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¿Son seguras las presas españolas? Así afecta a estas construcciones un clima más extremo

El Gobierno ultima un estudio sobre su resistencia considerando el cambio climático y adelanta que hay que tomar medidas en la vertiente mediterránea, mientras ingenieros alertan de los riesgos: “Va a pasar como con los ferrocarriles”

Las presas están diseñadas para que, al llegar a su punto de llenado, el agua sobrante salga por los aliviaderos, como ocurre en una bañera. Para los ingenieros que las construyen, es muy importante evitar que el nivel siga subiendo y desborde por arriba, provocando lo que se denomina un sobrevertido, que en algunos casos puede resultar muy peligroso. Sin embargo, hay muchas presas en España levantadas hace décadas que no se pensaron para lluvias tan torrenciales como las que ya están ocurriendo y que irán a más con el calentamiento del planeta: que el agua rebose por encima del muro va a dejar de ser una posibilidad remota. Como explica Miguel Ángel Toledo, catedrático de Ingeniería Hidráulica en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), “esto siempre ha sido considerado una herejía”, pero llevando a cabo algunas modificaciones, el sobrevertido ahora puede considerarse incluso una solución para las construcciones con aliviaderos demasiado pequeños para el clima extremo que viene.

Las sequías e inundaciones de los últimos años han mostrado el papel crucial de estas infraestructuras, tanto para acumular reservas de agua de las que tirar cuando falte como para frenar crecidas que de otra forma resultarían catastróficas. Sin embargo, el cambio climático también aumenta la presión sobre unas construcciones con una media de edad de 55-60 años, que en algunos casos superan el siglo de antigüedad, en un momento en el que crece el debate sobre su estado. “Hoy hay muchas presas del país que no cumplen los coeficientes de seguridad que deberían tener”, asegura Jesús Contreras, portavoz de la Asociación de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, la organización que más está alertando sobre su situación. Según recalca, “evidentemente, el cambio climático influye en la seguridad de las presas”. Hoy en día, estas construcciones se clasifican en tres categorías en función de su riesgo en caso de rotura o funcionamiento incorrecto: Las de tipo A pueden afectar a núcleos urbanos y causar los daños más graves. Las B ocasionarían impactos importantes o afectarían a un reducido número de viviendas. Y las C implican efectos moderados.

“¿Se va a caer mañana una presa?”, se pregunta Contreras. “La respuesta es no, pero en una situación accidental en la que se junten unas lluvias extraordinarias, con un embalse con mucha agua, un problema del aliviadero y un coeficiente de seguridad mínimo, vamos a tener una emergencia seria”, avisa. “En el Gobierno no son conscientes de la situación, o no quieren ser conscientes”, critica. “Hasta que un día ocurra algo gordo; aquí va a pasar como con los ferrocarriles”.

Por su parte, el Gobierno considera que la realidad no es ni mucho menos tan grave, pero admite que justo ahora está evaluando la resistencia de las presas, considerando las amenazas del cambio climático. Como detalla Juan Carlos de Cea, coordinador del área en la Subdirección General de Dominio Público Hidráulico e Infraestructuras del Ministerio para la Transición Ecológica (Miteco), “estamos analizando precisamente cuál es la situación real de la seguridad de las presas a fecha de hoy y estamos haciendo una prognosis [pronóstico] de qué ocurriría con distintos contextos del cambio climático, según sea más o menos severo”.

Aunque estos trabajos no estarán terminados hasta finales de junio, De Cea reconoce ya que se tendrán que tomar medidas en algunas zonas del país. “Sí puedo anticipar que seguramente haya que hacer cosas en la vertiente levantina, porque son presas para la laminación [reducción] de avenidas con criterios de seguridad antiguos”. “Lo que estamos viendo en el día a día es que nuestros mayores se quedaron muy cortos con sus previsiones”, destaca el representante del Miteco, que explica que esto puede requerir tanto obras como cambios en la gestión de estas infraestructuras. “Evidentemente, algo está pasando con el clima”, destaca De Cea.

El cambio climático tiene diversos efectos para las presas españolas. Según Luis Mediero, catedrático de la ETSI de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid, el primero de todos es que en el futuro los embalses van a estar probablemente más vacíos. Como incide este investigador que estudia cómo influye el calentamiento del planeta en estas construcciones, los modelos climáticos predicen que va a llover menos y la temperatura va a ser más alta, así que lo esperable es que bajen los niveles de agua. Esto es malo para las reservas hídricas, pero bueno como protección ante lluvias extremas. “En la dana de Valencia [de 2024], gracias a Dios la presa de Forata estaba medio vacía y pudo laminar aquella avenida, protegiendo aguas abajo frente a las inundaciones”, afirma Mediero.

Con todo, por lo que ya se está viendo, también resulta previsible que las lluvias extremas caigan con los embalses llenos, siendo esto delicado para la seguridad. En especial, para las presas que no están hechas de hormigón, sino de materiales sueltos, muy comunes en España.

“Lluvias más torrenciales pueden provocar que las avenidas que entren en los embalses sean de mayor entidad, lo que puede afectar a los órganos de evacuación de las presas, especialmente los aliviaderos, que han sido dimensionados con unas previsiones que pueden quedar parcialmente superadas”, detalla Ángel Fernández, coordinador del Grupo de Agua del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Según puntualiza, “las lluvias torrenciales y los efectos meteorológicos extremos, en general, no deberían ser un problema para nuestro parque presístico siempre y cuando se realice una inversión suficiente en modernizar, mantener y adaptar las presas”. Incluso da una cifra: 4.644 millones de euros, que es la estimación de la Asociación de Empresas Constructoras y Concesionarias de Infraestructuras (SEOPAN) para adecuar las presas existentes de titularidad estatal. Luego, todavía hay más de administraciones locales o privadas.

En 2021 se aprobó una nueva normativa de seguridad que aumenta la envergadura de las crecidas que deben aguantar las presas: las de tipo A (que suponen más riesgos) deben estar preparadas para avenidas que ocurren una vez cada 1.000 años en lo que se refiere a los elementos operativos de la construcción (como los aliviaderos) y para avenidas extremas de 5.000 años en el caso de hormigón y de 10.000 años en el caso de materiales sueltos en lo que se refiere a su resistencia general. Como comenta De Cea, cuando se aprobó, parecía un margen más que suficiente, hasta que tres años después, en 2024, la catastrófica dana de Valencia expuso al embalse de Forata a una crecida de las de 10.000 años: “Duplicó las previsiones de la peor avenida que nosotros consideramos a efectos del diseño para las presas de hormigón”, señala el representante del Ministerio.

Frente a esto, la realidad es que la gran mayoría de estas construcciones en España se diseñaron con normativa más antigua, que contemplaba evacuar avenidas de 500 años, lo que a veces provoca que los aliviaderos sean pequeños para lo que está por venir. Hasta ahora, la solución convencional pasaba por agrandarlos o construir otros nuevos, obras muy costosas y complejas. No obstante, la dimensión del problema requiere opciones más innovadoras y fáciles de aplicar. Eso es justamente lo que estudia el grupo de investigación SERPA de la Universidad Politécnica de Madrid, liderado por el catedrático Miguel Ángel Toledo, que explica que ya no resulta tan extravagante dejar que el agua desborde por encima de la presa, preparándola para que resista. “Yo hice mi tesis doctoral sobre este tema en el año 1997 y a los que hablaba de esto me decían: ‘Tu estás loco, ¿para qué estudias esto?’. Ahora la situación ha cambiado por completo”, señala. En el caso de las de materiales sueltos, los sobrevertidos son muy peligrosos porque pueden erosionar directamente la construcción y romperla. Sin embargo, para evitarlo, ya hay ejemplos en los que se ha cubierto la presa con materiales más duros o, incluso, para vertidos no muy grandes, con vegetación.

En el caso de las construcciones de hormigón, como suelen ser las más grandes en España, los sobrevertidos no erosionan el muro, pero sí pueden provocar daños en la base de la construcción, siendo este el punto que hay que reforzar. Como explica Toledo, otra alternativa diferente al sobrevertido es la colocación en los aliviaderos de añadidos con forma de laberinto o tecla de piano, que alargan la línea de muro (vertedero) por donde cae el agua, acelerando así su evacuación. Según incide, aunque todo esto deja pasar más agua, “mientras la presa no se rompa, siempre hay un efecto laminador” para frenar las avenidas.

Otro efecto del aumento de las lluvias extremas por el cambio climático es el mayor arrastre de sedimentos por las corrientes de agua que terminan acumulándose en los fondos de los embalses, lo que provoca la colmatación de estas infraestructuras. Como incide el especialista del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, “actualmente perdemos cerca de 300 hm³ de capacidad útil cada año por colmatación”. Esto implica perder espacio para almacenar agua, pero también puede obstruir los desagües de fondo. De hecho, según Contreras, portavoz de la Asociación de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, hay una cuarentena de presas estatales con los desagües inoperativos por estar aterrados, lo que impide evacuar agua para dejar espacio para posibles avenidas. Por su parte, De Cea, el representante del Miteco, reduce estas cifras y defiende que las infraestructuras afectadas son pequeñas, pero reconoce que la acumulación de sedimentos es “una asignatura pendiente que tiene el Ministerio”. “Cada año, perdemos el equivalente a un embalse pequeño, en especial, de nuevo, en la vertiente levantina”, detalla. “Ahí las aguas circulan a mayores velocidades, son áreas muy deforestadas y, por lo tanto, arrastran muchísimo material”.

Aquí la solución tradicional pasa por dragar los embalses, aunque el Ministerio también está probando un sistema con aspiradoras que limpian los fondos y recalca la importancia de prevenir el arrastre de sedimentos a través de la restauración forestal, pues la vegetación ayuda a sostener el terreno y reduce la erosión. “Este es un problema serio que en algún momento el país tiene que abordar, y mucha gente de fuera está esperando a ver qué hace España”, destaca De Cea.

Por último, otro impacto que puede agravarse con el cambio climático es la evaporación de agua de los embalses en los periodos de mayor calor. Como ha estudiado Mediero, aunque depende de la superficie que ocupe, en un mes de verano, un embalse puede perder unos 20 centímetros de agua por la evaporación. De forma aproximada, en un embalse medio de entre 50 y 100 hectómetros cúbicos, esto supone que se esfuma un hectómetro cúbico de agua. Y, a mayor calentamiento, resulta previsible que esto vaya a peor.

La colocación de cubiertas o incluso placas fotovoltaicas puede reducir la evaporación. Sin embargo, esto solo resulta viable en pequeñas balsas agrícolas, pero no para reservas de agua más grandes. Como especifica De Cea, “habría que cubrir todos los embalses y es hipercarísimo, esto prácticamente no tiene arreglo”.

De las cerca de 2.400 presas del país, de las que se sabe más sobre su estado son de las grandes de titularidad estatal, pero falta mucha información sobre 1.600 de ayuntamientos, agricultores y empresas. “Ese es un mundo en el que estamos empezando a trabajar, porque en el pasado ha habido una cierta dejadez de todos”, reconoce De Cea. “Las grandes concesionarias, como Iberdrola, Endesa, Canal de Isabel II... las tienen en buenas condiciones. Pero sí nos preocupa la situación en la que se encuentran otras de pequeños titulares, básicamente ayuntamientos, con presupuestos excesivamente limitados, pues el mantenimiento de las presas es caro”.

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