Chuck Norris, el puño debajo de la barba y el meme como trascendencia cultural en el siglo XXI
Las imágenes virales son las que verdaderamente consiguieron que el actor tuviera impacto en la cultura popular contemporánea


Hace unos meses se vivió en la Redacción de EL PAÍS una situación curiosa. Algunas de las gentes más jóvenes desconocían a ese actor rubio que acababa de morir: un tal Robert Redford. Lejos de llevarnos las manos a la cabeza, en la sección de Cultura nos dio por indagar en el fenómeno de una generación que no conoce a quienes para la generación anterior eran auténticos tótems, y salió un buen reportaje en el que incluso varios estudiantes de cine aseguraban no tener idea de quién era ese tipo de flequillo impertinente y mandíbula cuadrada.
Lo más curioso de todo es que a Redford sí le ponían cara, pero no por Dos hombres y un destino ni por Todos los hombres del presidente, sino por un meme que desde hace unos años ha hecho fortuna: un hombre barbudo asiente en medio de un paraje nevado con una expresión entre libidinosa y complacida. El barbudo era Redford, claro; más concretamente el trampero Jeremiah Johnson, pero para la juventud de un mundo que ha cambiado a los tramperos por los traperos ese GIF era la única referencia estética que quedaba de uno de los rostros más icónicos que el cine ha dado.
La muerte de Chuck Norris (uno de los mayores generadores y protagonistas de memes de este siglo) ha puesto sobre la mesa un asunto espinoso que algún día deberemos tratar convenientemente: el hecho de que la presencia en la cultura popular la imprime hoy en día el meme, y no la obra de arte. Solo hay que remitirse a los hechos para ver que, más que una buena película, la trascendencia social la consigue hoy una mueca asociada a una frase ingeniosa: ni Operación dragón es Un tranvía llamado Deseo ni Delta Force es Con la muerte en los talones, y sin embargo la pervivencia estética de Chuck Norris en la cultura popular de 2026 es infinitamente superior a la de Marlon Brando o Cary Grant.
Convengamos en que Norris ya fue expulsado al mundo (artísticamente) como un protomeme. Su primera película, Operación Dragón, no le interesa a mucha gente hoy en día, pero su batalla final (la batalla entre Norris y Bruce Lee) acumula cientos y cientos de millones de visualizaciones en decenas de vídeos de todas las plataformas. Es decir, la película ya no es una película, es solo ese clip, como si ese combate fuera la cristalización seminal de la idea de que es el impacto inmediato de un fogonazo —más que una historia o una idea completa— es la vía para perdurar en el imaginario colectivo.
El biólogo Richard Dawkins acuñó el término meme en 1976 en un ejercicio visionario, pero no ha sido hasta este siglo que el poder del concepto ha eclosionado del todo, invadiendo no solo la cultura visual sino también la música —Tik Tok decide semanalmente la canción más escuchada del mundo porque su algoritmo premia los vídeos en los que suenan 8 o 9 segundos de alguna canción al azar de los 80—, y no digamos la fama o la política —el merchandising relacionado con partidos y candidatos mueve millones a nivel mundial, algo impensable hace no tanto—. Con la muerte de Chuck Norris perdemos un actor, pero sobre todo un canario en la mina, porque la evolución de su figura mediática es la mejor brújula de por dónde van los tiros de consumo cultural hoy en día.
Dawkins acuñó el término meme, por cierto, en su libro El gen egoísta, que postulaba que “la unidad principal de la evolución no es el individuo, sino nuestros genes”. Mutatis mutandi y tirando de rima, podemos decir que en la cultura del siglo XXI la unidad principal de la evolución no son las obras, sino sus memes.
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