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CAMBIO DE MANDO
Opinión

Chile después de Boric (y antes de Kast)

La discusión pública no estará marcada por la promesa de transformaciones profundas, sino por una pregunta más inmediata: cómo recuperar orden y capacidad de acción del Estado sin debilitar aún más las bases democráticas del país

Gabriel Boric y José Antonio Kast en la ceremonia de cambio demando militar, en Santiago, el 9 de marzo.Pablo Sanhueza (REUTERS)

La llegada de José Antonio Kast a la Presidencia de Chile marca algo más que un cambio de Gobierno. Marca el cierre de un ciclo político que comenzó con el estallido social de 2019 y que durante varios años giró en torno a una idea dominante: que la política debía reconstruirse a partir de la participación, la deliberación y el reconocimiento de demandas sociales largamente postergadas.

Durante ese período, la política chilena se definió más como proceso que como decisión. La conversación pública se llenó de palabras como escucha y diálogo, reconocimiento y pluralismo, convenciones y consejos constitucionales, leyes y más leyes. No eran solo instrumentos para gobernar; en muchos casos se transformaron en fines en sí mismos. El procedimiento adquirió un valor casi moral. Después de una crisis profunda de confianza en las instituciones, parecía necesario abrir espacios y que el poder mostrara más cercanía hacia la sociedad.

Cuando se mira en perspectiva y con cierta objetividad, hay que reconocer que ese clima permitió canalizar tensiones altamente disruptivas y evitar que el país cayera en una ruptura institucional. Pero con el paso del tiempo también empezó a mostrar sus límites. Una política basada casi exclusivamente en procesos puede bajar la temperatura, pero no sanar. Y las sociedades, tarde o temprano, esperan que los gobiernos resuelvan problemas concretos.

El Gobierno de Gabriel Boric fue la expresión más clara de ese espíritu; y de sus límites.

Llegó al poder con una agenda que buscaba corregir abusos, ampliar derechos y dar forma a un nuevo pacto social. Esto tenía sentido en el contexto en que surgió, cuando el desafío principal no era simplemente administrar el Estado, sino reconstruir legitimidad. Pero mientras esa lógica se desplegaba, el país cambiaba. No sólo el país: el mundo.

El deterioro de la seguridad pública, la expansión del crimen organizado, la presión migratoria y la consolidación de liderazgos internacionales basados en la fuerza y la decisión (entre ellos Vladimir Putin, Benjamín Netanyahu o Donald Trump), comenzaron a instalar un clima social distinto. La preocupación cotidiana ya no giraba en torno a las promesas de transformación, sino a la urgencia de recuperar autoridad, control y estabilidad.

En ese contexto, el énfasis en el procedimiento empezó a ser percibido como lentitud o indecisión –o peor, como ineptitud. La empatía se confundió con debilidad; la deliberación con parálisis. Un proyecto político que había nacido para ampliar derechos comenzó a ser juzgado por su capacidad —o incapacidad— para imponer orden.

Ahí José Antonio Kast, que había sido derrotado por Gabriel Boric en 2021 por el temor a una restauración moralista, ve su oportunidad: no la deja pasar.

Su holgada victoria en diciembre de 2025 debe leerse en ese cambio de clima. No es simplemente un giro ideológico hacia la derecha, ni solo una alternancia electoral. Es la expresión de un cansancio social con la política entendida como conversación permanente.

Si Boric gobernó en el tiempo de las expectativas, Kast deberá gobernar en el tiempo de la eficacia. Por ello, la diferencia entre ambos liderazgos, no es solo programática, sino también cultural. Para Boric el conflicto social debe ser expresado y canalizado, porque nace de derechos negados o vulnerados; para Kast representa una potencial infracción del orden que debe ser encarada con el ejercicio de la autoridad de la familia y del Estado.

Esto no es extraño. La generación del primero se formó en Pío Nono, en un ambiente laico de protesta y disputa de ideas. La nueva élite que rodea a Kast proviene de un espacio eminentemente católico, más jerárquico y más orientado al ejercicio del poder en todas sus formas.

Ese contraste no es solo chileno. Coincide, además, con un cambio más amplio del clima político internacional. El mundo de hoy no tiene nada que ver con el que engendró a Boric. La ola en marcha es para liderazgos que, como Kast, prometen decisión más que deliberación y que ponen el acento en la seguridad y el ejercicio eficaz del poder estatal.

Sin embargo, gobernar Chile seguirá siendo complejo. El país sigue siendo una economía pequeña profundamente dependiente de un comercio internacional interferido por la rivalidad Estados Unidos – China y guerras por doquier. Al mismo tiempo, Kast llega al poder sin mayorías parlamentarias claras y en un sistema político fragmentado. Eso significa que, pese a la retórica del mando, deberá negociar constantemente y aprender a retroceder, como ya ocurrió en el traspaso de mando. Sin mayoría y con una opinión pública activa, la demanda de autoridad y eficacia no es fácil de satisfacer sin sucumbir a la tentación del autoritarismo. Esta será una de las tensiones centrales del período que comienza.

Chile entra así en una etapa distinta de su vida política. La discusión pública no estará marcada por la promesa de transformaciones profundas, sino por una pregunta más inmediata: cómo recuperar orden y capacidad de acción del Estado sin debilitar aún más las bases democráticas del país. Este será el examen que deberá pasar el nuevo gobierno.

Sería injusto terminar sin un reconocimiento. Boric deja La Moneda tras años especialmente difíciles. Lo hace con la institucionalidad en pie, el ciclo constitucional cerrado y una agenda de seguridad ya instalada en el centro del Estado. No es poco. Es bastante más de lo que anticipaban sus incansables adversarios.

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