Miles de científicos hinchan su currículum con estudios autopublicados que cuestan millones de euros de dinero público
Un análisis de 100.000 números especiales de revistas académicas revela que uno de cada ocho está lleno de artículos de autobombo del propio editor, sobre todo en la editorial MDPI

Tres científicos han inventado un concepto escatológico, pero revelador: el PISS, por las siglas en inglés de Published In Support of Self (publicado en apoyo de uno mismo). El acrónimo define un fenómeno desconcertante. Revistas científicas especializadas que antes eran quincenales o semanales han pasado a publicar números especiales incluso cada pocas horas, como auténticas fábricas de churros. Antes, estos monográficos eran selectos y se encargaban a una gran figura de una disciplina científica. Ahora, hasta los investigadores más mediocres reciben una avalancha de invitaciones para ser editores de uno de estos incontables números especiales, convertidos en un negocio millonario. Miles de los científicos que aprovechan la oportunidad para publicar estudios con su firma e hinchar su currículum al peso. “La piscina de la ciencia corre peligro de llenarse de PISS”, según alertan gráficamente los tres investigadores: el ingeniero español Pablo Gómez Barreiro, el economista italiano Paolo Crosetto y el inmunólogo canadiense Mark Hanson.
Un estudio científico típico puede consistir en un nuevo tratamiento contra una enfermedad. Tradicionalmente, ese avance se publicaba en una revista especializada en ese área médica y los interesados tenían que pagar para comprar la publicación y así poder leerlo. Con la reciente apuesta por el acceso abierto a la ciencia, los lectores no pagan y son los autores del estudio los que tienen que abonar una cantidad ―habitualmente más de 2.000 euros procedentes de fondos públicos― a las revistas para publicar cada trabajo. Es un incentivo perverso. Las instituciones exigen a los científicos publicar muchos estudios, para optar a ascensos y aumentos de sueldo, y las editoriales ganan más cuanto más publiquen. El resultado son miles de números especiales irrelevantes invadiendo la ciencia de calidad.
El ingeniero español Pablo Gómez Barreiro trabaja en los Reales Jardines Botánicos de Kew, en el sur de Inglaterra. Cuenta que alrededor de 2018 su buzón de correo electrónico empezó a llenarse de invitaciones para ser editor de números especiales o para publicar estudios en ellos, como le ocurrió a cientos de miles de colegas. Intrigado, Gómez Barreiro comenzó a husmear en internet y se encontró con dos desconocidos que también estaban indagando: Hanson y Crosetto. Los tres acaban de analizar 110.000 números especiales con más de un millón de estudios publicados por cinco editoriales entre 2015 y 2025. Su conclusión es que la mayoría de los científicos actúa correctamente, pero aun así cada año hay más de 1.000 monográficos con más de un tercio de sus estudios firmados por los propios editores invitados. Y eso solo en esta pequeña muestra.
Hay casos muy llamativos, explica Hanson. Un número especial de la revista Processes (editorial MDPI) incluye 28 estudios sobre la fabricación de medicamentos biológicos. Todos menos uno llevan la firma del editor invitado, Jochen Strube, de la Universidad Tecnológica de Clausthal, en Alemania. Otro monográfico de la editorial MDPI, esta vez en la revista Nutrients, contiene 24 estudios sobre dietas para combatir la fenilcetonuria, un trastorno hereditario. La editora invitada, la nutricionista Anita Macdonald, del Hospital Infantil de Birmingham (Reino Unido), firma 23. Hay autores que con un solo número especial consiguen un currículum similar al de otro colega que necesita años de trabajo.
Gómez Barreiro, Hanson y Crosetto instan a tomar medidas urgentes. “El coste de la inacción es inmenso, si no queremos seguir tirando por el desagüe cientos de millones de fondos para investigación”, alertan. Los tres autores han fijado un generoso límite del 33% de estudios autopublicados para considerar PISS un número especial. Su análisis ha detectado más de 16.000 trabajos firmados por los propios editores al margen de ese 33% aceptado. Si se incluye también ese porcentaje son más de 43.000. “Si se asume un cálculo conservador de 2.000 euros de gastos de publicación por cada estudio [cobrados por la editorial], se han gastado entre 33 y 87 millones de euros en PISS a lo largo de 11 años”, lamenta el trío, que solo ha analizado 900 de las 47.000 revistas académicas que existen en el mundo.
Los tres colegas han realizado esta investigación en sus ratos libres, porque ninguno de ellos se dedica profesionalmente a la bibliometría, el análisis cuantitativo de la literatura científica. Mark Hanson es inmunólogo en la Universidad de Exeter, en Reino Unido. Crosetto trabaja en el Laboratorio de Economía Aplicada de Grenoble, en Francia. Hace un par de años, los tres y el antropólogo británico Dan Brockington ya usaron sofisticados programas informáticos para extraer toda la información disponible en las webs de las principales editoriales internacionales. Su conclusión entonces fue que tres empresas mostraban un comportamiento especialmente anómalo, con un altísimo porcentaje de estudios publicados en números especiales: la suiza Frontiers (69%), la egipcia Hindawi (62%) y, por encima de todas, MDPI (88%), un gigante empresarial fundado en Suiza por el químico chino Shu-Kun Lin.

Aquel análisis constató que MDPI chirriaba en todos los indicadores. Mientras que una editorial prestigiosa puede necesitar 185 días en promedio para valorar la calidad de un estudio y autorizar o no su publicación, en MDPI solo empleaban 37 días y aceptaban más de la mitad de los trabajos. En el nuevo análisis, uno de cada ocho números especiales se clasifica como PISS. El 87% de esos monográficos sospechosos pertenece a la editorial MDPI: unos 12.200. El resto, en su mayoría, a Frontiers: unos 1.600. Ambas editoriales defienden sus protocolos y la calidad de sus estudios.
El biólogo Isidro Aguillo, responsable del Laboratorio de Cibermetría del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), hace un llamamiento a castigar algunas de estas publicaciones, por ejemplo, desde el organismo que analiza los currículums para decidir si un profesor universitario puede ascender a catedrático o si merece aumentos salariales: la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA). “Los números especiales de MDPI y Frontiers son un enorme coladero. La ANECA debe excluir explícitamente estos trabajos. Los vicerrectorados de investigación de las universidades y los órganos similares en los Organismos Públicos de Investigación deben identificar las carreras construidas fundamentalmente mediante números especiales y penalizarlas en los procesos de selección y promoción”, apremia Aguillo.
De los 200.000 editores invitados analizados, unos 28.000 participaron en el PISS. Hanson señala algunos ejemplos en España, como un número especial sobre ingeniería hidráulica en la revista Water (MDPI) con siete de sus ocho estudios firmados por el editor invitado, Pedro Luis Iglesias, de la Universidad Politécnica de Valencia. Iglesias afirma que la razón principal para concentrar tantos trabajos suyos en ese monográfico fue “permitir que varios estudiantes de doctorado pudieran publicar resultados de su investigación de manera ágil y con plazos de revisión razonables”. En su opinión, “las revisiones recibidas en MDPI han sido, en muchos casos, tan exigentes o incluso más que las obtenidas en editoriales no incluidas en el análisis, como Elsevier o Springer”. El problema de fondo, esgrime Iglesias, es el actual sistema de publicación en acceso abierto. “El verdadero debate no es la existencia de números especiales, sino la aceptación de un modelo en el que la capacidad de publicar está ligada al pago por parte del autor, lo cual introduce tensiones evidentes”, concluye.
El nuevo análisis, sin embargo, destaca que el gran problema son los números especiales que no son tan descarados. Ni siquiera hace falta cruzar el umbral arbitrario del 33%. El informe elaborado a petición del Comité Español de Ética de la Investigación que certificó la “manipulación deliberada” del currículum de Juan Manuel Corchado ―rector de la Universidad de Salamanca― destacó que había sido editor invitado de 31 números especiales en revistas de MDPI, con 76 estudios publicados en esa editorial.
Los autores de ese informe sobre el rector, Emilio Delgado y Alberto Martín, expertos en bibliometría de la Universidad de Granada, han analizado cómo en el mundo académico han proliferado los “catedráticos MDPI”: profesores que han trepado rápidamente gracias a un currículum construido con este tipo de estudios, a menudo vacuos. Sus datos son esclarecedores. En 2021, uno de cada siete estudios científicos españoles se publicó en alguna revista de MDPI: un 15%, el doble que en el resto del mundo. En 40 universidades fue la editorial más utilizada, como en la privadas Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y Universidad Abierta de Cataluña (UOC), y en la pública Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
Solo cuatro de cada 10 revistas examinadas en el nuevo análisis están libres de este tipo de trabajos autorreferenciales, según los tres autores, que consideran esta práctica “un caso flagrante de mala conducta científica”. El problema se concentra en decenas de revistas de MDPI: Sustainability (745 números especiales con más de un 33% de sus estudios firmados por sus editores invitados), International Journal of Molecular Sciences (668), Energies (639), Applied Sciences (580), Materials (489). La empresa de Shu-Kun Lin ingresó 588 millones de euros en 2023 gracias a los cargos por procesamiento de artículos, según un cálculo de Stefanie Haustein, de la Universidad de Ottawa, en Canadá.
“Shu-Kun Lin vio una oportunidad de negocio y la aprovechó de una manera directa y sin escrúpulos, pero la causa es más fundamental. Los incentivos para publicar o morir son los que están produciendo tanta basura en la ciencia”, opina Hanson. La geógrafa Pilar Paneque dirige el guardián de la universidad española, la ANECA, desde 2023. Un año después, la agencia incluyó la reiteración de publicaciones en números especiales como factor para depreciar un currículum. “Las agencias de evaluación y financiación tenemos una responsabilidad indudable, no solo penalizando estas malas prácticas de publicación, como ya hacemos, sino también incentivando las buenas prácticas, de las que desafortunadamente hablamos menos. No obstante, nuestra actuación es siempre posterior a una publicación que, posiblemente, no se tenía que haber financiado ni aceptado por parte de la revista”, argumenta Paneque.
Una portavoz de MDPI, la coreana Jisuk Kang, valora el nuevo análisis a petición de este periódico. “Reconocemos que la endogenia [la práctica de publicar estudios en un número especial editado por uno mismo] es un problema que afecta a la industria y nos tomamos muy en serio las preocupaciones relacionadas con la independencia editorial”, sostiene. La portavoz asegura que “MDPI cuenta con claras salvaguardas para abordar posibles conflictos de interés”. La editorial, según Kang, supervisa que el número de estudios firmados por el editor invitado no supere el 25%, y que esos trabajos sean gestionados por un miembro independiente del consejo de la revista. “El sólido armazón editorial de MDPI ha sostenido la calidad y la relevancia de nuestros números especiales, que representaron el 62% del contenido publicado por MDPI en 2024 y alrededor del 55% en 2025”, añade. El número especial es la nueva normalidad, según apuntan Gómez Barreiro, Hanson y Crosetto.
Además de MDPI y Frontiers, los tres autores han analizado BioMed Central, la Royal Society de Reino Unido y la serie Discover de Springer Nature, que suman casi el 40% de las revistas examinadas, pero apenas publican 30 números especiales considerados PISS cada año. “No hemos podido estudiar grupos como Elsevier, Springer, Wiley o Taylor & Francis, pero es necesario hacerlo”, reconocen los tres investigadores.
La editorial Frontiers ha publicado casi 1.600 números especiales clasificados como PISS, pero una portavoz subraya que son solo el 9% de su producción, frente al 5% de la Royal Society, el 9% de Discover, el 14% de MDPI y el 24% de BioMed Central. “Esto pone de relieve nuestros exitosos esfuerzos por alinearnos con las mejores prácticas de la industria en los números especiales”, esgrime. La editorial, asegura la portavoz, vigila que el porcentaje de estudios firmados por el editor invitado no supere un límite, que antes era el 30% del total y ahora es el 25%. Gómez Barreiro, Hanson y Crosetto resumen sus intenciones en una frase: “Esperamos que nuestro trabajo ayude a los editores a identificar las pocas manzanas podridas que amenazan al resto”.
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