Ir al contenido
_
_
_
_

Abre el Museo de la Psicología: “Con un cajón y una rata se han observado fenómenos trascendentales del comportamiento humano”

La nueva exposición, en la Universidad Complutense de Madrid, muestra desde tétricos instrumentos decimonónicos a asombrosas ilusiones ópticas

Javier Bandrés, con un instrumento decimonónico para medir el cráneo, en el Museo Complutense de la Psicología.INMA FLORES

El profesor Javier Bandrés recorre el nuevo Museo Complutense de la Psicología deteniéndose en cada objeto, durante casi cuatro horas, porque son multitud: una centenaria caja con lonchas de cerebelo de mono, un rudimentario instrumento decimonónico para medir el cráneo de un ser humano e inferir su personalidad, asombrosas ilusiones ópticas, una máquina setentera para intentar averiguar si alguien está diciendo la verdad. Al llegar a un anodino objeto negro, se pone serio. “Con este cajón y una rata se han observado fenómenos trascendentales del comportamiento humano”, proclama.

Bandrés recuerda un célebre experimento realizado en 1942 por el psicólogo estadounidense Leo Crespi en la Universidad de Princeton. El investigador diseñó un pequeño pasillo de madera, que tendrían que recorrer diferentes ratas para alcanzar un alimento en su extremo final. Cuanto mayor era la recompensa, más corrían los roedores. Sin embargo, Crespi se percató de un curioso fenómeno psicológico. Si a una rata acostumbrada a un premio elevado se le ofrecía menos comida de lo habitual, su rendimiento caía incluso por debajo del de sus congéneres que siempre recibían esa misma ración escasa. Era la expectativa, y no la recompensa en sí misma, la que determinaba el comportamiento. “¿Por qué vienen inmigrantes a cobrar un sueldo de miseria? ¡Por el efecto Crespi! Es una miseria para ti, no para otras personas”, reflexiona el profesor.

Javier Bandrés es el director del nuevo museo, que se inaugurará este jueves en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y solo se podrá visitar con cita previa. El recorrido comienza en una sala dedicada al neurólogo Luis Simarro (1851-1921), un hombre que provocó dos premios Nobel sin salir de casa. Un día de 1887, su colega Santiago Ramón y Cajal visitó a Simarro en su vivienda, situada en el actual restaurante madrileño Válgame Dios, y allí aprendió a teñir rodajas de cerebro para hacer visible su estructura en el microscopio. Meses después, Cajal demostró que el sistema nervioso está organizado en células individuales, las neuronas o “mariposas del alma”. En 1906, ganó el Nobel de Medicina.

El Museo Complutense de la Psicología custodia el denominado Legado Luis Simarro, con el instrumental del que fue el primer laboratorio de psicología experimental de España. El neurólogo, muy solicitado por los madrileños adinerados desde que tratase los delirios del general Francisco Serrano en 1885, acumuló un arsenal de herramientas: artilugios de galvanocaustia para destruir tejidos corporales con electricidad, cronoscopios para medir el tiempo de reacción en fracciones de segundo, olfactómetros para analizar el olfato. “Ya hay aparatos que nadie sabe para qué servían, el conocimiento se ha perdido”, lamenta Bandrés, un profesor de Psicología del Aprendizaje nacido en Madrid hace 68 años.

El pintor Joaquín Sorolla retrató el laboratorio de su amigo Simarro en 1897. El poeta andaluz Juan Ramón Jiménez, de 18 años, llegó a Madrid tres años después, llamado por su colega nicaragüense Rubén Darío para “luchar por el modernismo”, un movimiento literario que embestía contra el estilo decimonónico rimbombante. Juan Ramón, hipocondriaco y depresivo tras la inesperada muerte de su padre, acabó viviendo unos meses en casa de su médico, el propio Luis Simarro, en un palacete que hoy es el Hotel Suites Barrio de Salamanca. Con el neurólogo, el joven poeta aprendió inglés y alemán, conoció a Sorolla y leyó a Kant, Nietzsche y Schopenhauer. Juan Ramón ganó el Nobel de Literatura en 1956. Javier Bandrés rememora la historia mientras se detiene ante un viejo frasco de Simarro para guardar alcohol: es igual que los pintados por Sorolla.

“Este museo es un homenaje a la psicología como ciencia, no al coaching espiritual ni nada de eso. La psicología no te puede explicar cómo ser feliz, lo siento mucho”, sentencia Bandrés. El recorrido prosigue por un espacio dedicado al psicólogo José Germain (1897-1986), uno de los pioneros de las pruebas de inteligencia en España. Bandrés señala una vitrina llena de figuritas que parecen juguetes. Es el test del pueblo imaginario, concebido en 1960 por el psicólogo francés Roger Mucchielli para analizar el comportamiento de los niños cuando se les pide que construyan una aldea de la nada. La facultad de la Complutense conserva unos 1.000 tipos diferentes de pruebas psicológicas, “una colección única en el mundo”, según las dos profesoras jubiladas que los han recopilado, Ana María Calles e Isabel Calonge.

Bandrés entra en la siguiente sala con solemnidad, con una actitud casi de reverencia. El espacio está presidido por un retrato de Mercedes Rodrigo, nacida en Madrid en 1891 y fallecida en su exilio en Puerto Rico en 1982. “Se suele decir que fue la primera psicóloga española, pero fue más que eso: fue la primera persona, hombre o mujer, que tuvo un título de Psicología en España, obtenido en 1923 en el Instituto Rousseau de Suiza”, recalca.

El profesor recuerda que, en el turbulento inicio del siglo XX en España, se presentó como una salvación la psicotecnia, la rama de la psicología que explora las aptitudes de las personas. “La psicotecnia prometía acabar con el conflicto social, que no se interpretaba como una lucha de clases, sino como el fruto de una desorientación laboral”, apunta Bandrés. Mercedes Rodrigo emprendió una misión en 1934: buscar a niños superdotados en Madrid para que el Ayuntamiento pagase sus estudios. Su sala está llena de instrumentos para medir la memoria y la destreza. Un reportero de la revista Ahora le preguntó por entonces: “¿Y hay muchos futuros talentos?”. La pionera de la psicología, con una sonrisa, respondió: “El mayor número es de niñas. Según este resultado, quedan ustedes muy mal los hombres”.

Bandrés pasea ante algunos libros expuestos, con títulos anacrónicos, como Los niños mentalmente anormales, publicado por el neurólogo Gonzalo Rodríguez Lafora en 1917. Al llegar a otro ejemplar, el profesor hace una mueca de asco. “Este es un libro siniestro”, afirma. El volumen, Psicología criminal, es una obra de 1947 de Francisco Javier de Echalecu, miembro de la Escuela General de Policía franquista. “En España se preparaba una solución final para la delincuencia y la disidencia política, inspirada en la política criminal nazi y promovida por el Dr. Echalecu desde la máxima instancia policial de España, la DGS”, reflexionó Bandrés en un antiguo estudio sobre el tema.

El nuevo museo madrileño culmina en una sala que homenajea a Mariano Yela (1921-1994), fundador de la Sociedad Española de Psicología en 1973. Bandrés muestra un instrumento que “marcó un antes y un después” en su disciplina: el taquistoscopio, un aparato que permite mostrar una imagen de manera fugaz, por debajo del umbral de percepción consciente de una persona. En 1957, el publicista estadounidense James Vicary aseguró que había proyectado dos mensajes de propaganda subliminal en un cine ―“Bebe Coca-Cola”, “Come palomitas”― y había crecido el consumo, aunque después reconoció que se había inventado sus resultados.

“¡Y esta es la famosa caja de Skinner!”, explica con entusiasmo Bandrés. El artilugio, concebido alrededor de 1930 por el psicólogo estadounidense Burrhus Frederic Skinner, consiste básicamente en un recinto en el que un animal puede apretar una palanca para obtener un alimento. Skinner hizo multitud de experimentos. Si fijaba un número determinado de pulsaciones para conseguir la recompensa, el animal concentraba su esfuerzo cuando era necesario. “La rata hace exactamente lo mismo que los estudiantes con los exámenes. No estudian nada hasta los últimos días”, expone Bandrés. Si la recompensa, en cambio, puede llegar por sorpresa en cualquier momento, el animal golpea la palanca constantemente, de manera compulsiva. “Los teléfonos móviles son cajas de Skinner portátiles, que te proporcionan refuerzo continuo e inmediato. Siempre que accedes hay un premio: un vídeo, una noticia, un me gusta. Y con una característica brutal: el refuerzo es inmediato, sin demora, y eso, literalmente, te engancha sin remedio”, alerta el profesor.

Bandrés se encuentra con el decano de su facultad, Luis Enrique López Bascuas, al final del recorrido. López Bascuas ha escrito con tiza en una pizarra “las primeras ecuaciones matemáticas que relacionaron los estados de la mente humana con los estados del cuerpo”: la ley de Weber-Fechner. El decano explica que el físico alemán Gustav Fechner se despertó la mañana del 22 de octubre de 1850 obsesionado con este problema y parió unas ecuaciones que describían la relación entre la intensidad real de un estímulo y la sensación subjetiva: no es lo mismo aguantar un kilo más cuando ya cargas con otros cinco que cuando sostienes 50. Había nacido la psicología cuantitativa. Bandrés, tras una mañana entera enseñando instrumentos, da manotazos al encerado y proclama: “Este es el aparato más importante para la docencia: una persona que sabe y una pizarra”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_