Vivió para cantarlo: Sabina revienta el medidor de emociones en su último concierto
El cantante se despide de las giras con un concierto en Madrid para cantar y escuchar con el corazón encogido


Saluda con el sombrero negro y sonríe mientras suena por los altavoces La canción de los (buenos) borrachos… “que de madrugada vuelven al hogar”. Procede con otra reverencia y se marcha por un lateral del escenario. El concierto ha terminado. El último de Joaquín Sabina y en la ciudad donde vive, Madrid. Alguien dice que ha detectado lágrimas en el rostro del eterno crápula. Difícil visualizarlo desde la grada. Quizá algunos lo aseguran para compartir ese momento de sacudida, ya que ellos sí han tenido que enjugarse los ojos con sus dedos para contener los estragos de la emoción.
Un ictus, una caída dramática desde el mismo escenario de anoche (Movistar Arena), mil juergas y decenas de inmortales canciones después, Joaquín Sabina (Úbeda, 76 años) se despidió anoche “de los escenarios multitudinarios”. Y así lo dijo en el tramo inicial del concierto: “Este concierto en Madrid es el último de mi vida y el más importante porque es el que más recordaré”.
Se guarda el maestro “el as de reaparecer a placer, sea porque las musas me susurren poemas o canciones que merezca la pena compartir, o porque me piquen las ganas de subirme a cualquier entarimado para darme, darnos, un homenaje”. El entrecomillado pertenece al protagonista y lo dijo al anunciar esta serie de conciertos. Lo que parece seguro es que las grandes giras se han acabado, así que lo de anoche pintó mucho como algo parecido a un réquiem, una coda a una carrera soberbia, con sus resbalones, sí, pero quién no cayó en un camino que dura ya cinco décadas. Y tuvo que ser un domingo, ese día de la semana que no le gusta al protagonista, como luego cantó en Contigo (“yo no quiero domingos por la tarde”), pero se celebró en horario nocturno, cuando los ataques de melancolía se hacen más llevaderos.
El concierto número 71 de una gira, Hola y adiós, que comenzó en enero y su décimo (¡diez!) Movistar Arena del año resultó un deleite para el paladar emocional del público, con un Sabina realizando esfuerzos para no derrumbarse, que para eso ya estaba su fiel audiencia, que llenó el recinto en sus 12.000 localidades, todos sentados, también la parte de la pista, aunque el público dejó sus butacas en muchas ocasiones para jalear al protagonista y bailar.






Porque Sabina ofició un espectáculo de alto voltaje emocional a pesar de ese extraño inicio, con la canción Lo niego todo sonando en una grabación de estudio, con los músicos todavía colocándose en sus posiciones y el jefe esperando en camerinos. ¿No podrían haberla interpretado en directo? Resultó una templanza puntual, porque a los pocos minutos apareció el protagonista y aquello se inundó de aplausos, “oooooh” y “Sabina no te vayas”. Nunca hubiera sido un recital tan de encoger el corazón sin la entregada predisposición del público, que se tomó la noche como una despedida en toda regla, un adiós a alguien que lleva entregándoles música y poesía con una aceptación popular que solo Joan Manuel Serrat es capaz de superar.
Comenzó con el homenaje a la ciudad donde más ha vivido, Madrid, aportando Yo me bajo en Atocha, una canción que describe una urbe que se añora viendo la deriva que está tomando la capital en los últimos tiempos. Sabina ejerció de jefe en su última cena en el centro del escenario, sentado en un taburete alto. A su vera, una mesita con un vaso de... agua. Cómo han cambiado las cosas. Enfrente, una pantalla con lo que se supone eran las letras de las canciones, ya que miraba con asiduidad en esa dirección. No pasa nada: son muchas poesías escritas y la memoria ya sabemos que tiene la mala costumbre de oxidarse con el paso del tiempo. Su espléndida banda de siete músicos le guardaba la espalda elevada en una plataforma. Cada uno tuvo su protagonismo realizando incursiones al terreno del jefe para ejecutar solos instrumentales. En unas grandes pantallas se proyectaron imágenes alusivas a la canción que se tocaba. El efecto producía una comunión sencilla pero bonita entre imagen y música.

Eligió el jiennense un repertorio de cadencia reposada, a veces parsimoniosa (no se puede tocar más lento Calle melancolía), poca presencia de rock and roll y composiciones para que su público, que ya llegó con la garganta caliente, coreara sin estridencias, bamboleando la cabeza suavemente, con la variante del movimiento de los brazos arriba de un lado a otro (“y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos y las tres…”), y muchas veces con el nudo de la conmoción agarrado al cuello. Ofreció pronto esas recientes canciones crepusculares donde ironiza sobre los tópicos que se le adjudican (algunos reales, otros exagerados) y hace balance desde la rampa de salida: “Lo niego todo, hasta la verdad”. Mentiras piadosas sonó estupenda, despojada de esos arreglos verbeneros de la grabación original.
La siempre descuidada voz de Sabina amenazó con romperse en alguna ocasión, pero ese quebrado vozarrón aguantó en el alambre. En el declinar de su carrera y después de 70 recitales en diez meses ya parece más cosa de un pacto con satán en una de sus noches de farra el que aguantase a un digno nivel esta última cita. Pero sí, le quedó aire en los pulmones para permanecer dos horas y cuarto en el escenario, con alguna escapadita para buscar oxígeno. En esos descansos del jefe, Jaime Asúa (algún día habrá que tributar como se debe a esos Alarma!!! que formó junto a Manolo Tena) interpretó Pacto entre caballeros, ese portento de garganta que tiene Mara Barros acometió con poderío Camas vacías, y Antonio García De Diego, el hombre para todo, entregó una deliciosa La canción más bella del mundo.
Con un tono arenoso que en los últimos tiempos se ha impregnado de una calidez que solo se consigue cuando ya la veteranía es algo más que un grado, Sabina demostró que ya no es un cantante; él interpreta, cuenta, otorga vida a sus hermosos versos, se zambulle en ellos, arranca las palabras de su boca y las suelta. Y eso lo hace creíble porque está (o lo finge muy bien) comprometido con la letra. Se llama comunicación pura y dura. Sus palabras le salieron alquitranadas, penetrantes. Solo le faltó anoche un pitillo humeante en la comisura de los labios para completar esa figura orgullosamente desgastada. Seguro que él hubiera matado por esa dosis de nicotina.
Tomó una guitarra para alguna canción, como en 19 días y 500 noches, De purísima y oro, que sonó soberbia, o para acompañar los majestuosos versos de Donde habita el olvido. Para las piezas más lentas (todavía), como las bellas Una canción para la Magdalena o Por el bulevar de los sueños rotos, cambió el taburete por una silla baja. Dio lustre vocal a las dos Mara Barros. Quizá los más musiqueros echaron de menos algún cambio en un repertorio demasiado rígido durante toda la gira; quizá aquellos que disfrutaron al combativo Sabina ochentero se hubieran marchado a casa más satisfechos si el protagonista hubiera pronunciado algún incisivo discurso, con lo turbio que anda el panorama. ¿Algún invitado significativo? Pues también. Son pegas a un espectáculo disfrutón y sentimental, un homenaje compartido que gozaron, al mismo nivel, Sabina y los espectadores.
Terminó la fiesta con un stoniano Princesa, con los músicos situados al mismo nivel que el jefe y la gente, ya olvidada la compostura de las butacas, bailando y a las puertas de una laringitis de tanto cantar. Si existiera un medidor de escalofríos anoche habría llegado en muchas ocasiones a la parte más alta.
Después del recital, Sabina recibió a sus amigos en una sala del mismo recinto para continuar su fiesta de despedida, ya de un formato íntimo. El lunes se levantará en su casa de Tirso de Molina, suponemos que con algo de resaca. Ya no quedan más conciertos. Leerá, escribirá y pintará. Cuando le visiten las musas tendremos noticias suyas.

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