Las bingueras de la playa de La Caleta: la identidad de Cádiz que resiste a la gentrificación
Los grupos de mujeres mayores que pasan los atardeceres al sol jugando al bingo sobreviven como una isla frente a la caída de población gaditana

Paqui López, Mari, Eugenia, María, Paz y Pepi mantienen la formación de sillas y sombrillas en un círculo tan prieto e inquebrantable que parecieran legionarias romanas en plena batalla. Solo abren su colorido escudo playero cuando aparece Paqui para completar el corro. La más joven del grupo, de 47 años, llega justo a tiempo. “El único, el 14, el 52, el licorcito, el 25, la niña bonita...”, repiquetea López veloz, mientras saca los “boliches” de una bolsita. El resto de las amigas tachan los números con moneditas y piedras de colores en sus cartones, enganchados con alfileres de tender en tablas de corte. El canturreo binguero obra el micro milagro en el último lunes de agosto de la playa de La Caleta de Cádiz. Una parejita joven con pinta de guiris contemplan la escena ojipláticos. La italiana Ludovica, fascinada, no se reprime: “¡Bellísimo!”. Y López para un segundo para contestarle resuelta: “Te gusta, ¿a que sí, cariño?”.
El ritual vespertino del bingo, protagonizado por vecinas del cercano barrio de La Viña, resulta tan cotidiano e identitario en la icónica playa de La Caleta, como paradigmático de la resistencia de las pequeñas costumbres locales frente al avance de la gentrificación y la despoblación de Cádiz. A López y su grupo —una variopinta unión de mujeres que va desde los 40 años a los 80— les parece divertido que los visitantes se queden fascinados con sus bingos. Aunque otra cosa es la defensa de su parcelita de arena, conquistada justo en la sobremesa. “Hay muchos turistas desde hace unos años para acá, pero tenemos nuestro sitio y eso no nos lo quita nadie”, apunta la mujer. Por algo ellas son el ejemplo del “primer independentismo que se hizo en España porque se cogen su terreno y ahí no hay quien entre”, ironiza el autor de chirigotas José Luis García Cossío, Selu, que en 2017 se llevó el tercer premio del Concurso del Carnaval con un personaje inspirado en estos grupos de vecinas, Ahora es cuando se está bien aquí.
Isabel Cumbre, de 81 años, es la más veterana de su reunión de bingueras. Lleva más de tres décadas sosteniendo el rito diario veraniego. En cuanto aprieta la calor, Cumbre traslada el asueto diario a la cercana playa de La Caleta y allí se queda, mínimo hasta los primeros fríos de octubre. “Y no pienso faltar porque eso sería irse a la caja de pino”, añade Cumbre. Este lunes, de las 20 mujeres que integran su grupo, han ido 11. La más tempranera clava su silla a las tres de la tarde, pero el evento canónico y transversal en los grupos de bingo sucede a las seis. “Suena la campanita anunciando la hora, despejamos la mesa, tomamos el cafelito y los dulces y empezamos a jugar”, resume Paqui López, vecina de arena en el otro grupo, en referencia al aviso que suena por la megafonía. Las partidas se suceden sin cesar hasta las ocho, apenas duran unos minutos y en cada una va rotando el papel de quien canta los números. Luego, la tarde se fusiona con la noche de palique, “haciendo trajes”, como exclama divertida Encarni Jones, compañera de juego de Cumbre.
“Hay a quien le da la noche cerrada, La Caleta se convierte en su casa. Juegan al bingo, se ríen, se divierten, es una manera de vida maravillosa”, resume García Cossío, que se basó en toda esa filosofía de vida para construir a ese personaje arquetípico que pronto se ganó el favor del Gran Teatro Falla. Selu, especialista en eso de rebuscar en la sociología gaditana, puso el ojo en ellas, a sabiendas de que el entorno, La Caleta, está sobradamente cantado y piropeado en el Carnaval desde hace más de un siglo: “Al final son los personajes que paran allí los que la hacen grande”. Es la misma conclusión a la que llegó la antropóloga jerezana Eva Cote cuando vivió en Cádiz y descubrió el valor que los vecinos daban como espacio de encuentro a esa pequeña playa histórica en forma de cala, protegida por dos castillos y coronada por un balneario. Es un espacio compartido por personas que se conocen, que son del barrio de toda la vida. Esos pequeños espacios, donde han vivido generaciones, que se llenan de pequeños rituales como esos”, explica la experta, una de las autoras del Atlas del Patrimonio Inmaterial de Andalucía.
Paqui Sánchez, hija de uno de los fundadores del Club Caleta, resume la perspectiva antropológica desde el terreno: “Hay gente del barrio a la que conozco por La Caleta, no por el barrio”. Sánchez se torra al sol en esta tarde de lunes, perfectamente maquillada y peinada, acompañada de su hermana Teresa y su amiga Mila Sánchez. Están relajadas y tranquilas en el patio de botes del club, del que son socias casi por herencia, ajenas a la masificación que se vive en la arena, donde la marea complica la coexistencia de vecinos y visitantes. Esos agobios han llevado a que la entidad de pesca deportiva fundada a mediados del siglo XX, viva un bum de solicitudes para hacerse miembros. “Con la masificación turística de la playa, hay vecinos de toda la vida que se quieren hacer socios. Es horroroso como se ha puesto la zona, encontrar una esquinita es de locos”, se queja Jorge Muñoz, presidente de un club que siempre ha presumido de aglutinar a gente “modesta” de los barrios de La Viña o de El Balón.
En ese enjambre de sombrillas, toallas y sillas foráneas, las bingueras hacen valer su posición, mientras que aseguran convivir sin problemas con los turistas. “Hasta una argentina se sumó a jugar con nosotros hace unos días”, apunta Paqui Gómez, encargada de cantar los números en el grupo de Jones y Cumbre. De hecho, no solo la gentrificación amenaza el ecosistema popular caletero, afectado por la pérdida poblacional en la que Cádiz —a punto ya de bajar la barrera de los 100.000 habitantes— está inserta desde hace 30 años y que también está provocada por la falta de vivienda y de trabajo. Y a eso Cote suma el propio cambio social actual hacia el individualismo: “La tradición es aquello que ha sabido adaptarse a los tiempos para mantenerse. Es importante ver si algo deja de hacerse porque para el grupo ya no tiene sentido o porque desde el exterior se le impone ese cambio, como el caso del turismo. Los rituales de hacer identidad de barrio van cambiando, las hijas y nietas están en otro punto”.
Es justo ahí donde se pincha en hueso, cuando se toca el tema en los dos grupos de bingueras que en el último lunes de agosto se abren camino en el mar de sombrillas de La Caleta. “Hay alguna hija que juega, pero las nietas ya no quieren esto”, tercia con tono entristecido Cumbre. A pocos pasos, López confirma la impresión: “Las jóvenes ya no quieren esto”. Pero el bajón dura el tiempo justo porque en ambos grupos, sin saber precisar muy bien cómo, tienen claro que su tradición perdurará. O quizás la salvación llegue por fundir el bingo de La Caleta con el individualismo del que habla Cote y que hace cinco años se materializó en la aplicación Bingo Familiar Caletero, una app para Android que atesora más de mil descargas y sigue actualizada.
Un rumor ya antiguo en La Caleta, referido por los dos grupos de bingueras de este último lunes de agosto, dice que el personaje recreado por Selu es real y se llama Paqui. López, que se ve venir la rápida asociación del que la entrevista, aclara: “¡No soy yo, eh! Ya no estoy tan metida en carnes”. Poco importa que Selu aclarase que su creación fue un arquetipo sin nombre ni apellidos. Paqui podría ser cualquiera, todas las presentes lo asumen, divertidas y halagadas por el protagonismo que concitan, sea del Carnaval, de las televisiones nacionales que las han entrevistado o de los turistas que pasan por allí. Ludovica, de visita entre Cádiz y Sevilla, es la última de ellas y se deshace en piropos: “Me gusta la solidaridad cerca del mar, ese espíritu de grupo”, acierta a explicar la italiana, de visita entre Cádiz y Sevilla. López le da las gracias, despide al fotógrafo y se pone a cantar números con velocidad. En menos de cinco minutos, Mari canta bingo. Vendrán más y más días. Allí estarán hasta que llegue el frío de octubre. “Estas son nuestras vacaciones”, zanja López, entre el orgullo y la resignación.
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