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Las horas paganas
Columna
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Retrato al minuto de dos poetas

Alberti nunca llegó a creerse del todo la vuelta de la democracia y Juan Gil Albert firmaba las facturas como quien escribía versos

A lo largo de los años, las pasiones que haya vivido cualquier personaje quedan grabadas en su rostro y lo convierten en un enigma. Cada arruga, cada mancha, pliegue y erosión en la piel forman un paisaje cruzado de caminos hacia el pasado. En mis tiempos de reportero, al enfrentarme a un personaje para realizar una entrevista me guiaba ante todo por el efecto que me producía a primera vista su rostro, su mirada, su voz, sus gestos implicados en la atmósfera que en ese momento le rodeaba sin tener en cuenta la información que yo poseía acerca de su historia. Con la entrevista trataba de resolver ese enigma que se hallaba en su rostro y en su entorno con un retrato al minuto, una especie de fotomatón, como en este caso el de los poetas Rafael Alberti y Juan Gil-Albert.

Cuando se paseaba por Madrid a su vuelta del exilio, Rafael Alberti podía ser reconocido a muchos metros de distancia. La gorra sobre una melena de huevo hilado, la luminosa indumentaria de camisas con palmeras contrastaba con el color gris rata que reinaba todavía en España. Pese a esa aparente dicha de marinero en tierra, su rostro sobre un cuello despechugado escondía cierta amargura que su voz, ya muy cansada, no podía ocultar. Con su cadera algo destartalada se movía por la ciudad entre el goce de ser reconocido y el miedo a que cualquiera que se acercara con la excusa de pedirle un autógrafo le diera una puñalada. Llevaba cinco años en España y daba la sensación de que no había deshecho todavía el equipaje. Tenía la maleta abierta sobre la cama, dispuesto a huir ante el primer toque de corneta.

Alberti nunca llegó a creerse del todo la vuelta de la democracia y tal vez a eso se debía la amargura que reflejaba su rostro. Vivía cada día pendiente de las noticias de un transistor diminuto que llevaba en el bolsillo por si de nuevo había que largarse. Se había cansado de dormitar en su escaño del Congreso de los Diputados junto a Pasionaria. De pronto decidió huir hacia adelante como si el mundo se fuera a terminar pasado mañana. Ser un poeta en la calle consistía en coger un avión que lo llevara a recitar poemas de Garcilaso en Managua, en disolverse cada noche entre cenas de homenaje, coloquios, veladas de teatro, fiestas con muchos canapés. Aquella feria de la Transición aún estaba abierta de madrugada con todas las norias girando y Alberti de pronto se había convertido en un niño con los bolsillos llenos de entradas y pases para todas las atracciones que ofrecía la libertad recién conquistada.

El poeta Juan Gil Albert era un valenciano de zapato blanco y café, de pantalón color barquillo y polo azul claro, el bigote blanco de escobilla y la piel del rostro un poco encendida. Así lo recuerdo de una tarde de verano en su casa, sentado en la esquina del canapé tapizado de fresa en aquel salón que el sol de la tarde encendía con un dorado de uva moscatel. Dentro de aquel espacio vibrátil que rodeaba al poeta estaba todo dispuesto en un orden elegante y meticuloso, los muebles enfundados en telas blancas de lino, en la consola los retratos de dos hermanas bellísimas y muertas, castillos de Valois en la pared, la propia imagen del poeta juvenil con una flácida camisa de seda sin cuello y las bocamangas de espadachín como lo había pintado Ramón Gaya, los rostros desvanecidos de Oscar Wilde, de Marcel Proust y de André Gide, los libros con las cubiertas doradas, el guiño en las recamadas vitrinas de los bibelots y las porcelanas frutales.

En aquel momento solo los amigos y algún especialista sabían que en Valencia vivía un gran poeta olvidado, un raro y exquisito producto de la Generación del 27 que había regresado del exilio en 1947, de puntillas, por la puerta falsa y se había instalado en silencio a hilar versos sin molestar a nadie. Sentado en este mismo sillón había pasado dos décadas de soledad como un novel que espera que un día le llegue la gloria literaria. Gil Albert procedía de una familia muy adinerada de industriales alcoyanos. En sus buenos tiempos su casa en Valencia tenía 11 balcones que daban a la calle Colón.

El poeta recordaba la estampa sepia de aquel viaje a Alicante hacía 75 años en medio de una nube de polvo gris. Gil-Albert iba vestido de marinerito, el conductor del Hispano-Suiza usaba guardapolvo y anteojos de buzo y, a su lado, las señoras envolvían las pamelas de frutas con gasas anudadas en la barbilla. Aquel mundo se vino abajo cuando Gil-Albert, heredero de la empresa, se tuvo que hacer cargo del negocio al regresar del exilio y firmaba las facturas como quien escribía versos. Aquella tarde de verano el poeta estaba feliz porque el médico le había dado una alegría. Lo que se pensaba que era una enfermedad grave resulta que se trataba de una alergia al polen de las rosas amarillas.

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Sobre la firma

Manuel Vicent
Escritor y periodista. Ganador, entre otros, de los premios de novela Alfaguara y Nadal. Como periodista empezó en el diario 'Madrid' y las revistas 'Hermano Lobo' y 'Triunfo'. Se incorporó a EL PAÍS como cronista parlamentario. Desde entonces ha publicado artículos, crónicas de viajes, reportajes y daguerrotipos de diferentes personalidades.
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