Xenonita, eridianos y viajes galácticos, ¿es verosímil el argumento de ‘Proyecto Salvación’?
La película cuenta una operación desesperada para salvar a la raza humana y, partiendo de que es ciencia ficción, desarrolla una trama que respeta las leyes de la naturaleza


[Este artículo contiene spoilers de la película]
De cuando en cuando, aparece en la cartelera la proverbial buena película de ciencia ficción. Entre el aluvión de superhéroes, mutantes y otras especies, resulta refrescante encontrarse con una pequeña joya como la recién estrenada Proyecto Salvación.
El argumento está basado en una novela de Andy Weir llamada Proyecto Hail Mary, que se traduce como Ave María. No tiene ninguna relación con la oración; es simplemente jerga utilizada en el fútbol americano, refiriéndose a un pase desesperado del que depende, en última instancia, el resultado del encuentro. Una jugada a vida o muerte.
Sin destripar detalles más allá de la sinopsis que ha facilitado la productora, Proyecto Salvación cuenta una operación desesperada para evitar una catástrofe que amenaza la supervivencia de la raza humana.
Weir lleva escritas tres novelas largas, aparte de unos cuantos cuentos cortos. La primera ―El marciano― sirvió de base a otra película, aquella en la que Matt Damon, abandonado en Marte, consigue sobrevivir a base de plantar patatas abonadas con sus propios excrementos. La segunda ―Artemis, ambientada en la Luna― no ha sido llevada al cine.
Proyecto Salvación plantea un escenario mucho más lejano. Es cierto que las amenazas para la supervivencia de la especie han sido habituales en otras películas: meteoritos del tamaño de Texas, núcleos planetarios que dejan de girar, glaciaciones o erupciones de macrovolcanes. Pero esta vez el peligro tiene otro origen, fuera de nuestro sistema solar: una plaga de organismos microscópicos que se alimentan de la radiación del Sol (y otras estrellas), reduciendo su emisión de energía, con las consecuencias que son de imaginar para los planetas que giran a su alrededor.
¿Es creíble esta hipótesis? Como toda obra de ciencia ficción, esta exige del espectador una cierta suspensión de incredulidad. Aceptemos que un organismo así puede existir. A cambio, el autor desarrolla una trama lógica partiendo de esa hipótesis. Eso sí, teniendo cuidado de respetar en todo momento las leyes de la naturaleza: nada puede moverse más rápido que la luz, la energía no se crea ni se destruye milagrosamente, la biología ―terrestre o alienígena― debe ceñirse a unos patrones concretos…
No siempre se siguen esas reglas, pero en la película, una vez establecido el planteamiento inicial, todo el proceso de identificación del microorganismo sigue pautas perfectamente razonables. Ensayos con espectroscopia de rayos X, análisis cromatográficos con las longitudes de onda características y pruebas en atmósfera de CO₂ corresponden a un proceso científico real, como el que se ejecuta de verdad en los laboratorios.
Incluso, para justificar la capacidad de esos microorganismos para almacenar ingentes cantidades de energía, Weir recurre a la conversión einsteiniana de energía en masa: cada célula, una vez saturada, aumenta su masa en unos pocos microgramos. La densidad energética de todo el enjambre se mediría en teravatios. Es, por supuesto, una hipótesis del todo ficticia: no se conoce ningún organismo vivo que pueda realizar procesos nucleares, pero lógica dentro del contexto de la novela.
El manejo de unos seres vivos que almacenan energía a tales niveles comportaría riesgos. Por ejemplo, una liberación accidental de la energía de unos pocos gramos de microorganismos equivaldría a una explosión nuclear. Es por eso que Weir traslada la acción no a un laboratorio en tierra, sino a un portaaviones en medio del océano, para minimizar los daños en caso de un desastre semejante.
La Hail Mary utiliza como combustible la enorme densidad de energía de esos microorganismos. En total, sus reservas para un viaje interestelar son de unas 2.000 toneladas. Mientras acelera a 1,5 g, sus motores consumen seis gramos por segundo, lo que desarrolla una potencia de más de 540 teravatios. Una brutalidad. Eso es cien veces más que la potencia eléctrica instalada en todo el mundo.

Mediada la película, el protagonista se topa con un compañero extraterrestre, cuyo mundo padece el mismo problema que la Tierra. El encuentro ―ciertamente muy improbable pero no imposible― plantea un interesante problema de comunicación entre dos especies que solo pueden sobrevivir en entornos incompatibles y que carecen de sentidos comunes. Tradicionalmente, Star Trek y otras series similares lo resuelven fácilmente: todos los alienígenas hablan inglés; pero en esta película la solución no es tan simple.
Según se detalla en el libro, Rocky presenta una biología extraña, basada en el agua, pero su apariencia externa es mineral. Pesa unos 300 kilos, pero menos del 10% es tejido vivo real; el resto corresponde a su caparazón protector. Ese exoesqueleto le protege de la presión y temperaturas extremas de su planeta. Respira amoníaco ―letal para los humanos― y carece de ojos; en su lugar utiliza un sistema de ecolocalización similar al de los murciélagos o delfines, pero mucho más preciso.
La película asume que la raza de eridianos es maestra en metalurgia y Rocky, un habilísimo ingeniero. Casi todos sus mecanismos están construidos con xenonita, un material ficticio extremadamente avanzado con propiedades casi mágicas. Su componente principal es el xenón, un gas noble que en la Tierra es inerte y no reacciona con otros elementos. Al menos así se creyó durante mucho tiempo.
Hasta que en 1962, un químico británico llamado Neil Bartlett consiguió sintetizar hexafluoroplatinato de xenón, el primer compuesto de un gas noble. Desde entonces, se han obtenido otros compuestos de xenón, neón y argón, que cristalizan en forma sólida aunque son muy inestables. De hecho, los fluoruros de xenón se utilizan como agentes de grabado del silicio en la fabricación de chips; otros fluoruros de argón y kriptón tienen aplicaciones en equipos médicos.
La xenonita de Rocky sigue siendo una fantasía, pero quién sabe si en el futuro la ciencia de los nuevos materiales conseguirá sintetizar compuestos de propiedades que hoy ni siquiera podemos imaginar.
En cualquier caso, la película aprovecha las imaginarias propiedades de este material para crear desde la estructura del casco de la nave alienígena hasta los paneles de control que utiliza Rocky. Puesto que es ciego, no tiene ningún tipo de monitor ni luces de control; sencillamente, los mandos adoptan formas de textura reconocible al tacto.
El hecho de que Rocky carezca de ojos (y lo denso de la atmósfera de su planeta) tiene consecuencias impensadas. Su raza no conoce las estrellas. Al no poder observar el espacio exterior ni el comportamiento de la luz a grandes distancias, nunca desarrollaron la óptica ni comprendieron que la velocidad de la luz es el límite universal.
Para Rocky, el tiempo es absoluto. No entiende la dilatación temporal a velocidades lumínicas y por eso sus relojes no coinciden con sus cálculos de navegación. Cuando Grace ha de explicar a su compañero que el tiempo se estira y que masa y energía son equivalentes, es un descubrimiento que suena a magia, no a ciencia.
Al guiarse exclusivamente por ecolocalización, su tecnología se basa en vibraciones y sonido. Nunca inventaron la radio ni el radar. Tampoco la microelectrónica ni computadoras. Todos sus sistemas son analógicos o funcionan con mecanismos de relojería. Y, al estar protegidos por la densa atmósfera de su planeta, tampoco conocen el concepto de radiación. Cuando salen al espacio, ignoran el peligro de las partículas invisibles que destruyen su equivalente del ADN. Este es un detalle que puede pasar desapercibido y que explica la soledad de Rocky a bordo de su nave cuando todos sus compañeros de expedición han muerto.
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