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Lola Larumbe, librera: “En los ochenta leíamos cosas más complicadas”

La librera celebra los 50 años de la Alberti, que acaba de recibir la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, y analiza cómo ha cambiado la forma de narrar y de leer

Que un negocio basado en el papel sobreviva ya es noticia de impacto en tiempos de prisas y pantallas. Que además cumpla 50 años con vigor es un hito descomunal. Y es lo que ha ocurrido con la librería Alberti, nacida en los albores de la transición como símbolo de cambio y hoy convertida en centro cultural del Madrid intelectualmente más activo. Por ello acaba de recibir la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes. En el local recibe Lola Larumbe (Madrid, 65 años), quien lleva las riendas.

Pregunta. ¿Es un milagro vivir de los libros?

Respuesta. Sí lo es. Cuando llegué en 1979 tenía 19 años y no pensé que fuéramos a vivir de ello, pero le hemos puesto tesón, cabezonería, vocación y aquí estamos.

P. ¿Por qué se quedaron?

R. Por responsabilidad. Cuando Enrique Lagunero nos la traspasó no teníamos un duro y nos avaló el único amigo que tenía un negocio. Cuando nos dimos cuenta de la envergadura de todo esto, algunos empezaron a pensárselo. Pero mi pareja y yo tuvimos que seguir por ese aval. Pasamos 10 o 12 años en economía de subsistencia. Y, de repente, cuando empezó a funcionar, ya teníamos el bichito.

P. Defina bichito.

R. El bichito es lo que te dan los libros sin que te des cuenta, una estela que se extiende hacia muchas personas que están en la misma onda que tú. Eso engancha.

P. ¿A cuántos clientes conoce de los que entran por esa puerta?

R. A la mitad. Ya sabemos qué recomendarles, qué han comprado, qué no les gusta, compartes con ellos códigos casi instantáneos. Un librero aprende a adelantarse al deseo del lector y cuando llega un libro nuevo ya sabes a quién se lo vas a recomendar.

P. ¿Cómo ha cambiado la forma de leer en estos 50 años?

R. Ha cambiado la forma de narrar. La literatura que se hace ahora tiene un tono muy parecido: eficaz, enseguida estás dentro. En los ochenta leíamos cosas más complicadas, Cortázar era sencillo, pero luego había un Carpentier, un Lezama Lima o ciertos momentos de Carlos Fuentes, Octavio Paz… escritores que ahora serían minoritarios.

P. ¿Se ha simplificado la forma de escribir y de leer?

R. Creo que sí. Enseguida comprendes, tienes que hacer menos esfuerzo. Se publican muchísimos libros de autores nuevos y hay una competencia muy fuerte para ver quién logra una historia más eficazmente contada. En los ochenta había conciencia de que había que leer, hacer una biblioteca, una especie de canon o nómina de autores que si querías saber de literatura tenías que leer.

P. ¿Hoy no hay un canon?

R. No, es todo más disperso. Hay autores que llevan 40 años publicando que ya han hecho su grupo de lectores, desde Muñoz Molina a Rosa Montero o Elvira Lindo. Pero más allá de esto, me parece que no.

P. Han vivido la crisis económica, la de Amazon, la autoedición, la pandemia… ¿Cuál ha sido el mayor desafío?

R. En los ochenta, cuando empezamos, vivíamos en una crisis permanente y no nos llamaba la atención, pero la de 2012 fue un parón total, que además se unió a la crisis reputacional del libro con los nuevos dispositivos. Nuestro material estaba obsoleto, trabajábamos por algo que se iba a acabar. Me acuerdo de unas Navidades en que la gente venía y decía: cierro la cuenta, mi hijo se ha quedado en paro y además me han regalado un libro electrónico.

P. ¿Cómo se superó?

R. Se superó. Pensé que la crisis económica pasaría y que se trataba de hacer lo posible para que la gente viniera, comprara o no. Los encuentros en la Alberti tenían que ser mejores y constantes. Había que activarlo, mantener los vínculos con la librería como sitio de reunión, de encuentro, de vida. Y decirles: no pasa nada, mantén tu cuenta, si no puedes pagar este mes, ya me pagarás. Se trató de entenderlos. Lo mismo ocurrió en la pandemia. Había que resistir y mantener los vínculos a través de redes.

P. ¿Cómo vive la crisis de atención? ¿De capacidad de concentración?

R. Siempre hay amenazas: antes era “No tengo dinero”, luego “No tengo sitio” y ahora “No tengo tiempo”. La competencia con los teléfonos es lo más complicado, pero también hay gente que se rebela contra ello.

P. ¿La autoedición es problema, solución o amenaza?

R. Es otro mundo, como los libros de viejo o de segunda mano. El problema es la credibilidad, por eso nosotros no lo aceptamos. Cuando un editor presenta su libro sé que se ha jugado su patrimonio. Por algo todo el mundo quiere editar su libro en papel, aunque lo haya publicado en Amazon y haya sido el más vendido.

P. Cuando nació, la Alberti sufrió atentados, y hoy vuelve a ver manifestaciones ultras muy cerca, en Ferraz. ¿Cómo lo vive?

R. Lo pensé hace dos años, en el momento más duro de las manifestaciones, cuando había refriegas todas las noches, bombas de humo, policía. Una mañana el escaparate tenía cruces gamadas enormes y me acordé de fotos antiguas de 1976 y 1977 con dos niños apoyados en los escaparates con cruces gamadas y las palabras: volveremos. Esos dos luego fueron clientes durante mucho tiempo. ¡Vaya si volvieron! Y 48 años después no han sido ellos, aunque sí el mismo lenguaje, misma iconografía, no ha cambiado nada.

P. ¿Teme un retroceso?

R. No, porque estos 50 años han traído avances imposibles de revertir, aunque la gente ahora crea que se pueden tirar por una alcantarilla.

P. Se llama Alberti por la libertad.

R. Cuando la montó Lagunero con su hermano la llamó Alberti por la libertad y por la amistad con él.

P. ¿Cómo vive un sitio progre en un barrio conservador?

R. Este siempre ha sido un barrio conservador, había muchas casas militares. Recuerdo que un vecino de arriba le decía a su madre cuando se construyó este edificio en los setenta: verás que es un barrio fenomenal, con una librería debajo, todo tranquilo… Y nada más llegar empezaron las bombas, imagínatelo. Todavía hay gente que recuerda los disparos.

P. Más allá de atentados y ataques, han convivido bien.

R. Sí, la gente quiere mucho a esta librería. Una vez que se hundió el techo por unas obras en el piso de arriba que inundaron todo, tuvimos que parar las presentaciones y muchos del barrio nos ofrecieron su salón o sus locales para hacerlas. Aramburu presentó Patria en el pub de al lado con luces de neón de discoteca (ríe).

P. ¿Le cansa el ego de los autores?

R. Son más problemáticos los que empiezan. Son más inseguros, pero casi no hemos tenido problemas. Tengo más satisfacciones y amistades que desengaños.

P. ¿Por qué leemos más las mujeres?

R. Las mujeres hemos entendido el poder relacional del libro. Para nosotras es un vínculo y se ve en los clubes de lectura. Se trata de leer, hablar de lo que lees y verse en un sitio, prestarse los libros. Es una especie de rizoma alrededor de los libros que las mujeres han desarrollado probablemente como forma de subsistencia desde hace siglos, como las camarillas de las ilustradas en el XVIII o las japonesas que no se podían mover y hacían sus grupos. El libro es un paraguas, una protección, es reconocerse con otros. Las mujeres lo viven así y les interesa mucho más. Y los hombres en general todavía no lo han alcanzado. Lo tendrán, pero ellos ya estaban en el mundo, socializaban. El libro sigue siendo una especie de talismán.

P. ¿Lo mejor de estos 50 años?

R. El futuro, lo importante es lo que viene por delante. A veces miramos el pasado, pero hay jóvenes a los que les encanta leer y ahí estará la Alberti. Somos un gran equipo.

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Sobre la firma

Berna González Harbour
Presenta ¿Qué estás leyendo?, el podcast de libros de EL PAÍS. Escribe en Cultura y en Babelia. Es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora en varias áreas. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.
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