Miriam Beltrán. Hasta ese hito histórico —cuando se crean los cementerios en la periferia de ciudades y pueblos—, las representaciones de la muerte con un aura espectral cumplieron un papel muy determinado. Desde los complicados tiempos de la Edad Media “la sociedad necesitaba asideros para poder canalizar sus angustias”, analiza López de Munain.

En la segunda mitad del siglo XIV aparecen libros como el Arte del bien morir (Ars moriendi), que la xilografía —una primitiva imprenta a base de planchas de madera— llevó a todos los rincones de Europa. Estas guías para quienes estaban en sus días finales incluían grabados que pretendían emocionar, aunque por el camino también causasen desagrado. “La estética macabra está ya muy desarrollada”, precisa Gorka López de Munain. El contexto que se abre desde entonces explica, por ejemplo, la manera en que el escultor hispanoflamenco Gil de Ronza da forma a La Muerte (1522), una obra que muestra en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid un cuerpo humano descomponiéndose. “En su lugar de origen, la capilla funeraria de un convento de Zamora, esta escultura estaba rodeaba de un montón de figuras que formaban un programa iconográfico con un mensaje muy claro, el de la salvación”, informa Miriam Beltrán. Conviene pues prestar atención al contexto, ir un poco más allá para comprender el verdadero significado de estas expresiones. “Aunque puedan generar cierto rechazo en una primera lectura, nos sugieren una reflexión sobre la muerte, siempre en el sentido igualatorio: todos vamos a morir, seas rico o pobre”. En la Capilla Dorada de la catedral de Salamanca aparece otra de estas inquietantes recreaciones: un cadáver prácticamente momificado al que acompaña la inscripción “memento mori”, “recuerda que morirás”.

El arte barroco vino a redondear toda esa estética siniestra. Así, en los siglos XVII y XVIII, “la iconografía de los martirios a santos y santas es muy interesante porque muestra cabezas cercenadas en toda su crudeza”. La criminóloga Miriam Beltrán se refiere a “ejemplos fantásticos” como la cabeza de san Pablo, una pieza de Luisa Roldán que actualmente se encuentra en la Hispanic Society de Nueva York. O la testa de San Juan Bautista, escultura atribuida a Juan de Mesa que se puede ver en el Museo de la catedral de Sevilla. “Se muestra en una peana para ver sus detalles desde todos los puntos de vista, como la masa sanguinolenta que hay dentro”, describe. A López de Munain le llama especialmente la atención San Bartolomé degollado, una obra del escultor Andrés de Rada para un monasterio de Valladolid que muestra a un santo arrodillado, descabezado. Claro, aquí el rostro degollado, inerte, apenas si puede transmitir alguna emoción. Pero el historiador del arte, de nuevo, va más allá. “Cuanto más cruento fuese el martirio, más suave solía ser su expresión facial”. En este apartado, el catálogo de lo macabro parece interminable: mujeres con los pechos cercenados o incluso santas con los ojos en una bandeja.

La pintura —arte por excelencia— tampoco faltó a esta cita fúnebre. Lo hizo a través de las vanitas barrocas, una especie de bodegones que hablaban de la fugacidad de la vida a través de objetos tan simbólicos como las calaveras, el elocuente reloj de arena, flores marchitas o velas ya consumidas. Aunque fueron más frecuentes en otras latitudes como Flandes, España también cultivó el género con excelentes creadores. “Tenemos varios ejemplos sobresalientes: los cuadros de Juan de Valdés Leal en el Hospital de la Caridad de Sevilla, los ángeles admonitorios de Antonio de Pereda o un pintor menos conocido para el gran público, Andrés Deleito, un verdadero especialista en las vanitas”, cita Beltrán. Más allá de este tipo de arte que apunta a la fragilidad del ser humano, la investigación ha dado en la catedral de Segovia con un hallazgo pictórico particularmente crudo. “Se trata del cuadro de un cadáver en proceso de descomposición, recorrido por los bichos, con los intestinos y las partes blandas al aire”, describe la criminóloga, refiriéndose la pintura Cadáver de un eclesiástico en una cripta. Ahora, las páginas de España macabra la sacan —aunque sea de manera virtual— del despacho en el que estaba encerrada para inspirar, acaso, un posible estudio a fondo de la obra.

A los citados Luisa Roldán, De Valdés Leal o Gil de Ronza se unen otros artistas de primer nivel —como José de Rivera, valenciano universal— en la prestigiosa nómina de autores que recrearon martirios, cabezas de santos o cuerpos putrefactos con esa apariencia trágica. Sin embargo, los autores de la investigación no hacen distingos en función de categorías ni de grandes museos y reivindican el trabajo de los creadores locales, provistos de muchos menos recursos. “Les tocaba hacer un retablo con relieves o pinturas, y lograban absolutas maravillas”, destaca López de Munain. De esa extensa (y olvidada) producción, el historiador del arte se queda con Salomé recibiendo la cabeza del Bautista, una pintura de Pedro de Obriel (1650), muy popular en Salvatierra, su pueblo materno. “Se muestra un cuerpo en un escorzo sobre el suelo del que salen unos chorros de sangre exageradísimos”, describe. Como en el resto de los ejemplos del catálogo artístico de la España macabra, el caudaloso río de sangre que emana del cuello del santo también causó sensación entre los feligreses del pequeño municipio alavés. Pero no con el ánimo de provocar repugnancia. “Esas piezas son una invitación a reflexionar y a recuperar esa familiaridad perdida con la muerte, porque al final es lo que nos va a llegar a todos”, propone la criminóloga Miriam Beltrán.

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