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Los pulpos tienen un brazo amatorio que siente el sexo de las hembras: “Es como una mezcla entre olfato y gusto”

El tercer tentáculo convertido en órgano copulador percibe las hormonas sexuales producidas por el oviducto femenino

Una de las hembras de pulpo de dos manchas usadas en los experimentos.Anik Grearson

En plena oscuridad, el macho extiende su brazo buscando a la hembra. Tanteando, introduce el hectocótilo, como se llama su apéndice sexual, hasta el interior de su manto o cabeza. Con una combinación de tacto que huele y señales químicas, su extremo localiza la ubicación del oviducto. La maniobra es exquisita; en el manto están todos los órganos internos. Entonces, y durante una hora, macho y hembra permanecen inmóviles. Es el tiempo que tiende a durar el trasiego de los espermatóforos (espermatozoides empaquetados) desde el interior de uno al de la otra. Así es como se aparean los pulpos. Ahora, un estudio publicado en Science muestra que esta unión implica un sofisticado juego: la hembra produce progesterona, la hormona femenina clave en la reproducción, que el macho detecta con unas ventosas ricas en terminaciones nerviosas que tiene en su brazo amatorio.

“Los machos tienen el hectocótilo que, si lo miras desde arriba, parece un brazo normal. Pero este, siempre el tercer brazo de la derecha, es un poco especial, que no usan ni para buscar comida, ni para explorar, sino solamente para el apareamiento”, recuerda el investigador de la Universidad de Harvard y primer autor del estudio, Pablo Villar. “Con ese brazo, buscan una abertura que las hembras tienen bajo del manto, y que también tienen los machos, que les permite entrar dentro y navegar entre los órganos internos, incluido el oviducto, que es una cosa muy pequeña, de par de milímetros de diámetro”, añade Villar. En sus experimentos, además, lo hacían a ciegas, ya que colocaron una barrera oscura entre las peceras de macho y hembra.

El grupo de Villar se hizo con varios pulpos de dos manchas de California (Octopus bimaculoides) capturados en estado salvaje. Querían profundizar en cómo usan una serie de receptores que tienen en los brazos para relacionarse con el entorno que descubrieron hace unos años. Pero esta vez querían detenerse en su brazo amatorio, el hectocótilo, que es el único que mantienen retraído hasta que se aparean. Lo que han descubierto es que su tercer brazo derecho tiene una doble habilidad: además de introducirse en la hembra hasta su oviducto, lo hace guiado por una señal química muy específica, la de la progesterona.

“Es como una mezcla entre olfato y gusto, tiene que tocar, pero también es químico. Es una mezcla de sentidos. Nosotros no tenemos esa modalidad sensorial, entonces imaginarse qué es lo que se siente gustando con la punta de los dedos, es una cosa extraña”, explica Villar. “Hicimos el experimento de poner dos machos y los machos se tocaron, pero de inmediato retiraron su hectocótilo, dejando de estar interesados el uno por el otro, así que había algo probablemente en la piel”, detalla. Lo que hicieron entonces fue volver a las hembras y analizar los genes activados. “Encontramos que los genes que sintetizan hormonas sexuales estaban elevados comparados con otros tejidos”, completa.

Pero al macho no le valía cualquier sustancia hormonal sexual. En otro experimento, en vez de una hembra al otro lado, colocaron tres tubos impregnados de otra hormona sexual (el estradiol), un precursor de la progesterona (pregnenolona) y la propia progesterona. Los machos se cebaban solo con esta. Para detectarla, cuentan con una serie de receptores en las ventosas de la parte final del brazo amatorio. En apariencia son los mismos que hay en la parte inicial y en los otros siete brazos. Pero su análisis detallado muestra que estos quimioreceptores llamados CRT1 han desarrollado una activación específica ante la progesterona.

“Las ventosas tienen un anillo alrededor, medio anaranjado, que en verdad es un epitelio especializado para la detección de químicos”, explica el investigador chileno. “Es como la retina de tus ojos, como el epitelio que está dentro de tu nariz que te permite oler, es como la superficie de tu lengua. Todos son tejidos especializados que tienen neuronas”, termina Villar.

Álvaro Roura, director científico de Octolarvae, que tiene en marcha varios proyectos de repoblación de las rías gallegas con cefalópodos, destaca que “la especificidad del CRT1 por la progesterona se debe a la presencia de un bolsillo hidrofóbico cuya función original era detectar moléculas producidas por la microbiota de las presas”. Sin embargo, en su evolución, “el CRT1 del hectocótilo sufrió unas mutaciones que permitieron ampliar su capacidad hidrofóbica que hizo que fuera mucho más específico para la progesterona”, añade. “De esta manera, un mismo receptor adquirió dos funciones completamente distintas, caza y reproducción”, amplía Roura, que no ha intervenido en este estudio.

Los investigadores replicaron su hallazgo con otras especies de pulpos, encontrando que, en todas, los machos se guían por la progesterona de las hembras gracias a sus receptores para localizar su oviducto donde dejar sus espermatóforos. Aunque no era el objetivo del trabajo, la existencia del mismo mecanismo tiene varias implicaciones. “Si piensas en este receptor y el uso que tiene para el apareamiento, si está involucrado en reconocer la especie, es lo que utiliza para generar un límite sensorial que la separa de otras especies”, plantea Villar.

Para el profesor del Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC) Antonio Figueras, este trabajo “es relevante para comprender la evolución de los sistemas sensoriales, más que para aplicaciones inmediatas”. Aun así, a medio plazo sí podría estar en la base de nuevas líneas de investigación: “En acuicultura, entender esta señal podría ayudar a controlar mejor la reproducción en cautividad, un cuello de botella relevante para el cultivo de pulpo”, dice. El descubrimiento del papel de la progesterona también podría tener que ver con la contaminación marina: “Si la progesterona es una señal clave, los compuestos que imitan esteroides podrían interferir con la reproducción”.

Aún queda mucho por saber de esta reproducción. Porque el apareamiento del principio no acaba en la fertilización de óvulos, huevos o algo parecido. La hembra del experimento, como todas las hembras de los pulpos, guardará los paquetes de espermatozoides en una glándula que tiene en el oviducto. Allí los apilará junto a los espermatóforos de todos los machos con los que se aparee. Solo al final de su vida, solo una vez en su vida, los recuperará todos para crear la siguiente generación antes de morir.

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