Porquerolles, la isla francesa donde conviven turistas, trabajadores, millonarios y arte contemporáneo
La Fundación Carmignac, que alberga una colección artística de más de 300 obras, es el epicentro cultural de un enclave poblado de bosques mediterráneos y playas paradisiacas

Ningún lugar de Francia es más francés que Porquerolles. Esta isla, la mayor del archipiélago de Hyères —situado frente a la península de Giens, al sureste del país—, no aspira al cosmopolitismo de las islas griegas o italianas. Los extranjeros que vacacionan aquí son y serán siempre outsiders. Ese bosque en medio del Mediterráneo encarna las tensiones de la mixité, o heterogeneidad social: valor republicano siempre reivindicado, aunque cada vez más en repliegue. En verano, los trabajadores —de Toulon e Hyères— y los turistas conviven con multimillonarios y con la alcurnia de las “viejas familias” del país. Un pintoresco mosaico social que dice mucho de los franceses, sobre todo de su relación con dinero y el arte.
Sitio de la reserva natural de Port-Cros, la isla es, desde 2018, sede de la Fundación Carmignac, que se articula en torno a la colección de arte contemporáneo del financiero y multimillonario parisino Édouard Carmignac, que incluye alrededor de 300 obras de artistas como Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Keith Haring, Gerhard Richter o Jean-Michel Basquiat. El espacio es dirigido por Charles Carmignac: su hijo, hombre de negocios y antiguo guitarrista del grupo de folk-rock Moriarty. La imponente villa de tejas azules perteneció a Henri Vidal, un marsellés que hizo fortuna con el cemento. El edificio se alza sobre una colina artificial que deja ver el mar encima de los pinos y los eucaliptos. Cada verano, sus jardines reciben visitas nocturnas, conciertos —recientemente una Noche de los violoncellos— y cine al aire libre. Como no hay permisos de construcción, las salas de exposición se construyeron bajo la villa. Después de ser invitados a una tisana hecha por un druida, los visitantes se descalzan y bajan. Las salas reciben la luz natural de las claraboyas y del techo acuático: una placa de vidrio de 17 toneladas enviada desde Italia y trasladada en helicóptero.

El elitismo y las extravagancias son el escudo de armas del lugar. En 1912, la isla de Porquerolles fue el regalo de bodas de François Fournier, un millonario belga, a su segunda esposa. Nacido de una familia humilde, Fournier se enriqueció con el oro mexicano. Esa fortuna le permitió soñar con una isla autosuficiente. Llevó a más de doscientos trabajadores, creó viñedos, escuela, dispensario y una cooperativa agrícola. El hombre de Porquerolles (1996), de William Luret, y Una isla como regalo de matrimonio (1996), de Leila Fournier-Le Ber, cuentan esa aventura. Hoy, la mitad de sus tierras han sido compradas por Chanel, que produce allí el vino del Domaine de l’Île.
Pero, como toda isla que se precie, Porquerolles es también escenario de utopías y proyectos idealistas. Las playas del norte, como la Courtade, son de arena clara y aguas turquesa; más lejos, la plage d’Argent y el Langoustier. Hacia el sur está el Fuerte de la Repentance y sus monjes ermitaños. Al final de la playa de Notre Dame hay una casita en ruinas donde Jean-Luc Godard rodó parte de Pierrot el loco (1965). En ella se refugiaron los personajes de Jean-Paul Belmondo y Anna Karina en su huida de contrabandistas, pero también de la monotonía de la capital y su vida burguesa.

Charles Carmignac ve en la isla “un laboratorio ideal para experimentos autárquicos”, un sitio donde los artistas “crean lo que aún no existe”. La Fundación, explica el director, propone “un espacio-tiempo de reflexión, para ralentizar y escapar del flujo continuo del continente”. Entre los proyectos futuros destaca las residencias artísticas y de escritura, pero también nuevos espacios —como el observatorio cósmico encargado a James Turrell— y quizá abrir el espacio al público durante todo el año, no solo de abril a octubre como hasta ahora.

Este verano, la exposición Vértigo explora los estados de conciencia que pueden verse modificados, estimulados o alterados por el contacto con la naturaleza. Reúne obras de artistas como Yves Klein, James Turrell, Olafur Eliasson o Jesús Rafael Soto. “Lo que nos interesaba es ese estado límite en el que se pierde algo: el control, la conciencia, la estabilidad… pero donde también se desarrolla una nueva sensibilidad, una receptividad ampliada”, advierte Carmignac. Con sus obras monumentales, la exposición propone “verdaderos baños cromáticos” y recorridos “sin ningún punto de referencia figurativo, nada a lo que aferrarse”, una experiencia que recuerda el consumo de plantas y hongos alucinógenos, que el director defiende como herramienta de exploración introspectiva.
La librería de la Fundación invita a expandir los imaginarios insulares. Ahí se puede descubrir que el belga Georges Simenon era asiduo de Porquerolles. En su novela El círculo de los Mahé (1946) narra la obsesión de un médico burgués por una joven isleña pobre y seductora. Antes, El hermano de la costa (1923), última novela de Joseph Conrad, situó en el archipiélago de Giens una intriga naval que evoca el pasado marino del autor.
Pero, sin dudas, es Les furtifs (2019), best seller distópico del francés Alain Damasio, la novela que mejor explora las contradicciones de la isla. En 2040, las ciudades francesas han sido vendidas a multinacionales —París pertenece a LVMH, Lyon a Nestlé— y los habitantes se dividen en categorías: estándar, premium y privilegio. Los insurgentes se refugian precisamente en Porquerolles, que se convierte en el escenario de una insurrección contra esas grandes fortunas. Hoy, Charles Carmignac y Damasio son buenos amigos. Cuando los presentaron, el escritor le dijo:
—¡Eh, pero yo te conozco!
Era Carmignac quien lo había echado cuando él se coló en el sitio en obras durante la preparación de su libro. Mientras los personajes de Damasio luchan por liberarse del control de las corporaciones, el autor es ahora invitado a la Fundación. Al mismo tiempo, el multimillonario participa en La escuela de los vivos: una finca en los Alpes de Alta Provenza creada por el escritor —y financiada con las ganancias de sus libros— para albergar residencias. En ese primer encuentro, Carmignac le habría respondido: “Espera. No vas a quemar la Fundación a mis espaldas: lo hacemos juntos o no lo hacemos”.
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