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Andreu Escrivà, divulgador: “¿Cómo vamos a fijarnos en una mariposa si estamos tan ocupados preparando los táperes para toda la semana?"

En su nuevo libro ‘La Tierra no es tu planeta’, este doctor en biodiversidad defiende que los humanos deben retirarse para dar más espacio a la vida

Cuenta el divulgador ambiental Andreu Escrivá (Valencia, 42 años) que las dos veces en su vida que ha tenido una ballena delante estuvo más pendiente de fotografiarla o grabarla que de disfrutar del momento. En su nuevo libro La Tierra no es tu planeta (Editorial Arpa), este ambientólogo y doctor en biodiversidad deja a un lado la crisis climática de la que más ha hablado hasta ahora para plantear esta vez un cambio en la forma en la que los humanos nos relacionamos con el resto de la vida en la Tierra. “La naturaleza no es una empresa de servicios”, incide en una videollamada en la que una de sus gatas, Pruna, no para de pasearse por delante de la cámara.

Pregunta. ¿A qué se refiere cuando dice que los humanos debemos retirarnos?

Respuesta. Necesitamos un plan de retirada para volver a dar espacio a la vida. Este no es nuestro planeta, sino el de todos los seres que viven en él, pero los humanos lo hemos colonizado y hemos expulsado a la vida de muchos lugares. Para permitir que la naturaleza vuelva a recuperar sus funciones, lo que necesitamos es darle espacio.

P. ¿Pero esto significa que hay que dejar zonas sin humanos, como propuso el ecólogo E. O. Wilson en el libro Medio planeta?

R. No. Creo que la visión de Medio planeta es equivocada porque da la impresión de que hay una mitad humana del planeta y una mitad natural. Eso está equivocado porque los humanos somos naturaleza. No se trata de crear una especie de reservas naturales en las cuales los humanos no estemos, sino una retirada cultural, una retirada identitaria. Es decir, los humanos no estamos por encima, nos retiramos, bajamos cuatro peldaños y nos ponemos con el resto de la vida. La cuestión no es ocupar el planeta por zonas, sino aprender a cohabitarlo. Y para ello podemos retirarnos de algunos espacios agrícolas y ganaderos, o impedir algunos usos turísticos, o quitar determinadas infraestructuras. Un ejemplo es lo que se está haciendo con la demolición de pequeñas presas y barreras artificiales en los ríos para que vuelvan los salmones y los flujos ecológicos.

P. Pero el abandono de las tierras agrícolas por la despoblación rural está teniendo también efectos negativos, como los incendios.

R. Hay que distinguir entre una retirada planificada de un abandono. Retirarnos de un espacio que antes hemos ocupado no es necesariamente malo. Lo que tenemos que ver es cómo se hace ese proceso de retirada de forma planificada y ordenada para evitar que el retorno de la naturaleza tenga unos efectos nocivos.

P. ¿Hay que dejar en paz a la naturaleza para que se recupere por ella misma o no queda más remedio que intervenir de forma activa para restaurarla?

R. Hay un debate muy encendido sobre esta cuestión, que a mí me parece algo muy complejo sobre lo que hay que actuar con humildad, entendiendo que el tejido vivo de la Tierra ha llegado hasta nuestros días sin necesidad alguna de la intervención humana. Tengo muy poca simpatía por las soluciones mágicas, porque cada territorio y cada ecosistema tiene unas particularidades distintas y es imposible encontrar una fórmula que funcione siempre.

P. ¿Qué piensa de los proyectos de rewilding para resalvajizar el territorio?

R. El rewilding es interesante si consigue restablecer las relaciones funcionales en la naturaleza. Es decir, los ecosistemas están muy simplificados debido a nuestra presencia, hemos quitado especies, hemos potenciado las especies que nos convienen a nosotros, hemos clareado, hemos cortado, hemos tocado casi todo. Hay que conseguir que los ecosistemas puedan volver a desarrollarse, a tener complejidad sin nuestra presencia agobiante y asfixiante, por sí solos. El rewilding, cuando lo explicas sin mencionar la palabra rewilding, muchísima gente está de acuerdo con lo que propone.

P. La naturaleza proporciona a los humanos servicios esenciales, pero usted defiende que es un error incidir en el enorme valor económico de estas aportaciones. ¿Por qué?

R. La naturaleza no es una empresa de servicios. Desgraciadamente, gran parte de la valoración actual de la naturaleza se produce en términos económicos, en términos mercantilistas y utilitaristas. Es decir, se valora en tanto en cuanto es capaz de proporcionarnos estos servicios, como el aire limpio, agua, alimentos, retención de sedimentos... Pero la naturaleza tiene un valor inherente. Todo el mundo tiene claro que el valor de una pintura o de una obra artística va mucho más allá de lo económico, pero no ocurre igual con la naturaleza.

P. ¿Qué tiene que ver la desconexión de la naturaleza con la falta de tiempo?

R. La falta de tiempo es el gran mal de nuestra época, y un acelerador de la crisis climática y de la pérdida de biodiversidad. Cuanto menos tiempo tienes, más rápido vas y más buscas ser productivo. En las vidas precarias, angustiosas y con prisa que tenemos ahora mismo, cualquier momento dedicado al reposo o a la contemplación se ve como una pérdida de tiempo. Para reconectar con la naturaleza, hace falta ralentizar nuestras vidas, hacer excursiones, pasear por jardines y parques, cuidar cuatro plantas en un balcón o en una ventana. Cómo vamos a fijarnos en una mariposa si estamos tan ocupados preparando los táperes de comida para toda la semana.

P. ¿Su anécdota de las ballenas muestra también cómo las pantallas están cambiando la forma de relacionarnos con el medio natural?

R. Sí, no quiero parecer un tecnófobo, pero todo esto me preocupa mucho. A mí mismo me pasa que salgo a la montaña y de pronto me encuentro hablando con el móvil. Por un lado, se está produciendo una crisis de atención que no ayuda, pero por otro, ahora en la pantalla tenemos acceso a vídeos increíbles de todo. Esto provoca que luego, cuando se sale de excursión, hay mucha gente que se siente decepcionada por no ver lo que quería, porque lo ha visto muy de lejos o porque no es como aparecía en Instagram. La mediación por parte de la pantalla de la realidad simplifica el mundo natural, lo hace mucho más chillón en colores, pero mucho más plano. Parece que lo que vemos en el móvil no lo vamos a tener nunca delante y es al contrario, podemos experimentarlo de una forma sensorial muchísimo más completa y profunda.

P. ¿El mundo digital está provocando también que se valore mucho más a algunos animales muy fotogénicos de otras partes del mundo que a los que hay a nuestro alrededor?

R. Totalmente. Necesitamos más cultura ecológica, más alfabetización ecológica, no solo importan las especies achuchables. Son muy bonitas y muy compartibles [en las redes sociales], pero se simplifica demasiado. Es sabido que los iconos de la conservación, como el oso polar o el oso panda, acaban ocultando problemáticas mucho más amplias, cuestiones que afectan a otras especies o ecosistemas que tienen el mismo derecho a existir.

P. ¿Por qué considera tan importante renaturalizar las ciudades?

R. Es la piedra que sostiene el pilar de todo un cambio civilizatorio. Para empezar, porque la mayor parte de la humanidad vive ahora mismo en ciudades, con lo cual, si queremos cambiar la mayor cantidad de mentes, tenemos que hacerlo en las ciudades. Además, las urbes son tradicionalmente el espacio humano por antonomasia. Es un ecosistema de cemento, cristal, acero, tuberías, donde la naturaleza está expulsada. Y luego hay otra cuestión muy evidente, los beneficios para la salud, empezando por la salud mental.

P. ¿Cómo se imagina esa renaturalización de lo urbano?

R. Hay que darle todo el espacio posible al verde en nuestras ciudades y eso implica quitárselo a otras cosas, pues el suelo es limitado y está muy acotado. Una plaza de aparcamiento de un coche mide unos dos metros por cinco, aproximadamente, y la gente flipa cuando se da cuenta de todo lo que se puede hacer en ese espacio urbano. Tengo muy claro que dentro de unos años nos sorprenderá cómo las ciudades podían ser tan grises.

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