Muere el dramaturgo Tom Stoppard a los 88 años
Nacido en la antigua Checoslovaquia, fue uno de los literatos más brillantes del siglo XX, autor de obras como ‘Rosencrantz y Guildersten han muerto’ y ‘Shakespeare enamorado’


Como otros muchos que abrazan el alma británica por destino, que no por nacimiento, Tom Stoppard (nacido en Checoslovaquia con el nombre de Tomás Sträussler) se convirtió con los años en un tesoro nacional de la literatura del Reino Unido. El dramaturgo, autor de obras como Rosencrantz y Guildersten han muerto o del guion del filme Shakespeare enamorado, por el que recibió el Oscar, ha muerto este sábado a los 88 años en su residencia de Dorset, rodeado por su familia.
“Será recordado por la brillantez y humanidad de sus obras, por su ingenio, su irreverencia, su generosidad de espíritu y su profundo amor por la lengua inglesa”, ha dicho en un comunicado United Agents, la agencia que representaba al dramaturgo.
Trabajó para la radio, la televisión, el cine y el teatro. Se definió a sí mismo como un conservador con la c pequeña, casi más bien un liberal, con una profunda preocupación por los derechos humanos, la libertad política y la censura, que transmitió en muchas de sus primeras obras.
Abandonó Checoslovaquia junto a sus padres, dos judíos no practicantes, para iniciar una vida de refugiado que le llevó a Singapur y la India hasta que recaló en Inglaterra en 1946. Su padre, según el mismo Stoppard relató, murió ahogado en el barco del que intentaba huir del ejército japonés. Médico de profesión, sirvió voluntariamente en el lado británico.
El dramaturgo, condecorado y nombrado caballero por la reina Isabel II, comenzó como periodista. Enseguida se lanzó a escribir obras cortas para radio, hasta que en 1960 presentó su primera creación para la escena, Enter a Free Man (Un Hombre Libre).
Stoppard fue capaz de abordar de un modo ingenioso y brillante problemas y cuestiones de una profundidad filosófica compleja, a los que dotaba de una estructura narrativa y de una agilidad que sedujeron a millones de espectadores. Algo que se refleja claramente en una de sus obras más famosas, Rosencrantz y Guildenrsten han muerto, que gira en torno a la falta de libre determinación y el irremediable destino de dos personajes secundarios en el Hamlet de William Shakespeare que no llegan a entender cuál es realmente su papel en esa gran tragedia, todo contado con un humor muy stoppardiano. Por ese trabajo, presentado por primera vez en 1966 en el Festival de Edimburgo y representado dos años después por la Compañía Nacional de Teatro, ganó cuatro premios Tony, incluido el de mejor obra teatral.
Los amantes del cine y de la literatura de otro gran gigante de las letras británicas, John Le Carré, saben que la mano de Stoppard está detrás de una de las adaptaciones cinematográficas más exquisitamente construidas, a la que no le sobraba ni un plano ni una palabra, como fue La casa Rusia.
Su producción teatral fue muy amplia. Llegó a firmar más de treinta obras, en las que desplegó una sofisticación intelectual magnética. El adjetivo ‘stoppardiano’, que recoge el Diccionario de Inglés de Oxford, queda definido como “el uso de un ingenio elegante a la hora de abordar cuestiones filosóficas”. En Jumpers (Los Saltadores), la llegada de unos astronautas británicos a la luna mientras un grupo de liberales radicales se apropia del Gobierno británico sirve a Stoppard para realizar una sátira compleja sobre la filosofía académica, cargada de citas y referencias. Muchos críticos la consideran su obra maestra, aunque otros le reprocharon una artificiosidad innecesaria que alejaba a muchos espectadores.
Daba igual. El autor no renunció nunca a una complejidad y variedad de ideas y argumentos que sus muchos seguidores apreciaban. En Arcadia, puesta en escena en 1993, la relación entre una adolescente precoz, obsesionada con las ciencias y las matemáticas, y su tutor, un amigo poeta de Lord Byron, la trama sirve para debatir sobre la relación entre el presente y el pasado, la certeza frente a la incertidumbre, la teoría del caos y hasta las diferentes escuelas de paisajismo y jardinería.
La creatividad de Stoppard era requerida en muchas ocasiones para poner el broche final en productos culturales destinado a la gran masa. Su mano está también en los guiones de Indiana Jones y la Última Cruzada, o en La Guerra de las Galaxias, Episodio III: La Venganza de los Sith.
Aunque no aparece formalmente en los créditos finales, es de dominio público que parte de los diálogos de La Lista de Schindler salieron de la cabeza de Stoppard, o el dramaturgo se encargó de pulirlos. Cuenta la leyenda que el director Steven Spielberg llegó a sacarlo de la ducha a la fuerza porque necesitaba consultar con urgencia algunas ideas durante el rodaje. De hecho, Leopoldstadt, la última obra escrita por el autor, que se estrenó en 2020 en el Teatro Wyndham del West End londinense, fue alabada y considerada por la crítica como una Lista de Schindler para las tablas. Con muchas claves personales y autobiográficas, narra la historia, en la primera mitad del siglo XX, de una familia judía acaudalada e instalada en Viena, adonde llegó después de huir de los pogromos antisemitas desatados en Rusia y Europa del Este. Los cuatro abuelos y abuelas de Stoppard murieron en campos de concentración a manos de los nazis.
Su trilogía La Costa de la Utopía (Viaje, Naufragio, Rescate), por la que ganó un premio Tony, aborda los debates filosóficos presentes en la Rusia prerrevolucionaria de principios del siglo XIX.
Quizá por su propia historia personal, y por una defensa empedernida de la libertad individual, Stoppard no compartió las ideas de izquierda de otros dramaturgos de su generación. Sin hacer grandes exhibicionismos públicos de sus ideas políticas, con una personalidad más bien solitaria e individualista, no dudó en su momento en apoyar la revolución conservadora que supuso la llegada de Margaret Thatcher. Casado en tres ocasiones, venerado por sus amigos, como el cantante de los Rolling Stones, Mick Jagger, que le ha rendido tributo este sábado en las redes sociales, Stoppard tenía una elegancia y una presencia que, sin embargo, no producían rencor en sus competidores. “Uno de los mayores logros de Tom es que ha logrado que no le envidiemos nada, excepto quizá su buena pinta, su talento, su dinero y su suerte”, ironizó también otro autor británico consagrado como Simon Gray.
Curiosamente, el gran dramaturgo de las ideas siempre tuvo como vocación inicial el periodismo. “Mi primera ambición fue estar en el suelo de algún aeropuerto africano mientras las balas de una ametralladora sobrevolaban mi máquina de escribir. Pero no servía como reportero. Nunca pensé que tuviera derecho a preguntar nada a la gente. Siempre pensé que me iban a dar en la cabeza con la tetera o que iban a llamar a la policía”, explicó a la agencia Reuters en una entrevista.
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