‘Shipping’ sostenible: de la ambición global a la implementación real
Para un país exportador como Chile, la descarbonización marítima no es sólo una agenda ambiental, es una estrategia económica. Un buen diseño fortalece la resiliencia logística, protege el acceso a mercados internacionales y abre nuevas oportunidades

Durante décadas, el transporte marítimo fue un actor que parecía imposible de abordar en la agenda climática global. A pesar de que más del 80% del comercio mundial depende de él, su huella ambiental quedó relegada a un segundo plano, como si se tratara de una externalidad inevitable del comercio internacional. Hoy esa lógica quedó atrás. Shipping está en el centro de la conversación sobre competitividad, comercio exterior y transición energética. La pregunta ya no es si el sector debe descarbonizarse, sino cómo hacerlo sin fragmentar el comercio global ni castigar a los países que están alejados de los grandes centros de consumo.
La estrategia revisada de la Organización Marítima Internacional (OMI) marca un punto de inflexión al fijar el objetivo de neutralidad de emisiones al 2050 y metas intermedias ambiciosas. Sin embargo, aún persiste la distancia entre la ambición y la implementación. A los habituales altos costos iniciales se suman la falta de infraestructura disponible, algunas dudas tecnológicas y profundas asimetrías geográficas y económicas entre países. El riesgo hoy no es la falta de objetivos, sino diseñar marcos regulatorios que funcionan bien en los documentos, pero no están listas en los puertos ni en las rutas reales del comercio.
La experiencia reciente demuestra que la acción nacional sí importa. Los países que avanzan temprano reducen riesgos, aprenden más rápido y construyen ventajas competitivas. En Chile esto ya se observa en otros modos de transporte. La electrificación masiva del transporte público, con más de 4.400 buses eléctricos operando en Santiago, los pilotos de hidrógeno en transporte pesado (como camiones y locomotoras) y los cambios normativos que permiten reconvertir vehículos existentes a tecnologías limpias, son ejemplos concretos. Detrás de estos avances hay un Estado capaz de activar innovación y demanda temprana, coordinar inversión privada y reducir la incertidumbre tecnológica. Todos aprendizajes que también pueden ser aplicables al sector marítimo.
Para un país exportador como Chile, la descarbonización marítima no es sólo una agenda ambiental, es una estrategia económica. Un diseño inadecuado de la transición puede traducirse en pérdida estructural de competitividad, mayores costos logísticos y riesgos para sectores exportadores clave. En cambio, un proceso bien diseñado fortalece la resiliencia logística, protege el acceso a mercados internacionales y abre nuevas oportunidades de inversión y desarrollo productivo.
En Chile, además, contamos con ventajas comparativas claras. El puerto de Mejillones es nombrado globalmente como uno de los puertos mejor posicionados para liderar esta transición. A esto se suma el potencial de nuestro país en hidrógeno verde (y por ende en sus derivados, como metanol y amoníaco) basado en recursos solares y eólicos de clase mundial, ofrecen una base sólida. Y podemos agregar proyectos portuarios concebidos desde su origen con estándares ambientales avanzados, como el Puerto Exterior de San Antonio, y avances en electrificación de muelles e infraestructura logística intermodal, como el Terminal Barrancas, que reduce emisiones en toda la cadena de transporte. La transición ya no es teórica: está ocurriendo cuando existen señales claras y coordinación público-privada.
En este escenario, el rol del Estado evoluciona de regulador a orquestador del sistema. La renovación de concesiones portuarias con horizontes de inversión de 30 o 40 años, la nueva ley de Cabotaje que habilita pilotos y mayor eficiencia, y los incentivos tributarios a la demanda de hidrógeno son palancas decisivas. El mayor riesgo no es apostar por la tecnología equivocada, sino desalinear políticas, infraestructura e inversión privada en el tiempo.
La descarbonización marítima también debe ser justa y pragmática. Reconocer las asimetrías entre países es fundamental para evitar impactos desproporcionados en economías alejadas de los centros de consumo. La transición debe ser ambientalmente ambiciosa, económicamente viable y socialmente equitativa, incorporando flexibilidad, gradualidad y mecanismos de apoyo para quienes enfrentan mayores desafíos estructurales.
Chile ha construido una posición de liderazgo internacional en descarbonización marítima gracias a una visión de Estado, coordinación interministerial y diálogo público-privado. El desafío de hoy es convertir ese liderazgo en decisiones oportunas, proyectos concretos e inversión real. En un contexto de alta competencia entre hubs logísticos, actuar cuanto antes es clave para asegurar un posicionamiento temprano en combustibles marítimos limpios. Porque, al final, el liderazgo en shipping sostenible no se mide solo por lo que se negocia, sino por lo que efectivamente se implementa.
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